Seminci. Punto de Encuentro.
Al menos tres de las películas que han pasado por Punto de Encuentro vienen en formato 4×3, casi cuadrado: el de las antiguas televisiones. Es una elección estética, pero también una consecuencia de usar cámaras de 16 mm. o antiguas Betacam de vídeo predigital. Un síntoma de innovación. En la sección está notándose un cine experimental de verdades provisionales y mucho fuego.
Julia de Castro y María Gisèle Royo se responsabilizan del guion y de la dirección de ‘On the go’, su breve ópera prima. Se responsabilizan “hasta cierto punto”, como suelen decir los adolescentes cuando se les pide cuentas. Ellas ponen en marcha un rodaje con medios muy precarios, y entre improvisaciones de los actores, músicos que van apareciendo por allí, la luz maravillosa de Cádiz y Sevilla y las ganas de contar sus penas de maternidad van surgiendo las secuencias. Solo se rodó una toma de cada escena, riesgo inmenso que exige concentración máxima y rogativas a San Pancracio. Y el sonido quedó como quedó, no muy accesible a tímpanos desgastados. En cuanto a la trama, mejor no empeñarse en pensar qué fue de la sirena que casi muere de sed de mar en la primera parte de la película, o del amante escultor y pintor, o a cuento de qué ese palomar con aspecto de templo arcaico. Lo mejor, y más rentable, es dejarse llevar por la propia energía de la película, por su aspecto de cuento mágico y desvarío onírico bañado de luz y mar, por el garbo de sus actores, actrices y sirenas; en fin, por la música y el baile que van surgiendo en cualquier cuneta, sonidos de ahora mismo. “Yo sigo sin entenderla pero me gusta mucho”, confesó en el coloquio un actor muy veterano. Pues ahí está la clave: meterse en la película como en una zambullida entre las olas de Cádiz, sintiendo más que razonando, subiéndose a un viaje a ciegas donde otras llevan el volante y la ruta. On the go.
Cambio de onda, de ambiciones, de alcance y brillo en ‘Animal’. La directora griega Sofia Exarchou escoge el título de su película pensando en la vida durísima que llevan sus personajes. Pero también en el ánima, en el alma que tienen que poner en su trabajo de animadores. Los grupos de turistas europeos se suceden en un hotel de una isla griega, y los animadores tienen que estar siempre con la sonrisa por delante y enredando con números musicales y casi circenses que entretengan a los clientes. Es una mirada profunda y persistente a esa vida oculta con la que nadie cuenta: seres marginales que exprimen la temporada turística a cuenta de su salud y casi de su vida, mientras los años pasan y los cuerpos se agrietan. La película repite uno de esos ciclos sin concesiones, sin saltos dramáticos ni señuelos de guion. La explotación de esos trabajadores no se mitiga para venderla al espectador, debe soportarse jornada tras jornada. Estamos ante una película de trasfondo humano pero también político, un discurso sin fisuras sobre una parcela de la clase trabajadora. Y a la cabeza de ella la interpretación soberbia de Dimitra Vlagopoulou