{"id":280,"date":"2016-10-09T10:30:44","date_gmt":"2016-10-09T10:30:44","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/?p=280"},"modified":"2016-10-09T10:30:44","modified_gmt":"2016-10-09T10:30:44","slug":"george-has-ganado","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/2016\/10\/09\/george-has-ganado\/","title":{"rendered":"George, has ganado"},"content":{"rendered":"<p>Los libros que m\u00e1s quiero de John Le Carr\u00e9 me guardan el amor con evidentes dificultades geri\u00e1tricas. Son ediciones baratas de los setenta, ochenta o incluso noventa, que se sostienen como pueden en los estantes. Los de Plaza &#038; Jan\u00e9s aguantan algo mejor la vejez en sus tapas de colores chillones, pero a los de Bruguera se les fundi\u00f3 el pegamento hace mucho, se descuartizan por el lomo y sueltan sus hojas sarmentosas sin retorno posible a un acomodo correcto. \u2018El topo\u2019 es el que m\u00e1s pena, y cari\u00f1o, y lectura desprende, sujetado por las otras dos novelas de la trilog\u00eda de Karla: \u2018El honorable colegial\u2019 y \u2018La gente de Smiley\u2019. Han llegado despu\u00e9s reediciones menos cutres, prestas a formar pilas en los grandes almacenes, atentas a pel\u00edculas o series que animen las ventas. Siempre lejos de las ediciones cuidadas que merece la categor\u00eda literaria de su autor. Ahora, con la novedad de sus memorias, Planeta reedita las primeras novelas protagonizadas por Georges\u00a0Smiley: \u2018Llamada para el muerto\u2019 y \u2018Asesinato de calidad\u2019, escritas a principios de los sesenta. Las traducciones, intocadas tras cincuenta a\u00f1os.<\/p>\n<p><a href=\"\/voc-migration\/endpointsite\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2016\/10\/Smiley-11.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-282\" title=\"Smiley 1\" src=\"\/voc-migration\/endpointsite\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2016\/10\/Smiley-11.jpg\" alt=\"\" width=\"175\" height=\"288\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Entre las veintitantas novelas que suma John Le Carr\u00e9, Smiley solo es protagonista en las cinco del p\u00e1rrafo anterior; tambi\u00e9n cuenta con apariciones laterales en \u2018El esp\u00eda que surgi\u00f3 del fr\u00edo\u2019 y \u2018El espejo de los esp\u00edas\u2019, m\u00e1s una especie de lecci\u00f3n final en \u2018El peregrino secreto\u2019. Suficiente para escenificar con poder\u00edo inigualable el campo de batalla europeo en torno a los sesenta: la guerra fr\u00eda, un ox\u00edmoron acrecentado por la peculiar personalidad de Georges Smiley. Como dice Carlos Pujol en su pr\u00f3logo a \u2018El topo\u2019, \u00e9l es un hombre que no est\u00e1 hecho para el triunfo. Empezando por su f\u00edsico: rechoncho, bajito, gruesas gafas, vestido con trajes de talla mal calculada. \u201cNo soy m\u00e1s que un viejo bastante gordo varado entre el pudding y el oporto\u201d. Su personalidad nos la avanza con precipitaci\u00f3n su mujer Ann en el p\u00e1rrafo inicial de la primera novela: \u201cTremendamente vulgar\u201d, aunque pronto detectamos la compleja m\u00e1quina interior que funciona bajo los silencios de Georges Smiley. Y ah\u00ed surge el reto: c\u00f3mo interesar al lector en el ejercicio mental de un protagonista que habla poco y act\u00faa menos, y que en su intimidad resguardada va desarrollando un plan que llega con cuentagotas a la superficie de la escritura. Su posici\u00f3n de encajador le obliga a extremar el cuidado de su arma preferida: escuchar. As\u00ed le describe el ojo del narrador: \u201cSmiley hab\u00eda adoptado la postura de un Buda inescrutable. Estaba sentado con el tronco echado hacia atr\u00e1s, las cortas piernas dobladas, la cabeza inclinada hacia adelante, y las manos cruzadas sobre el generoso est\u00f3mago. Ten\u00eda cerrados los ojos de hinchados p\u00e1rpados, tras los gruesos cristales de las gafas. Su \u00fanico movimiento era el de limpiar los cristales de las gafas con el forro de seda de la corbata, y cuando lo hac\u00eda en sus ojos hab\u00eda una mirada desnuda, h\u00fameda, que resultaba un tanto inquietante para quienes se fijaban en ella\u201d. Todo circula entre l\u00edneas, tambi\u00e9n el tormento de las infidelidades de su esposa. Tal vez Le Carr\u00e9 traslad\u00f3 a su personaje, adem\u00e1s de la pasi\u00f3n por la literatura alemana del siglo XVII que estudi\u00f3 en Oxford, la desolaci\u00f3n de su hogar cuando su madre huy\u00f3 y le dej\u00f3 al cuidado de su padre.<\/p>\n<p><a href=\"\/voc-migration\/endpointsite\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2016\/10\/Smiley-2.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-283\" title=\"Smiley 2\" src=\"\/voc-migration\/endpointsite\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2016\/10\/Smiley-2.jpg\" alt=\"\" width=\"183\" height=\"275\" \/><\/a><\/p>\n<p>La escritura se pone al servicio de ese jefe de espionaje tan especial, tan a contraestilo, que dir\u00eda Curro Romero. Una escritura que en las dos primeras novelas atiende a los hechos y su engarce, bien que salpicada por observaciones y salidas que la elevan. Pero cuando once a\u00f1os despu\u00e9s, en 1974, Le Carr\u00e9 vuelve con \u2018El topo\u2019 a los escenarios del Circus, la bruma confunde los lugares y los personajes engrosan su car\u00e1cter con las apoyaturas de un tiempo que desborda el presente escueto de la acci\u00f3n. El resultado es una geograf\u00eda propia, bautizada con nombres que las p\u00e1ginas van enriqueciendo: el Circus, el parvulario de Sarratt, el poder de Whitehall. Una geograf\u00eda enroscada en palabras que se esfuerzan por apresar olores y sensaciones: los corredores del Circus huelen \u201ca col rancia y al l\u00edquido limpiador de las m\u00e1quinas de escribir\u201d; una antigua auxiliar deja un rastro\u00a0 \u201ca whisky, a medicinas y a vejez\u201d; una mujer lleva \u201cel pelo muy corto, te\u00f1ido del color de la nicotina\u201d. Un fluido de escritura que no descansa ni parece ofrecer resultados tangibles, que no se reconoce en la l\u00f3gica binaria de los opuestos, ya sean occidentales o sovi\u00e9ticos, buenos o malos, leales o traidores. En cada acci\u00f3n respira la l\u00f3gica difusa de mil cabezas. En una discusi\u00f3n entre Smiley y Ann, esta le dice: \u201cEst\u00e1s equivocado\u201d. \u201cEl que yo est\u00e9 equivocado \u2013responde Smiley- no significa que t\u00fa tengas raz\u00f3n\u201d.<\/p>\n<p>El final de estas novelas deja su universo algo m\u00e1s pacificado. Pero no hay fuegos artificiales que celebren al vencedor. Lo que descubre Smiley es otra parte de s\u00ed mismo, una veta com\u00fan que le une con los culpables y los enemigos. El traidor, el rival, no est\u00e1 muy lejos de sus sufrimientos. Cuando en el inolvidable final de \u2018La gente de Smiley\u2019 logra la deserci\u00f3n del jefe sovi\u00e9tico, Karla, y se cruza con \u00e9l, ambos intercambian una mirada en la que \u201ccada uno vio en los ojos del otro algo de s\u00ed mismo\u201d. Derrotar al enemigo es un acto de introspecci\u00f3n, de conocimiento, de reconocimiento. A la felicitaci\u00f3n con la que se cierra la saga, \u201cGeorge, has ganado\u201d, Smiley solo responde con un lac\u00f3nico \u201cSupongo que s\u00ed\u201d. El triunfo es silencio, p\u00e1gina en blanco, herida com\u00fan.<\/p>\n<p>(publicado en La sombra del cipr\u00e9s el s\u00e1bado 8 de octubre de 2016)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los libros que m\u00e1s quiero de John Le Carr\u00e9 me guardan el amor con evidentes dificultades geri\u00e1tricas. Son ediciones baratas de los setenta, ochenta o incluso noventa, que se sostienen como pueden en los estantes. 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