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Jorge Praga

Hoy empieza todo II

Grave es la vida, alegre es el arte

Joseph Roth y Stefan Zweig aparecen juntos en una fotografía de 1936 en lo que parece la terraza de un bar, frente a una mesa con copas de vino. Sonrientes los dos, tal vez algo achispados. En Ostende, donde se tomó la instantánea, compartían días de verano con otros escritores centroeuropeos: Irmgard Keun, Ernst Toller, Arthur Koestler… Hace pocos años les volvió a dar vida, vida literaria, Volker Weidermann, en la novela titulada precisamente ‘Ostende’. Escritores centroeuropeos. Hoy es difícil encajar esa etiqueta, situarla cultural o geográficamente. Pero en los años de entreguerras del siglo pasado pervivía la influencia unificadora del imperio austrohúngaro en sus figuras culturales. Stefan Zweig y Joseph Roth tenían tras sí una importante obra literaria cuando compadreaban en la fotografía, olvidándose un poco de una Europa llena de trincheras para quienes detentaban orígenes judíos. “Antes de 1914 la Tierra era de todos”, escribía Stefan Zweig en ‘El mundo de ayer’. Joseph Roth, que volaba de una ciudad a otra, pone en boca del teniente Franz Tunda, protagonista de su novela ‘Fuga sin fin’: “Si pudiera, no sé si mañana me iría a Australia, América o China, o si volvería a Siberia. No tengo nada que perder. Ni soy valiente ni busco aventuras. Me dejo llevar por el viento y no tengo miedo a la caída”.

El viento que movió a Joseph Roth vino en muchos casos de su actividad periodística, sobre todo en la década de los veinte. Primero en Viena, luego en Berlín, y entre 1921 y 1932 como corresponsal por toda Europa del diario ‘Frankfurter Zeitung’, con colegas como Siegfried Kracauer, que llegó a ser su director, o Walter Benjamin. Muchas de las colaboraciones de Joseph Roth fueron, sorprendentemente, sobre cine: estrenos, noticias, consideraciones teóricas, afortunadamente recolectadas en un pequeño volumen, ‘De cine’, editado hace un par de años por Casimiro libros.

Esta recopilación es una joya, y cada uno de sus artículos un pequeño prodigio. Cuando Roth dirige su mirada hacia el cine, este apenas cuenta con una década de consistencia narrativa. Si todo estaba inventándose en la pantalla, qué podría esperarse de una crítica sin asiento ni referencias. Roth afronta con desparpajo y fina escritura el desafío de mirar ese arte nuevo. Empezando por la recepción del público: “¿Por qué va la gente a ver una película así? ¿Por qué lloran por cosas inverosímiles?”, se pregunta. La respuesta la recoge del portero de la sala: “Grave es la vida, alegre es el arte”. Hay un artículo delicioso en el que cuenta su llegada a una ciudad alemana “aislada del mundo”. Pronto advierte que en los lugares públicos la gente viste con distinción y que la juventud se comporta “con soltura y aplomo, con exquisita elegancia”. En el cine del domingo por la tarde encuentra la respuesta al enigma. Los espectadores prestan una atención extrema a la pantalla, auténtica ventana a un mundo exterior que refina sus modales, influye en su vestuario, modifica su mentalidad.

Los artículos saltan por fechas y países pero nunca pierden la gracia de lo primigenio, de lo virginal. Incluso de estar por delante de su tiempo, belicista y amnésico. En ‘¡Basta ya de películas bélicas!’ opone la ficción burda con su recuerdo doloroso y abrasivo de la Gran Guerra: “Todo está delante de nosotros, como sepultado en féretros de cristal que no se abrirán jamás”. Cuando llega el cine sonoro mantiene una posición totalmente alejada de los clichés dominantes, que consideraban la palabra como el enemigo que restaría vitalidad y autonomía a la imagen. Todo lo contrario. La voz, “más corpórea que el cuerpo mismo del que emerge”, rebaja a la imagen a su naturaleza de sombra, es esta la que debe correr tras el poder del sonido. Incluso a un evento periodístico como el encuentro de Chaplin con Gandhi en 1931 le da un enfoque inesperado y crítico: “¿Por qué diablos se sienten obligados a reunirse ante el mundo que los mira con los ojos abiertos como platos, en vez de hacerlo en la intimidad?”.

Una atención tan exquisita hacia el cine merecía una respuesta en consonancia de este arte. Max Ophuls, otro centroeuropeo inolvidable, rodó en 1948 con maestría indudable ‘Carta de una desconocida’, breve novela de Stefan Zweig. Joseph Roth tardó más en encontrar sitio en la pantalla. Fue con su última novela, ‘La leyenda del santo bebedor’, un texto editado póstumamente en el que Roth sedimenta el desvarío alcohólico que acabó con él. Ermanno Olmi se atrevió a filmarlo en 1988, con una sucesión vaporosa de secuencias parisinas en cafés, prostíbulos, hoteles y puentes sobre el Sena que acogen vagabundos, bañados en luz crepuscular y enjabonados con música de Stravinsky. Una borrachera desde dentro, en sus aromas más sabrosos e incorpóreos, cuando ya no cabe el arrepentimiento de la conciencia. Joseph Roth la hubiera aplaudido en su crítica, y celebrado que película y libro mueran en la misma frase, que pudo ser la última que escribió: “Conceda Dios a todos nosotros, bebedores, una muerte tan fácil y bella”.

(publicado en La sombra del ciprés, suplemento cultural de El Norte de Castilla, el viernes 24 de abril de 2020)

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