Blogs

Jorge Praga

Hoy empieza todo II

Las verdades del falso mago

El crítico estadounidense Andrew Sarris decía de ‘Casablanca’ que era “la más decisiva excepción a la teoría de autor”. Según la visión de Sarris habría que dispersar la responsabilidad y el mérito autoral en un gran abanico de profesionales aglutinados en una marca empresarial, Warner Bros. La figura del autor, tan deseada por los críticos de ‘Cahiers du Cinéma’ que luego pilotaron la ‘Nouvelle Vague’, patina todavía con más claridad tres años antes de ‘Casablanca’, en 1939, con las dos películas que disputaron la mayoría de las nominaciones de los Oscar: ‘Lo que el viento se llevó’ y ‘El mago de Oz’. Dos obras que están en la cumbre del período clásico de Hollywood, y que ostentan el mismo director, Victor Fleming, un nombre que no despierta en absoluto pasiones ni desgarros cinéfilos. Como sucedía en tantas producciones de la época, las películas no llegaban de la emanación artística de un autor y su equipo de colaboradores, sino de una organización empresarial basada en el mismo principio de las grandes factorías industriales: la división del trabajo.

 

Detrás de ‘Lo que el viento se llevó’ estaba la mano de la productora que creó David O. Selznick, y que contrató a George Cukor para la dirección. Como su trabajo no resultaba satisfactorio, Selznick pidió a Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), su socio en la distribución, el préstamo de Victor Fleming, enfrascado en ese momento en el rodaje de ‘El mago de Oz’. El productor de la MGM para esta película era el experimentado Mervin LeRoy, que fue añadiendo a King Vidor, Richard Thorpe y Georges Cukor a la lista de directores de ‘El mago de Oz’. Así era la política de producción de un Estudio en Hollywood. A finales de los años treinta MGM disponía en su sede de Culver City de un territorio de 70 hectáreas con 27 platós y equipos de especialistas para cualquier tarea, desde las “stars” en la interpretación hasta carpinteros de decorados o escritores de diálogos. La dirección financiera estaba en New York, pero una vez que se aprobaba un proyecto este se confiaba al mando absoluto de un productor en Hollywood.

‘El mago de Oz’ partió de un lejano éxito escrito en 1900 por Frank L. Baum. El proyecto buscaba aprovechar un filón que a MGM le había dado buenos dividendos: las estrellas infantiles. Mickey Rooney, Elizabeth Taylor o Shirley Temple habían empezado sus carreras en ese escalón, y la última fue la principal contrincante de una nueva aspirante, Judy Garland, que llevaba años en el Estudio esperando su oportunidad. La edad era el principal problema para que interpretara a Dorothy, una niña de 12 años. Judy Garland tenía 16 cuando empezó el rodaje, y tuvieron que disimular su pecho con fuertes corsés o tras la pelambrera del perro Totó. Para el resto de los papeles se prescindió de cualquier truco de animación, encargándolos a actores de carne y hueso, bien que embutidos en complejos disfraces. Otra apuesta de Mervin LeRoy fue el color, el brillante technicolor de 1939, que compartió con su rival de los Oscar. Además de las complicaciones técnicas, su empleo era mucho más caro que el tradicional blanco y negro, y fue una de las causas del déficit inicial que la película cosechó en sus primeros años.

A los pocos días de su estreno en agosto de 1939, las tropas de Hitler invadieron Polonia y estalló la Segunda Guerra Mundial. Los mercados internacionales se cerraron y en la mayoría de los países no fue vista hasta después de 1945. Su triunfo se fue labrando lentamente, a lo que ayudó sobremanera su repetida programación en la cadena televisiva CBS. Una televisión de la época, en blanco y negro, que anulaba el juego sutil del cambio a color para el viaje de Dorothy, pero que aun así no frenó la creciente audiencia. Entre sus espectadores más fieles estaban ciertos grupos gais de Nueva York, enganchados al culto a Judy Garland por sus brillantes conciertos en el Carnegie Hall. “Amigo de Dorothy” era la manera indirecta y fraterna de señalarse como homosexual en esos ambientes. Si buscamos a esos amigos en la película encontramos a un espantapájaros sin cerebro, un león cobarde y un ser de hojalata sin corazón, seres distintos, marginados en una sociedad paralela a la que censuraba la homosexualidad, y a los que el coraje de Dorothy devolvía en la película su dignidad y fortaleza. Para rematar esta alianza llegaron los sucesos del multitudinario entierro de Judy Garland en 1969, en los que participó la comunidad gay. En los días siguientes al entierro la policía hostigó los locales de ambiente de Greenwich Village, donde se repetía infatigablemente el ‘Over the Rainbow’ cantado por la actriz en la película. Esos enfrentamientos violentos fueron la raíz del Orgullo Gay, y la canción se asoció estrechamente con el movimiento. No es difícil situar el arco iris que lo representa con los anhelos de Dorothy por transformar su mundo gris con todos los matices del color, del technicolor.

¿Y qué guarda en su interior ‘El mago de Oz’ para conmover durante ochenta años a millones y millones de espectadores? Su arranque y horizontes se pueden equiparar a los de las grandes aventuras fantásticas emprendidas antes por la literatura. La Alicia de Lewis Carroll se extravía como Dorothy en la Wonderland que dispara y disparata la realidad cotidiana. El Peter Pan creado por James M. Barrie ni siquiera necesita el viaje transgresor para instalarse eternamente en el País de Nunca Jamás. Dorothy también suspira por ese mundo alternativo que sustituya al grisáceo que quiere apresar a su perro, y en ‘Over the Raimbow’ canta su anhelo directamente al corazón del espectador: “En algún lugar por encima del arco iris / vuelan los pájaros / y los sueños que soñaste / se hacen realidad”. Solo hace falta un tornado muy americano para transportarla al universo en technicolor de los cuentos maravillosos: hadas, brujas buenas y malas, enanos de Munchkiland (Pequeñilandia en la versión española), animales y objetos con vida propia, y sobre todo una cadena de pruebas que mostrarán la decisión inquebrantable de la protagonista. Pruebas tales como llegar hasta el mago de Oz o arrebatarle la escoba a la bruja, y cuyo fin es solamente superarlas, demostrar valía y hacerse merecedora del objeto mágico, los zapatos de rubí que la sacarán de allí. Porque, sorprendentemente, lo que de verdad quiere Dorothy es volver a su casa de Kansas, después de que el falso profesor Marvel le colara la mentira de que su tía Emm está enferma. A diferencia de Alicia o Peter Pan, encantados en su universo travieso, Dorothy lucha por regresar, y cuando lo consigue no lamenta perder el technicolor, sino que proclama con orgullo lo que ha aprendido en la travesía: “Si alguna vez quiero satisfacer un deseo de mi corazón, no debo ir a hacerlo lejos de mi propia tierra, porque si no ocurre ahí, aun menos lo conseguiré fuera de ella”. Incluso refuerza la moraleja con una frase final que se hizo célebre: “En ningún sitio como en casa” (Rafael Azcona no desaprovechó la ocasión para darle la vuelta en otro dicho memorable: “Como fuera de casa en ningún sitio”).

El escritor Ilyá Ehrenburg había dado a Hollywood el título de “fábrica de sueños”. ‘El mago de Oz’ lo cumple, pero al tiempo labra en su interior la fuerza para escapar de esos sueños. En los años que siguieron a la Gran Depresión, más las terribles tensiones bélicas, cabía esperar de una película del Hollywood clásico un discurso de evasión, de fogueo. Y sin embargo Dorothy anuncia como gran botín de su experiencia el poder mirar de frente el Kansas en blanco y negro de su familia. Ninguna evasión. A ello no ha sido ajeno el descubrimiento de que el mago de Oz no es sino un embaucador extraviado al que se le ven los flecos en el trampantojo con el que engaña a sus súbditos. El mentiroso profesor Marvel empuja a Dorothy hacia la verdad del desenlace, una donación semejante a la que la película insufla al espectador: la carga de energía e ilusión necesarias para volver de nuevo al difícil mundo real. O como dice Fernando Savater en ‘La infancia recuperada’, esas narraciones tan alejadas del mundo permiten “conquistar el derecho a residir en él”. Es la lección, y la elección, de ‘El mago de Oz’.

(publicado en La sombra del ciprés el 27 de septiembre de 2019)

Temas


octubre 2019
MTWTFSS
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
28293031