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Jorge Praga

Hoy empieza todo II

Una estética de pliegos de cordel

Pilar Miró fue siempre una rareza, un ser distinto que quebraba normas y prudencias en los primeros años del posfranquismo. En la esfera pública llegó a ostentar cargos importantes en cine y televisión. Y en lo privado su frágil independencia sentimental fue continuamente atendida por la prensa del corazón. Cargaba con esa rareza, y era consciente de ella, como declaraba en una larga entrevista en ‘Dirigido por’ a principios de 1980: “La popularidad es una frivolidad en la que te ves metida aunque trates de que no sea así, lo que pasa que en mi caso no me he podido librar nunca del sambenito de ser la primera y de que siempre surja como ejemplo de lo que sea, siempre soy el ejemplo de algo, pero a mí eso me entristece bastante”. La singularidad de su carácter sin embargo no tuvo un correlato artístico a parecida altura. De su filmografía poco queda que merezca la pena revisar. Las palabras que dedicó en esa entrevista a sus trabajos en televisión tal vez valgan como marco general para su obra: “Yo nunca he hecho nada ni lo suficientemente malo para que se diga que es malo, pero tampoco lo suficientemente bueno para crear un mito”. Salvo que pongamos en un mismo plato arte y populismo, creación y oportunidad. Desde esa estrategia híbrida desembarcamos en el éxito de  ‘El crimen de Cuenca’.

La película se inicia con un ciego que recita versos que historian un crimen, mientras un niño recorre con un puntero las viñetas que ilustran la cantinela. Luego venderá unas hojillas, parientes impresas de los antiguos pliegos de cordel. La escena es importante, pues en ella aparece entre la concurrencia El Cepa, el supuesto asesinado que narran las coplas, lo que obliga a abrir la narración en un amplio flash back que recorra los hechos desde el principio. Pero lo es también porque ese marco de los cantares de ciego imprime a la película una vocación popular que exige un realismo directo en la puesta en escena. Se trata de que todo sea reconocible de forma inmediata: el mundo pueblerino, las plazas y callejuelas, la manera de hablar un tanto deformada. Y como la producción es modesta y sin tiempo para los matices, el atrezo de los personajes se queda en el cliché, con ropas demasiado nuevas hasta en los más humildes. Los rostros pertenecen a extras que no conocieron las carencias alimenticias o medicinales de principios de siglo. El conjunto arroja un aire conocido de eficacia rápida, aumentada por una planificación ajustada a la dramaturgia, con muchos primeros planos. En resumen, una estética televisiva, coherente con la formación de Pilar Miró: entró en televisión con poco más de veinte años, y pronto dirigió su primer proyecto, ‘Lili’, por una concesión especial del que en 1966 era el director de programas, Adolfo Suárez.

Pero el realismo chato de la producción coge otro vuelo si se cruza con el aire del cantar de ciego: “Y no contentos con eso / en viéndole la cabeza / la noble parte del hombre / se la cogen con las manos / se la cascan con dos piedras. / Morcillas allí parecen / las carnes del pobre Cepa”. Ahora el realismo asciende a naturalismo, con fases de truculencia. Si el crimen no se puede mostrar, porque no hubo tal crimen, no se escatiman las torturas que la Guardia Civil aplica a los acusados para obtener su confesión. Toda una colección de suplicios, desde el básico de los golpes en grupo a los sofisticados que comprometen el pene, que imponen la sed, que arrancan los pelos del bigote, y que, ¡agggh!, revientan las uñas. Servidos en primerísimos planos centrados en el sufrimiento. Y como fondo dramático una esquemática contraposición entre buenos y malos. Buenos que son pobres, y además inocentes, y también explotados. Malos que son poderosos, y ambiciosos en mantener su poder, y carentes de escrúpulos; jueces, curas, guardias civiles. El espectador, a poco que se logre la verosimilitud de lo narrado, queda atrapado en el juego de opuestos, con el aliciente inconfesable de la pulsión por ver esas vejaciones inauditas, tal vez alojadas en el inconsciente de cualquier ciudadano atento a los usos policiales del franquismo.

Pilar Miró es capaz de gobernar con tino esa vieja fórmula del maniqueísmo popular y escatológico, e incluso la abrillanta con escenas como la del encuentro final. Además la dirección de actores es impecable, con matrícula de honor para Héctor Alterio, y para Guillermo Montesinos, que sabe poner la fealdad de su cuerpo al servicio de El Cepa. Para que se redondease la taquilla solo quedaba el regalo de una tormenta política que traspasase a la realidad la lucha entre poderosos y oprimidos. Y sucedió. Con la ayuda de los últimos coletazos del franquismo, sucedió.

(publicado en La sombra del ciprés el 4 de octubre de 2019)

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