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Jorge Praga

Hoy empieza todo II

Cuatro disparos sobre Vivian Maier

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El 8 de mayo de 2013 la sala de exposiciones de San Benito presentaba la primera muestra en España de Vivian Maier. No era una desconocida. Los medios de comunicación daban cuenta desde un par de años antes del hallazgo de 100.000 negativos de una fotógrafa de Chicago que nunca había mostrado una imagen en público. Las fotos de San Benito componían un recorrido callejero de gran calidad, en la tradición de Helen Lewitt, Diane Arbus o Robert Frank, pero el interés se desplazaba inevitablemente hacia la autora. ¿Quién era Vivian Maier, por qué hizo lo que hizo? Seis años después se expone otra colección suya en el Patio Herreriano: ’El autorretrato y su doble’. En todas las imágenes se hace presente su cuerpo, explícito o proyectado hacia su sombra. ¿Quién era Vivian Maier?
Los autorretratos
Se calcula que un 30% de sus negativos son autorretratos. Miles y miles, toda una vida buscándose en cualquier superficie reflectante, un espejo, una chapa, un escaparate. Muchos artistas la habían precedido en el gesto de mirarse. Rembrandt pintó su rostro en un centenar de ocasiones, dejando un registro sutil de su paso por la vida, de su tristeza y progresivo envejecimiento. Un enigma mínimo comparado con la mole infinita de Vivian Maier, que repite una y otra vez la extraña ceremonia: plantada ante su reflejo, dispara la Rolleiflex colgada a la altura de su vientre mientras lanza la mirada hacia un más allá impreciso desde unos ojos algo estrábicos. En el juego de espejos que resulta ella es imagen de una imagen, y en bastantes casos multiplicada: una bandeja la refleja desde un escaparate mientras el cristal recoge otro contorno que envuelve a aquel como un juego de muñecas rusas. Pero lo que el espectador recibe es bien distinto: una cámara que le apunta, empuñada por una mujer de rostro enigmático, rígida, con vestimenta espartana. Estrella de Diego, en su libro ‘Yo soy otro’, se preguntaba por la vigencia de la idea del “espectador a salvo”. El espejo es el principal enemigo de ese espectador protegido, como demostró Michel Foucault en su célebre análisis de Las Meninas. Ese espejo que invade, interroga, desorienta, y que aquí nos devuelve a la fotógrafa confirmándola en su rareza, rompiendo lo representado con su corpachón asexuado. Ni siquiera nos deja tranquilos en su foto rutinaria de bañista: la basura y la soledad la rodean en la playa. Es una desconocida que se esconde tras el objetivo de su cámara, despojándonos de nuestra condición de espectador. “¿Vemos, o nos ven?”, preguntaba Foucault.
El documental
En 2007 un joven historiador de Chicago, John Maloof, compró en una subasta una caja con negativos por algo más de 300 dólares. No encontró ninguna referencia de su autora hasta que en 2009 se enteró de su fallecimiento. Alguien le alertó de la valía artística de las imágenes y comenzó a buscar otros materiales suyos, hasta hacerse con un gran alijo, y no solo de fotografías. Un documental que codirigió con Charlie Siskel, ‘Finding Vivian Maier’, nominado para los Oscar en 2013, da cuenta en un falso flash-back de esa búsqueda desaforada, en la que adquiere hasta una cajita con dientes. ¿De los niños, de ella? Guardaba todo lo que la rozaba en la vida, al borde del síndrome de Diógenes: ropas, periódicos, abalorios, billetes de tren… y fotografías, muchas de ellas latentes en sus negativos. “¡Soy el primero que veo esta fotografía!” proclama conmovido John Maloof. Y también el primero que pregunta a los padres que la contrataron como institutriz, y que filma las casas que la albergaron en su vida errante, cargada con cajas que encerraba en su habitación, a la que solo ponía una exigencia: que tuviese cerradura. John Maloof no logra una llave que abra su intimidad, y de lo poco que se ve por el ojo de la cerradura surge un retrato desagradable de soledad y deterioro progresivo. La salvación llega desde el arte.
La literatura
“Soy. Eres… ¿Qué has sido?” Es el arranque dubitativo de la indagación sobre la fotógrafa que traza en ‘Una vida prestada’ Berta Vias Mahou. Una novela, una ficción. Con los pocos registros firmes que se conocen de Vivian Mayer la escritora estaba obligada a nutrirse en la nube de la imaginación. Una imaginación casi transparente, filtrada en todo momento por las fotografías desde las que Vivian Maier protege su intimidad. La narración se despliega en torno a jornadas registradas en el archivo de la fotógrafa: el retrato del quiosquero dormido, la excursión con los niños a coger fresas… Y elige un estilo arriesgado: un narrador encimado sobre el “tú” que es Vivian Maier, al borde de la confesión, la memoria íntima, la voz directa de la protagonista. Un equilibrio difícil, meritorio, elegante, por el que se vuelve a escapar la que es “poco más que una sombra envuelta en las sombras”.
V. Smith
Así rellenó la casilla “Name” en el formulario de la tienda donde dejaba temporalmente sus pertenencias. V. Smith, alternándolo con B. Maier, o D. Meier, o Viv Meyers, o Miss Mayer. Francesa unas veces, americana otras, sin casa propia, prolongada en objetos inútiles. Sin ningún lazo familiar, aunque en los últimos años la enorme tarta de sus ventas animase a primos lejanísimos a perseguir la propiedad intelectual de su obra. Su cuerpo desgarbado se desvanece ante las mil imágenes que lo replican. El casillero vacío de su identidad queda definitivamente sin llenar. “Soy una especie de espía”, respondió a uno de los padres que la contrató como niñera. La pregunta de quién era Vivian Maier rebota como la mirada que dirigimos a sus fotografías y se vuelve hacia nosotros, en confusión de observador y observado. ¿Te vemos o nos ves, Vivian Maier?
(publicado en La sombra del ciprés el sábado 9 de marzo de 2019)


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