{"id":463,"date":"2018-05-14T17:36:44","date_gmt":"2018-05-14T17:36:44","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/?p=463"},"modified":"2018-05-14T17:36:44","modified_gmt":"2018-05-14T17:36:44","slug":"el-guardian-de-la-intimidad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/2018\/05\/14\/el-guardian-de-la-intimidad\/","title":{"rendered":"El guardi\u00e1n de la intimidad"},"content":{"rendered":"<p>En su fotograf\u00eda m\u00e1s difundida J. D. Salinger est\u00e1 enmarcado por la ventanilla de un coche, y golpea el cristal desde fuera con su pu\u00f1o. Detr\u00e1s de \u00e9l se ve a otro fot\u00f3grafo, c\u00e1mara en mano. El que le acaba de tirar la c\u00e9lebre instant\u00e1nea se ha refugiado en el coche, o esperaba all\u00ed oculto para cazar al autor. Y sigue disparando fotos, sin que Salinger pueda hacer nada salvo enfadarse, ponerse fuera de s\u00ed hasta componer ese rostro terrible: el de un anciano maltratado, indefenso, con los ojos desorbitados, la boca jadeante, lleno de arrugas. Fue a mediados de los ochenta. Salinger todav\u00eda no ten\u00eda 70 a\u00f1os, un autor c\u00e9lebre reducido a un viejo incapaz de imponer su enfado, su justo enfado.<br \/>\n<a href=\"http:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/voc-migration\/endpointsite\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2018\/05\/Salinger.jpg\"><img loading=\"lazy\" src=\"\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/voc-migration\/endpointsite\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2018\/05\/Salinger-300x208.jpg\" alt=\"salinger\" width=\"300\" height=\"208\" class=\"alignnone size-medium wp-image-464\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2018\/05\/Salinger-300x208.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2018\/05\/Salinger.jpg 470w\" sizes=\"(max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a><br \/>\nA pesar de esta derrota, la fotobiograf\u00eda de Salinger es escasa. Hay un peque\u00f1o grupo de im\u00e1genes de muchos a\u00f1os atr\u00e1s en que el autor exhibe su sonrisa sentado frente a un libro, fumando, bien vestido, seductor. As\u00ed le recuerdan quienes le trataron antes de que el \u00e9xito se le echara encima. La mujer de un editor neoyorquino dej\u00f3 este testimonio en la biograf\u00eda de Ian Hamilton: \u201cConoc\u00ed a Jerry Salinger en una fiesta ofrecida a, o por, su editor ingl\u00e9s. Hab\u00eda o\u00eddo hablar de \u00e9l, y me hab\u00eda gustado el libro, pero no estaba preparada para el extraordinario impacto de su presencia f\u00edsica. Ten\u00eda una especie de halo oscuro. Iba vestido de negro; su cabello era negro, sus ojos oscuros, y era, por supuesto, sumamente alto. Yo qued\u00e9 como hechizada\u201d. Por lo poco que se sabe de su vida mantuvo ese im\u00e1n en el trato personal con las mujeres. Otra cosa bien distinta es la multiplicaci\u00f3n p\u00fablica que arrastra la fama y la curiosidad de sus lectores. Las fotograf\u00edas, espejo directo y r\u00e1pido, empezaron a hacerse especialmente antip\u00e1ticas al escritor. A poco de salir <em>El guardi\u00e1n entre el centeno<\/em> escribi\u00f3: \u201cEl hecho es que me siento tremendamente aliviado de que haya acabado para <em>The Catcher in the Rye<\/em> la temporada de \u00e9xito. La disfrut\u00e9 brevemente, pero en su mayor parte me pareci\u00f3 un barullo, y profesional y personalmente descorazonante. Digamos que me estoy poniendo absolutamente enfermo de tropezar con esa fotograf\u00eda ampliada de mi rostro en la parte posterior de la sobrecubierta satinada del libro\u201d.<br \/>\n<a href=\"http:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/voc-migration\/endpointsite\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2018\/05\/Salinger-II.jpg\"><img loading=\"lazy\" src=\"\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/voc-migration\/endpointsite\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2018\/05\/Salinger-II-300x207.jpg\" alt=\"salinger-ii\" width=\"300\" height=\"207\" class=\"alignnone size-medium wp-image-465\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2018\/05\/Salinger-II-300x207.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2018\/05\/Salinger-II.jpg 560w\" sizes=\"(max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a><br \/>\nPara su desgracia, el barullo de su primera y \u00fanica novela nunca acab\u00f3, y no dej\u00f3 de crecer y crecer. No encontr\u00f3 otra soluci\u00f3n que aislarse, buscar un lugar en que pudiera seguir haciendo lo que m\u00e1s le gustaba, escribir, y nada m\u00e1s. Sin curiosos, sin periodistas, sin fot\u00f3grafos. Su hija Peggy recoge en <em>El guardi\u00e1n de los sue\u00f1os<\/em> el testimonio de Doris, la hermana del escritor, cuando en el oto\u00f1o de 1952 emprendieron la b\u00fasqueda de una nueva residencia. Tras vagabundear por la costa sin el dinero suficiente para las casas de la zona, acabaron encontrado en Cornish, a 300 kil\u00f3metros de Nueva York, una vieja edificaci\u00f3n rodeada de prados y bosques, con los vecinos recluidos y lejanos en sus granjas. \u201cEso no era una casa, Peggy, era un desastre\u201d, recordaba Doris. El d\u00eda de A\u00f1o Nuevo de 1953 Salinger se mudaba all\u00ed. Se cas\u00f3 con su novia Claire, fund\u00f3 una familia, tuvo dos hijos, se divorci\u00f3, prob\u00f3 otras parejas. Vivi\u00f3 entre alegr\u00edas, dificultades, disgustos. Viaj\u00f3 y volvi\u00f3 a casa, busc\u00f3 esperanza en la religi\u00f3n, en la cultura oriental. Una vida como tantas si no fuera porque su rostro estaba en la trasera de un libro del que se vend\u00edan cada a\u00f1o cientos de miles de ejemplares.<br \/>\n<a href=\"http:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/voc-migration\/endpointsite\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2018\/05\/el-guardian.jpg\"><img loading=\"lazy\" src=\"\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/voc-migration\/endpointsite\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2018\/05\/el-guardian.jpg\" alt=\"el-guardian\" width=\"172\" height=\"294\" class=\"alignnone size-full wp-image-466\" \/><\/a><br \/>\nEl libro funciona precisamente como una proclama del rechazo del autor a la sociedad que no le va a dejar aislarse. Su protagonista, Holden Caulfield, al tiempo que se abre en canal para mostrar sus debilidades de adolescente, va dejando entre l\u00edneas el retrato de la sociedad que le espera para engullirle, una sociedad ramplona, vulgar, cursi, hip\u00f3crita. Chispazos continuos que hieren sin cesar al joven: el horror de la Navidad en Radio City con el grupo de baile de Las Rockettes; su profesor de literatura obligado a re\u00edr los p\u00e9simos chistes del director del colegio; el ex alumno que vuelve a su habitaci\u00f3n en busca de las iniciales que dej\u00f3 grabadas en la ducha, mientras no deja de recomendarle que \u201caprenda todo los que pueda\u201d\u2026, v\u00f3mitos que se cierran sobre su futuro: \u201cYo estar\u00e9 en mi oficina ganando un mont\u00f3n de pasta (\u2026) y me pasar\u00e9 el d\u00eda entero leyendo el peri\u00f3dico, y jugando al bridge, y yendo al cine, y viendo un mont\u00f3n de noticiarios est\u00fapidos y documentales y trailers. \u00a1Esos noticiarios del cine! \u00a1Dios m\u00edo! Siempre sacando carreras de caballos, y una t\u00eda muy elegante rompiendo una botella de champ\u00e1n en el casco de un barco, y un chimpanc\u00e9 en pantal\u00f3n corto montando en bicicleta\u201d. No y no. La alternativa, m\u00e1s all\u00e1 del pataleo adolescente, es la huida. Holden Caulfield dise\u00f1a el camino que el propio Salinger tomar\u00e1: \u201cViviremos en caba\u00f1as y sitios as\u00ed hasta que se nos acabe el dinero. Luego buscar\u00e9 trabajo en alguna parte y viviremos cerca de un r\u00edo. Nos casaremos y en el invierno yo cortar\u00e9 la le\u00f1a y todo eso\u201d. Incluso la familia que ronda por la cabeza desordenada de Caulfield no queda lejos de la que formar\u00e1 el propio Salinger en Cornish: \u201cSi lleg\u00e1bamos a tener hijos, los esconder\u00edamos en alguna parte, Comprar\u00edamos un mont\u00f3n de libros y les ense\u00f1ar\u00edamos a leer y escribir nosotros solos\u201d. Como anota Ian Hamilton, \u201csu biograf\u00eda en 1953 empieza a ser legible como una secuela de su novela\u201d.<br \/>\nDesde su refugio de Cornish Salinger dar\u00eda a la luz editorial tres libros m\u00e1s de historias breves y entrelazadas. En 1965 publica su \u00faltimo cuento en The New Yorker. Y echa el cierre. \u201cHay una paz maravillosa en no publicar. Es pac\u00edfico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasi\u00f3n de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo solo para m\u00ed mismo y mi propio placer\u201d, declara en una rara entrevista en 1974. Su vida podr\u00eda haberse desarrollado en ese aislamiento deseado por el autor. Un tipo con sus peculiaridades, adepto a la homeopat\u00eda, seguidor del budismo, luego de la Cienciolog\u00eda. Le gustaban las chicas j\u00f3venes, imantadas por sus libros. Y poco m\u00e1s, si no fuera porque esa sociedad que le disgustaba no le correspondi\u00f3 con el mismo trato de distante respeto. Su retiro se convirti\u00f3 en un bocado que muchos quisieron masticar. Periodistas a la caza de una rareza, bi\u00f3grafos que exprim\u00edan la correspondencia con amigos y editores, fot\u00f3grafos que a veces ten\u00edan la fortuna de capturar al viejo impotente. Editores que rastreaban sus primeros relatos, novelistas dispuestos a renovar el fil\u00f3n de Holden Caulfield. Salinger debi\u00f3 de pasar muchas horas en los despachos de sus abogados.<br \/>\nBien pensada, la vida acechada de Salinger desde su retiro hasta su muerte en 2010 es un anticipo condensado e invertido del uso de la privacidad en nuestra sociedad actual, atrapada contradictoriamente en la Red. Salinger quiso vivir hacia dentro, encerrarse en sus man\u00edas y disfrutar de la escritura. Los vientos que entonces le perturbaron son hoy un hurac\u00e1n generalizado. Las im\u00e1genes \u00edntimas se vuelcan inconscientemente en portales que las multiplican y devoran. La privacidad solo es entendible bajo una constante anotaci\u00f3n y vigilancia de sus hechos m\u00e1s insignificante. De cualquier sujeto hay memoria digital de sus gustos, de sus gastos, de sus filias y fobias. Nada hay inaccesible en el individuo, transparente en las pantallas multiplicadoras del Gran Hermano. Todo somos Salinger, pero al rev\u00e9s, sin su voluntad de marcar fronteras, sin la contrariedad infinita de su gesto irritado, en el que se percibe, mir\u00e1ndolo a los ojos, el desvar\u00edo que nos envuelve poco a poco, sin darnos cuenta.<br \/>\n(publicado en <em>La sombra del cipr\u00e9s<\/em> el s\u00e1bado 12 de mayo de 2018)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En su fotograf\u00eda m\u00e1s difundida J. D. Salinger est\u00e1 enmarcado por la ventanilla de un coche, y golpea el cristal desde fuera con su pu\u00f1o. Detr\u00e1s de \u00e9l se ve a otro fot\u00f3grafo, c\u00e1mara en mano. 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