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Jorge Praga

Hoy empieza todo II

Netflix, o qué es el cine

¿Qué es el cine? La pregunta fue escogida como título de uno de los libros más resistentes, el que tiene como autor a André Bazin, el crítico fundador de Cahiers du Cinéma. “Este título no supone tanto la promesa de una respuesta como el anuncio de una pregunta que el autor se formulará a sí mismo a lo largo de estas páginas”, anunciaba precavidamente Bazin en el arranque de su obra. El cine al que se acercaba en 1958 estaba vivo en sus pantallas, ardía de Chaplin, de Renoir, de Tati, de neorrealismo italiano, y al crítico le bastaba con sumergirse de cuerpo entero en esos universos fascinantes para extraer lecciones con las que llenar páginas y páginas.
Qué es el cine. Un libro contemporáneo al de Bazin, ‘El cine o el hombre imaginario’, de Edgar Morin, ensayaba en su comienzo una respuesta directa y matérica: “Un tembloroso repiqueteo nos llama la atención. Un establecimiento entre los demás establecimientos expone enormes rostros pintados, fotografías de besos, de abrazos, de cabalgatas. Entramos en las tinieblas de una gruta artificial. Un polvo luminoso se proyecta y danza sobre una pantalla; nuestras miradas se empapan de él; toma cuerpo y vida, nos arrastra a una aventura errante: franqueamos el tiempo y el espacio, hasta que una música solemne disuelve las sombras sobre la tela, que vuelve a ser blanca. Salimos y hablamos de los defectos de una película”. Algunos de los componentes de ese espectáculo han desaparecido para siempre: el polvo luminoso, las sombras, la tela incluso. Pero tras el cambio del celuloide analógico al bit digital permanece el repiqueteo de la cartelera, la gruta artificial, las tinieblas, la mirada fascinada que se nos promete a la entrada. Todavía contamos con salas públicas en las que perdernos ante una pantalla de dimensiones que desbordan cualquier ventana de la vida. Todavía la butaca en la oscuridad conforma un espectador despojado de sus accidentes, centrado exclusivamente en lo que llega a sus ojos y a sus oídos, sin tiempo para la reflexión ni la pausa.
¿Todavía? Las salas comerciales de cine no han dejado de desaparecer, entre cantos conmovidos y oasis engañosos de festivales. Muchas ciudades no cuentan ya con ninguna, o las han arrumbado a centros comerciales que las confunden con la macro oferta de sus atracciones. Pero un hilo delgado de vida permitía la periódica satisfacción de volver a la gruta artificial. Y también de mantener la ficción de los estrenos, la cronología de los autores y la recepción colectiva de las obras. Incluso la crítica con sus críticos, una sincronía semanal de novedades, de nacimientos (y fallecimientos). Podías cerrar los ojos y engañarte durante unas horas de proyección, olvidando el movimiento imparable de la gran masa de los espectadores: seguimiento fiel y continuo de series televisivas, pirateo de películas, multiplicación (y jibarización) de pantallas, circulación en Internet de críticas devaluadas a estadísticas. Bueno, pero quedaba la gruta, alguna, y por ella pasaban con suerte las películas que deseabas ver. Unas cuantas, incluso bastantes, quedaban fuera de la programación, pero la esperanza se renovaba con la llegada de otras, o con el sueño de un empresario que arriesgase, que proyectase en V.O.
Hasta que la baraja se rompió del todo por la carta de Netflix. Lo que no queríamos ver se puso delante de nuestras narices con rotundidad. Una película ‘Roma’, ganadora del León de Oro en Venecia, quedaba fuera de las pantallas por decisión de la productora, dueña de su propia cadena de distribución que nada quiere saber de las salas públicas. Cannes ya había tomado medidas profilácticas contra ella. Y seguramente los Goya, o los Oscar, o el próximo festival de cine discutan sobre si esa cinta puede aspirar a los premios. Qué es el cine, dónde está la gruta que la valide para distinciones cinematográficas. ‘Roma’ se ha podido ver en dos o tres salas de Madrid y Barcelona como la excepción que confirma la regla. Curiosamente es una cinta que parece pensada por su director, Alfonso Cuarón, para una pantalla grande, enorme y anónima. Veamos: formato alargadísimo en 2.35:1. Necesidad de subtítulos para seguir la lengua de las criadas indígenas. Blanco y negro delicado, sutil. Puesta en escena que se despliega en la profundidad de campo, en varias capas paralelas. Activación de la memoria del espectador, de la infancia profunda que emerge en la soledad oscura. Trenzado de voces callejeras, de ladridos, de canciones en la radio. Olores, sí, olores a caca de perro, al detergente que la limpia, a la miel que pregona el vendedor, a los cuerpos macilentos en el quirófano. Necesidad de aspirar la película de un solo trago, concentrado y emotivo. Y a ver cómo compaginamos las exigencias de cualquiera de estos párrafos con la visión doméstica, privada, enana. Visión que es la única que nos queda para la última cinta de los hermanos Coen, ‘La balada de Buster Scruggs’, disfrazada de capítulos de miniserie, y sin esperanzas de distribución pública.
Netflix se une al reducido grupo de nombres empresariales que gobiernan nuestras vidas: Google, Facebook, Twitter, Instagram, Amazon… Grupos paraestatales que acaban encerrándonos en casa, reduciéndonos a la condición numérica de cliente sometido a perpetua vigilancia y escrutinio. Si estas líneas se publican posiblemente engendrarán ofertas en las pantallas del lector del libro de Bazin. Qué es el cine. Hay que seguir con la pregunta para intentar su supervivencia. Y ojalá el cine de la gruta tenga una prórroga milagrosa parecida a la del teatro, al libro de papel y sus librerías, a los bares sin franquicia, a los quioscos, al sol de la infancia.

(publicado en La sombra del ciprés el 9 de febrero de 2019)

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