{"id":27,"date":"2011-12-18T09:35:35","date_gmt":"2011-12-18T09:35:35","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/?p=27"},"modified":"2011-12-18T09:35:35","modified_gmt":"2011-12-18T09:35:35","slug":"el-bosquecillo-de-la-isla-de-los-ingleses","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/2011\/12\/18\/el-bosquecillo-de-la-isla-de-los-ingleses\/","title":{"rendered":"El bosquecillo de la isla de los ingleses"},"content":{"rendered":"<p>\u00a0\u201cLa historia de un amor fracasado, seguido de una vida frustrada, puede ser el tema de una novela enorme. Maupassant, en pocas p\u00e1ginas, nos dice lo esencial\u201d. Son palabras de Jean Renoir cuando emprende la adaptaci\u00f3n del cuento de Guy de Maupassant \u2018Une partie de campagne\u2019, y que a pesar de ciertas dificultades de rodaje y de posproducci\u00f3n ha quedado como una de las cumbres del di\u00e1logo de cine y literatura. La fidelidad de Renoir al original dej\u00f3 un ins\u00f3lito metraje de 40 minutos, que se podr\u00edan haber incrementado con algunas escenas del comienzo que no se llegaron a filmar, pero lejos todav\u00eda del largometraje que le exig\u00eda el productor Pierre Braunberger. Los compromisos de Renoir para iniciar \u2018Los bajos fondos\u2019 le impidieron ocuparse de los remates finales, y luego la llegada de la guerra llev\u00f3 al director a Estados Unidos. Por fin el productor logr\u00f3 que Margarita Renoir, la compa\u00f1era del cineasta, se ocupara del montaje, y el m\u00fasico habitual de sus pel\u00edculas, Joseph Kosma, compusiera la partitura. El estreno se realiz\u00f3 diez a\u00f1os despu\u00e9s, en 1946, sin que Jean Renoir pudiese darle el visto bueno.<\/p>\n<p>Lo que se cuenta en \u2018Une partie de campagne\u2019, como sucede en casi todas las grandes narraciones, no proviene de ning\u00fan exceso imaginativo de Maupassant ni de la capacidad visionaria de Renoir. Es una historia antigua y repetida, un moj\u00f3n de la experiencia com\u00fan. Lo importante, lo \u201cesencial\u201d, es la hondura que se consiga, lo que se excave en la superficie de los hechos. El envoltorio de \u00e9poca lo da una familia de comerciantes que emprende una excursi\u00f3n dominical desde Par\u00eds con el carro que les ha prestado el lechero. Un envoltorio perfectamente transportable desde 1860 hasta la actualidad. El grupo viaja con la ilusi\u00f3n de un d\u00eda diferente, especialmente la madre y la hija, un poco hastiadas de sus adocenadas parejas. Ellas son las m\u00e1s en\u00e9rgicas, tambi\u00e9n las m\u00e1s abiertas, y el encuentro casual con dos j\u00f3venes en la fonda donde comen abrir\u00e1 el camino de la seducci\u00f3n. Con la aureola de conquistador que siempre se reviste la biograf\u00eda de Maupassant, podr\u00edamos esperar una escritura dirigida por el erotismo directo, una palabra descriptiva que corriera tras las alusiones, picard\u00edas, avances y supuestas defensas prontamente derribadas. Sin embargo la construcci\u00f3n de la aventura sexual se desv\u00eda hacia el marco de la naturaleza, de la que toma su energ\u00eda y pujanza en el domingo soleado para introducirse en los cuerpos y recorrerlos a la manera de esas hormigas que la madre cree sentir por debajo de su corpi\u00f1o. Y luego elige como vector narrativo aquel que m\u00e1s se aleja de la palabra denotativa: el sonido. La naturaleza es un teatro sonoro que envuelve las peripecias de los amantes hasta dejarlas encerradas en met\u00e1foras poderosas que culminan con el ruise\u00f1or que vigila el matorral frondoso de la isla de los Ingleses. Este \u201cinvisible testigo de las citas de Romeo y Julieta\u201d puntea con las inflexiones de su canto el avance del encuentro sexual. Espasmos, gritos, subidas y bajadas que el cuento va delegando en los trinos del p\u00e1jaro, hasta culminar con \u201cun gemido tan profundo que parec\u00eda la despedida de un alma; un gemido prolongado que acab\u00f3 en un sollozo\u201d.<\/p>\n<p>De esta trabaz\u00f3n indirecta, tan brillante y arriesgada, toma buena nota Renoir, as\u00ed como de la distancia que Maupassant traza con la posible ligereza de la an\u00e9cdota. En la pel\u00edcula el joven que luego va a seducir a la muchacha discute con su alocado compa\u00f1ero sobre el alcance de esta seducci\u00f3n, algo m\u00e1s que un juego o un entretenimiento, y las consecuencias amargas que va a dejar en la chica. Por el bien de ella, dirige al fogoso hacia la madre, que gorjea m\u00e1s que habla. La estrategia sonora de Maupassant tiene en Renoir un asombroso correlato: todo lo importante, o mejor, lo narrativamente esperable, va a quedar excluido del campo visual. Inicialmente ese centro queda suspendido como promesa de futuro que el deseo alimenta sin cesar, en complicidad con el d\u00eda de campo, con el sol que enciende los rostros o el agua que acaricia las orillas. Y cuando ese tiempo debe llegar y estallar, hacerse presente, Renoir recurre a una de sus armas preferidas: el fuera de campo. Nada es visible porque nada merece ser visto, lo importante son las ilusiones previas y las frustraciones posteriores. El momento en que Henriette se entrega a su pretendiente en el frondoso matorral de la isla, queda literalmente oculto por un primer\u00edsimo plano del rostro de ella que deja ver poco m\u00e1s que un ojo y la l\u00e1grima que fluye. Este plano, que en un recordado an\u00e1lisis Jes\u00fas Gonz\u00e1lez Requena se atrevi\u00f3 a calificar como el mejor de la historia del cine, es el tel\u00f3n dram\u00e1tico que se cierra sobre el acto sexual, y que no solo impide su visi\u00f3n sino que desplaza la atenci\u00f3n hacia lo m\u00e1s estremecedor del hecho, lo que nos va a unir a la experiencia de Henriette porque va a sonar en cada espectador como un moj\u00f3n ineludible de su biograf\u00eda.<\/p>\n<p>Al final Maupassant y Renoir hablan, con inusitada y espec\u00edfica brillantez, de lo mismo: del cruce de una frontera personal, del antes breve e ilusionado y el despu\u00e9s largu\u00edsimo y triste. La virginidad es metaf\u00f3rica, lo que cuenta es la herida del encuentro con el otro y con uno mismo. El cuerpo, impulsado por un pante\u00edsmo arrebatador, es sin embargo el lugar de una experiencia individual, y de su conciencia. El deseo arrastra, trae goces, es pasajero y a la vez c\u00edclico, pero sus hechos pueden dejar cicatrices hondas y feroces. Aquel r\u00edo que se remont\u00f3 para llegar a la revelaci\u00f3n de la isla, su temblor y su v\u00e9rtigo, no volver\u00e1 a ofrecerse con la misma pureza. Henriette ya nunca ser\u00e1 la joven que se prueba sin saber el final. Ya est\u00e1 advertida, ya posee la dura sapiencia, y cuando vuelva a la isla en esa escena que nos conmueve como pocas, lo har\u00e1 cargada de marido, de experiencia, de mirada hacia atr\u00e1s, de tristeza, de tiempo fundido.<\/p>\n<p>\u00a0(publicado en &#8220;La sombra del cipr\u00e9s&#8221;, 17 de diciembre de 2012)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00a0\u201cLa historia de un amor fracasado, seguido de una vida frustrada, puede ser el tema de una novela enorme. Maupassant, en pocas p\u00e1ginas, nos dice lo esencial\u201d. 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