{"id":559,"date":"2018-12-08T17:34:37","date_gmt":"2018-12-08T17:34:37","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/?p=559"},"modified":"2018-12-08T17:36:43","modified_gmt":"2018-12-08T17:36:43","slug":"variaciones-sobre-el-pasado-presente","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/2018\/12\/08\/variaciones-sobre-el-pasado-presente\/","title":{"rendered":"Variaciones sobre &#8220;El pasado presente&#8221;"},"content":{"rendered":"<p>El t\u00edtulo de la pel\u00edcula de Tito Montero, <em>El pasado presente<\/em>, trae inmediatamente a la memoria el verso inicial de los <em>Cuatro Cuartetos<\/em> de T. S. Eliot: <em>Time present and time past<\/em>. Con la pel\u00edcula ya vista y danzando en la cabeza, el poema de Eliot se afianza, extiende sus primeros versos como marco literario para la mirada. En la traducci\u00f3n de Jes\u00fas Placencia:<br \/>\n<em>Tiempo presente y tiempo pasado<br \/>\nEst\u00e1n ambos quiz\u00e1 presentes en el tiempo futuro,<br \/>\nY el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado.<br \/>\nSi todo tiempo es eternamente presente<br \/>\nTodo tiempo es irredimible.<br \/>\nLo que pod\u00eda haber sido es una abstracci\u00f3n<br \/>\nY permanece como posibilidad perpetua<br \/>\nS\u00f3lo en un mundo de especulaci\u00f3n.<br \/>\nLo que pod\u00eda haber sido y lo que ha sido<br \/>\nApuntan a un fin, que es siempre presente. <\/em><br \/>\nEl tiempo <em>eternamente presente<\/em> que se va conteniendo a s\u00ed mismo piramidalmente, ese es el tiempo de la pel\u00edcula. Un tiempo que va  creciendo sobre el que se cancela, un tiempo <em>irredimible<\/em>. En esa tensi\u00f3n cronol\u00f3gica, en ese cruce de pasado y presente irrumpe el primer plano de la pel\u00edcula: una vista general de una central t\u00e9rmica en pleno funcionamiento, sobre un fondo musical tradicional, <em>\u00a1Ai un gal\u00e1n d\u2019esta villa!<\/em><\/p>\n<p>*   *   *   *   *<\/p>\n<p>La pel\u00edcula insiste sin palabras en ese conflicto, en ese choque entre lo que fue y lo que est\u00e1 siendo, con la puerta abierta a la interrogaci\u00f3n de lo que ser\u00e1 Asturias. La vida rural conserva ciertos elementos distintivos \u2013ganado, forraje, cultivos, paisaje- que sobreviven con dificultad y sin posibilidad de herederos que los mantengan y renueven. Es una sociedad de mayores que contempla impotente la disoluci\u00f3n de su identidad: <em>Se pierden todas las tradiciones<\/em>. Los trabajos de la industria \u2013siderurgia, miner\u00eda- han dado paso a nuevas factor\u00edas en las que los brazos de los obreros se ven sustituidos por zarpas maquinales. El car\u00e1cter combativo y solidario de las Cuencas mineras ha desaparecido, fragmentado en individuos de vida precaria y vol\u00e1til. Del pasado queda, como una carcasa de restos sin vida, la tumba de Manuel Llaneza \u2013y la tumba de Carlos Marx- ante la que se canta <em>La internacional<\/em> con pu\u00f1os en alto que no miran al cielo del futuro<br \/>\n.<br \/>\n *   *   *   *   *<\/p>\n<p><em>La aldea perdida<\/em>, la novela que public\u00f3 Armando Palacio Vald\u00e9s en 1903 est\u00e1 en la inspiraci\u00f3n inicial de la pel\u00edcula. El mundo que arma el escritor est\u00e1 tambi\u00e9n sacudido por la inminencia del cambio. Llegan a sus p\u00e1ginas cogidas del brazo la miner\u00eda y la industria, avanzan Nal\u00f3n arriba y pronto invadir\u00e1n su Arcadia de Entralgo. Pero hay un problema que invalida el paralelismo con los choques de dial\u00e9ctica casi hegeliana que exhibe la pel\u00edcula: esa Arcadia natal de Palacio Vald\u00e9s nunca existi\u00f3. Basta con recordar c\u00f3mo la describe el capit\u00e1n don F\u00e9lix a su vecino de Villoria don C\u00e9sar de las Matas de Arb\u00edn:<br \/>\n<em>Hasta ahora hemos vivido a gusto en este valle sin minas, sin humo de chimeneas ni estruendo de maquinaria. La vega nos ha dado ma\u00edz suficiente para comer borona todo el a\u00f1o, jud\u00edas bien sabrosas, patatas y legumbres, no s\u00f3lo para alimentarnos nosotros, sino para criar esos cerdos que arrastran el vientre por el suelo de puro gordos. El ganado nos da leche y manteca y carne si la necesitamos.<\/em><br \/>\nBien es cierto que enfrente de esas voces satisfechas se oye en la novela la del joven Antero,  de signo cr\u00edtico, a quien pertenece la cita que cierra la pel\u00edcula de Tito Montero:<br \/>\n<em>Dentro de pocos meses oir\u00e9is resonar por estas monta\u00f1as el agudo silbido de la locomotora. Es la voz del vapor que nos llama a la civilizaci\u00f3n.<\/em><br \/>\nPero la confrontaci\u00f3n entre ambas posturas no dibuja esos bordes mutuamente invasivos del tiempo de T. S. Eliot, ese futuro contenido en el tiempo pasado. Por el contrario, el cuadro est\u00e1tico y feliz de la vida rural bien alimentada colisiona con violencia inevitable, y balance desequilibrado, con la industria que irrumpe y destruye la Arcadia. Por eso la novela se cierra con el grito de alarma del hidalgo Cesar de las Matas de Arb\u00edn:<br \/>\n<em>Dec\u00eds que ahora comienza la civilizaci\u00f3n\u2026 Pues bien, yo os digo\u2026, \u00a1o\u00eddlo bien!&#8230;, \u00a1yo os digo que ahora comienza la barbarie!&#8230;<\/em><\/p>\n<p>*   *   *   *   *<\/p>\n<p><em>El pasado presente<\/em> se construye con largos planos casi siempre est\u00e1ticos, generales, distantes. La imagen debe valerse por s\u00ed misma, sin voz que la dirija ni \u00e9nfasis que la aumente. El tiempo de duraci\u00f3n del plano es el que impone la observaci\u00f3n, y no el del montaje r\u00edtmico ni el de la disecci\u00f3n espacial. Bebe de un uso ic\u00f3nico antiguo, primordial, que en su rastreo alcanza casi las inmediaciones virginales de los Lumi\u00e8re, pasando por el moj\u00f3n indispensable de los sovi\u00e9ticos, con el cine-ojo de Dziga Vertov en primer t\u00e9rmino, aunque su confianza en la imagen necesitaba de un montaje que la articulase y disolviese en un fraseo distinto; o el de Jean Vigo en <em>\u00c0 propos de Nice<\/em>; o el de Jos\u00e9 Luis Guerin en <em>En construcci\u00f3n<\/em>. Planos desnudos, suspendidos ante la mirada. Las im\u00e1genes frontales de las escenas rurales rascan en la memoria las de <em>Vida vaquera<\/em> de Ram\u00f3n Llu\u00eds Bande, que ratifica su influencia desde la producci\u00f3n ejecutiva de la pel\u00edcula de Tito Montero. La mirada de este no alcanza la radicalidad de la de Bande: permite leves panor\u00e1micas, alguna alternancia de mirada en el interior de un plano. Pero la filosof\u00eda expositiva es la misma: mostrar, observar con tiempo y paciencia.<\/p>\n<p>*   *   *   *   *<\/p>\n<p>El espectador exigido por este tipo de obras diverge del habitual del espect\u00e1culo, mecido por ritmos y m\u00fasicas, por explicaciones y acciones embriagadoras. La c\u00e1mara de Montero impone la atenci\u00f3n larga y minuciosa, el desenganche narrativo, la ausencia de voz expl\u00edcita. Para su organizaci\u00f3n valdr\u00eda la sentencia de Javier Mar\u00edas en <em>Berta Isla<\/em>, la novela que tanto beb\u00eda del \u00faltimo de los <em>Cuatro Cuartetos<\/em> de T. S. Eliot: <em>Para qu\u00e9 a\u00f1adir un relato a lo que simplemente sucede<\/em>. Dise\u00f1a un espectador distanciado, casi a la manera brechtiana; o al menos reflexivo, pensativo, necesariamente atento. Un espectador activo en el intelecto, obligado a construir la pel\u00edcula, su pel\u00edcula, con los materiales que la pantalla va entregando.<\/p>\n<p>*   *   *   *   *<\/p>\n<p>El cr\u00edtico y escritor No\u00ebl Burch, una voz influyente del pasado, llega hasta el presente de la pel\u00edcula de Tito Montero para ofrecer un marco donde encajarla, donde clasificarla sin ahogarla. En su libro <em>El tragaluz del infinito<\/em>, publicado en Espa\u00f1a en 1987, dise\u00f1a y establece el <em>Modo de Representaci\u00f3n Primitivo<\/em>, rastreado en las producciones de las primeras d\u00e9cadas del cine. Ser\u00eda el divergente, m\u00e1s que el antecesor, del dominante <em>Modo de Representaci\u00f3n Institucional<\/em>. De aqu\u00e9l, el Primitivo, da unos rasgos generales que toman cuerpo y forma en <em>El pasado presente<\/em>: autarqu\u00eda del cuadro, posici\u00f3n horizontal y frontal de la c\u00e1mara, conservaci\u00f3n del cuadro de conjunto, planificaci\u00f3n centr\u00edfuga, corte en seco, encuadre ac\u00e9ntrico. Tal vez esta \u00faltima caracter\u00edstica resalte especialmente en la obra de Montero. Sus planos carecen de la organizaci\u00f3n espacial que dirija la mirada para agotarlos, para rentabilizarlos en una narraci\u00f3n que los absorba. Por el contrario, se extienden por el infinito de la pantalla, se recorren en su tiempo dilatado por los muchos detalles que los pueblan, dejan o\u00edr sus ruidos de ambiente, niegan la jerarqu\u00eda de sus integrantes ni su encauzamiento unidireccional.<\/p>\n<p>*   *   *   *   *<\/p>\n<p>Ese sabor primitivo est\u00e1 tambi\u00e9n en la metapel\u00edcula que recorre<em> El pasado presente<\/em>, en el rodaje que se incrusta dentro de ella. La cineasta asturiana Elisa Cepedal aparece en los trabajos de su primer largometraje, un oficio que la ha sacado de su pueblo, Barredos, a Londres, en busca del futuro dif\u00edcil de alcanzar en el presente bloqueado de las Cuencas mineras. Su rodaje repite una salida de obreros de una f\u00e1brica semejante en formas laborales a la que recogieron los hermanos Lumi\u00e8re en Lyon, en 1895. Los obreros salen distra\u00eddamente otra vez, un acto que se repliega sobre s\u00ed mismo, que sucede. Pero el cambio de fecha, y de lugar, es el que da relieve y sentido a la repetici\u00f3n. Los pozos mineros se han clausurado definitivamente en el a\u00f1o de esta pel\u00edcula, no hay mineros que sean actuales y verdaderos, el cine puede organizar la mentira, y la c\u00e1mara que vigila a la c\u00e1mara establece la denuncia.<\/p>\n<p>*   *   *   *   *<\/p>\n<p>La ausencia de clausura es otro rasgo que anotaba No\u00ebl Burch para su Modo de Representaci\u00f3n Primitivo.<em> El pasado presente<\/em> no tiene flecha de avance, carece de cauce de desenvolvimiento hacia un desenlace. <em>Todo tiempo es irredimible<\/em>. Es una pel\u00edcula horizontal, en el horizonte del presente, con una panoplia de situaciones que extiende como un abanico ilustrado en cada una de sus l\u00e1minas. En las \u00faltimas la c\u00e1mara baja desde las cumbres nevadas y el bosque oscuro del invierno hacia la mancha de hormig\u00f3n de la l\u00ednea de Alta Velocidad Le\u00f3n-Asturias, inerte y detenida entre el piar de p\u00e1jaros. \u00bfEs ese el futuro, <em>la voz del vapor que nos llama a la civilizaci\u00f3n<\/em>? La respuesta y la reflexi\u00f3n quedan en manos del espectador, pero por una vez Montero pone un acento: el plano final est\u00e1 rodado dentro de un t\u00fanel, y al fondo se ve una salida angosta, oblicua a la direcci\u00f3n de la mirada, con lo que la di\u00e1fana semicircunferencia de salida se ha convertido en un amenazador ovoide que no equilibra ni consuela de la enormidad oscura de sus paredes met\u00e1licas. <em>Dentro de pocos meses<\/em>\u2026 insiste la cita de Armando Palacio Vald\u00e9s. Pero el presente es un t\u00fanel de dif\u00edcil salida.<\/p>\n<p>(publicado en El Cuaderno digital el 21 de noviembre de 2018)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El t\u00edtulo de la pel\u00edcula de Tito Montero, El pasado presente, trae inmediatamente a la memoria el verso inicial de los Cuatro Cuartetos de T. S. Eliot: Time present and time past. 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