{"id":489,"date":"2018-09-12T08:59:55","date_gmt":"2018-09-12T08:59:55","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/?p=489"},"modified":"2018-09-12T08:59:55","modified_gmt":"2018-09-12T08:59:55","slug":"los-que-vienen-de-la-selva","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/2018\/09\/12\/los-que-vienen-de-la-selva\/","title":{"rendered":"Los que vienen de la selva"},"content":{"rendered":"<p>En los a\u00f1os en que vivi\u00f3 en Colombia, Jos\u00e9 Manuel Caballero Bonald hizo un viaje por el r\u00edo Magdalena en un viejo vapor de ruedas de paletas. En una escala en Barrancabermeja decidi\u00f3 pasar a la otra orilla del ancho r\u00edo, en la que no hab\u00eda pueblo alguno que le recibiera. Entre la espesura se abr\u00eda una senda por la que se intern\u00f3 con su mujer, \u201cy nos vimos repentinamente confinados entre las cuatro y siempre cuatro paredes de la selva\u201d. Una experiencia, recordada en un art\u00edculo en El Pa\u00eds en 2007, \u2018La selva o la vida\u2019, para la que fue dif\u00edcil encontrar un lenguaje a la altura de su intensidad: \u201cTodo reluc\u00eda, ol\u00eda, sonaba como si fueran anomal\u00edas generadas por la misma irrealidad de aquel rinc\u00f3n del mundo\u201d. De ese intento de registro escrito dejaba en el colof\u00f3n una ense\u00f1anza: \u201cDescubr\u00ed finalmente ese otro mapa del tesoro que solo puede encontrarse con la t\u00e9cnica de la imaginaci\u00f3n\u201d.<br \/>\nEse conf\u00edn, la selva inaccesible que nuestro endeble cuerpo no aguanta, el m\u00e1s all\u00e1 de la racionalidad civilizadora, puede someterse o esquivarse, seg\u00fan indica el poeta, con la t\u00e9cnica de la imaginaci\u00f3n. La ficci\u00f3n se hace cargo del territorio, lo habita, lo desenvuelve, lo acerca. Lo coloniza. \u00bfQu\u00e9 es si no la larga aventura de Tarz\u00e1n y sus ep\u00edgonos? Una reconstrucci\u00f3n del espacio salvaje con la contradicci\u00f3n de salvaguardar al tiempo su pureza. El hombre, el hombre blanco, penetra en lo que es ya un trampantojo y recuerda en \u00e9l su bondad originaria, prometida por una larga lista de autores, desde Montaigne hasta Rousseau. Tarz\u00e1n viaja desde nuestra civilizaci\u00f3n hacia el coraz\u00f3n del bosque, con animales transformados en mascotas y la espesura hecha parque.<br \/>\nUn viaje hacia la selva que la ficci\u00f3n ha recorrido tambi\u00e9n en sentido contrario, apoy\u00e1ndose en los rastros de seres que vivieron en la jungla y que un azar arroj\u00f3 fuera hasta encontrarse con sus supuestos semejantes. Ni\u00f1os amamantados por lobos, criados por osos, los casos nunca han dejado de gotear. V\u00edctor de Aveyron fue uno de ellos. Encontrado con diez a\u00f1os en los alrededores de una zona boscosa cerca de Toulouse, a cuatro patas y sin habla, qued\u00f3 en manos de un preceptor, Jean Itard, que anot\u00f3 cuidadosamente su proceso de adaptaci\u00f3n. De ah\u00ed arranca la ficci\u00f3n de Fran\u00e7ois Truffaut en \u2018El peque\u00f1o salvaje\u2019 (1970), una sobria descripci\u00f3n de los esfuerzos por ahormar a V\u00edctor en la sociedad de los humanos: verticalidad, lenguaje, escritura, juicio, e incluso \u201celevar al hombre salvaje a la altura del hombre moral\u201d. Es una historia de principios del XIX, cuando el siglo de las Luces cosechaba sus frutos ilustrados y el optimismo de la Raz\u00f3n quer\u00eda llenar los vac\u00edos de la incomunicaci\u00f3n, de la exclusi\u00f3n.<br \/>\nBien conoc\u00eda la exclusi\u00f3n Fran\u00e7ois Truffaut, salvado de correccionales por Andr\u00e9 Bazin y transformado en preceptor de su actor fetiche Jean-Pierre L\u00e9aud, al que dedica la pel\u00edcula. Tambi\u00e9n estaba en las cercan\u00edas de la frontera Werner Herzog, que por los mismos a\u00f1os fij\u00f3 su atenci\u00f3n en otro ser demediado que a principios del XIX irrumpi\u00f3 inexplicablemente en una peque\u00f1a villa alemana. La diferencia era que su jungla hab\u00eda sido el cuarto infranqueable donde permaneci\u00f3 encerrado hasta los veinte a\u00f1os. En \u2018El enigma de Gaspar Hauser\u2019 (1974) el director alem\u00e1n recorre con su abrupto estilo las etapas de la recuperaci\u00f3n social sobre el cuerpo del actor Bruno S., al que Herzog hab\u00eda rescatado del psiqui\u00e1trico. Los dos salvajes, V\u00edctor y Gaspar, tan pronto est\u00e1n en manos de los cient\u00edficos como son exhibidos ante la mirada de la gente. Un trayecto coincidente de ciencia y circo que tambi\u00e9n les une a Joseph Merrick, el ser deforme que David Lynch aloj\u00f3 en la ficci\u00f3n de \u2018El hombre elefante\u2019 (1980). Lo que viene de esa selva, exterior o interior, remota o s\u00f3tano de deformes, se encauza con domadores de bata blanca o de l\u00e1tigo en la arena. En el circo acab\u00f3 Buffalo Bill, otro que hab\u00eda cruzado la frontera. Y en esa escena profil\u00e1ctica reaparece sin cesar Tarz\u00e1n, lanzando su grito en el decorado de los estudios cinematogr\u00e1ficos, la \u00fanica selva que el hombre puede habitar.<br \/>\n(publicado en La sombra del cipr\u00e9s el 9 de junio de 2018)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En los a\u00f1os en que vivi\u00f3 en Colombia, Jos\u00e9 Manuel Caballero Bonald hizo un viaje por el r\u00edo Magdalena en un viejo vapor de ruedas de paletas. En una escala en Barrancabermeja decidi\u00f3 pasar a la otra orilla del ancho r\u00edo, en la que no hab\u00eda pueblo alguno que le recibiera. 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