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Jorge Praga

Hoy empieza todo II

Muyeres y muchachas

Hay que esperar a los últimos planos de ‘Muyeres’ para entender uno de sus vectores fundamentales: la mujer que atiende a una de las ancianas comienza a cantar una canción mientras tiende la ropa. Ella es rumana y trabaja en esa remota aldea asturiana de la zona de Somiedo. La anciana a la que cuida conoce un romance heredado de sus ancestros, que se cerrará en su memoria cuando llegue el inminente final. Pero antes se lo enseña a la cuidadora, y esta, aunque no pertenezca a esa cultura, lo recibe y difunde asegurando su permanencia. Es una transmisión que recuerda la de los libros amenazados en ‘Fahrenheit 451’, tanto en la novela original de Bradbury como en la película de Truffaut. En esa culminación la película instala el color en el esplendor de los valles asturianos. Deja atrás el blanco y negro de pesadumbre por la muerte de tantos ancianos que se llevan consigo su memoria cantarina.

A esta idea, fuerte y conseguida, se unen otras que no siempre convergen ni cristalizan: el vagabundeo del nieto del recopilador de canciones,  o esos cazadores que se dejan ver de cuando en cuando. También la naturaleza está tratada con una óptica trascendente que no siempre casa con la materialidad de los hechos. Es en los ancianos, en ‘les muyeres’, en ‘les muyeres vieyes’ donde reside la verdad de lo narrado. En sus rostros historiados, en sus ojos profundos, en sus manos agarrotadas que ya no pueden percutir el pandero. En su dulzura. Una pena que se castellanicen sus voces en exceso, que no se deje sitio al asturiano que brilla en las canciones. Un empeño entusiasta y con personalidad propia de la joven directora Marta Lallana, apoyada en el músico Raúl Refree. Ambicioso y defendible a pesar de esos desfallecimientos.

De aldeas aisladas y sus costumbres trata también ‘The Cage Is Looking for a Bird’. Pero ahora hay que trasladarse a Chechenia, o así lo indican las notas de prensa en coincidencia con el lugar de nacimiento, Grozni, de su directora Malika Museava. Lo cierto es que la película presenta una extraña coproducción con Mónaco, figurando en la productora nada menos que Alexander Sokurov. El gran cine ruso, apagado por la guerra.

Las jóvenes chechenas lo tienen difícil para salir de casa y llevar una vida independiente. Como las heroínas de Jane Austen, solo el matrimonio las dará estabilidad. Pero son matrimonios pactados, forzados, que van dejando un reguero de infelicidad. Las dos protagonistas ríen y corren en los comienzos de la película, pero poco a poco sus esperanzas de conocer otros lugares se ven cercenados por las costumbres y la vigilancia de las mayores. El problema, artístico y narrativo, es que este argumento se desarrolla sin apenas diálogos ni incidencias, con la cámara siempre pendiente del rostro y los movimientos de las jóvenes sobre el paisaje que recorre el otoño y entra en el invierno. Que el espectador trabaje, que rellene o imagine lo que está sucediendo en el interior atormentado de las muchachas. Cabe el riesgo de que el espectador se aburra.

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