{"id":627,"date":"2019-09-11T06:55:50","date_gmt":"2019-09-11T06:55:50","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/?p=627"},"modified":"2019-09-11T06:58:11","modified_gmt":"2019-09-11T06:58:11","slug":"de-la-libertad-fabuladora","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/2019\/09\/11\/de-la-libertad-fabuladora\/","title":{"rendered":"De la libertad fabuladora"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2019\/09\/\u00c9rase-una-vez-en-Hollywood-1.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-629\" src=\"https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/131\/2019\/09\/\u00c9rase-una-vez-en-Hollywood-1.jpg\" alt=\"erase-una-vez-en-hollywood\" width=\"189\" height=\"267\" \/><\/a><br \/>\nAl cine le gusta mirarse en el espejo. Tal vez se deba a que la regla m\u00e1s aceptada de su narrativa le proh\u00edba mostrarse, dejar rastros en la pantalla de su elaboraci\u00f3n, de su rodaje. Lo que hace posible la producci\u00f3n de im\u00e1genes en movimiento \u2013c\u00e1mara, focos, micr\u00f3fonos, gr\u00faas, cualquier utillaje t\u00e9cnico o humano- o su exhibici\u00f3n p\u00fablica \u2013el proyector ubicado a nuestras espaldas- debe desaparecer del producto final. El cine es transparente respecto a s\u00ed mismo, invisible, salvo cuando se elige como tema argumental. Y lo ha hecho con abundancia y variedad desde sus comienzos: los experimentos y metamorfosis de Georges M\u00e9li\u00e8s; las profundidades suprahumor\u00edsticas de Buster Keaton en \u2018El cameraman\u2019, y sobre todo en \u00b4Sherlock Jr\u2019; la llegada del sonoro en \u2018Cantando bajo la lluvia\u2019; la voracidad del estudio hollywoodiense en \u2018Cautivos del mal\u2019 o en \u2018El \u00faltimo magnate\u2019; su capacidad metabiogr\u00e1fica en un arco que puede ir desde \u2018Vida en sombras\u2019 hasta la inmediata \u2018Dolor y gloria\u2019\u2026 Del espejo en que el cine se refleja puede emanar el intenso amor de \u2018La noche americana\u2019 de Fran\u00e7ois Truffaut o de \u2018Le m\u00e9pris\u2019 de Jean-Luc Godard, proveniente de la cinefilia mamada en \u2018Cahiers du cin\u00e9ma\u2019. O el despecho corrosivo de \u2018El crep\u00fasculo de los dioses\u2019 de Billy Wilder. La crisis creativa de \u20188 \u00bd\u2019 de Federico Fellini, las fronteras difusas de realidad y ficci\u00f3n en varias obras de Abbas Kiarostami\u2026 Im\u00e1genes que se multiplican en los espejos de Orson Welles, espejos que se colocan en los lugares m\u00e1s insospechados del plat\u00f3 o de la sala de exhibici\u00f3n, cine dentro del cine.<br \/>\nPero de esa panoplia abundant\u00edsima de autoenfoques ninguna se parece a la que ha construido Quentin Tarantino para su \u00faltima obra, \u2018\u00c9rase una vez en\u2026 Hollywood\u2019. Equidistante del fervor y del rechazo, del homenaje y del escarnio. Del glamour y de la sordidez. De la reconstrucci\u00f3n fiel y de la imaginaci\u00f3n vol\u00e1til. Tarantino se reinstala en el territorio de producciones sin renombre en que edific\u00f3 su formaci\u00f3n autodidacta, y del que no ha dejado de extraer ideas y materiales para su filmograf\u00eda. Elige el a\u00f1o de 1969, en el que probablemente comienzan sus recuerdos cin\u00e9filos (naci\u00f3 en 1963), y tambi\u00e9n fecha de un suceso sangriento ligado al cine, el asesinato en la casa de Roman Polanski de varias personas, entre las que se encontraba su esposa Sharon Tate. En esos pocos datos se agotan las certezas y comienza las sorpresas, tambi\u00e9n el desconcierto, tal vez la decepci\u00f3n en seguidores de un supuesto clich\u00e9 Tarantino (un director que explora sin cesar nuevos territorios, nuevas estrategias narrativas). Los protagonistas pertenecen a la franja gris de Hollywood, carecen del brillo hist\u00e9rico de las estrellas o el grosor humano del arrumbado, del perdedor. No hay grandeza ni ca\u00edda en el vaquero Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) ni en su asistente para escenas peligrosas Cliff Booth (Brad Pitt). Tienen ya unos a\u00f1os a sus espaldas, les cuesta renovar trabajos y salarios con los que mantener el tren de vida, pero en su limitado cerebro no se instala ninguna angustia existencial m\u00e1s all\u00e1 de unas lagrimillas infantiles del actor, ninguna pendiente autodestruciva con final en la locura o el suicidio que no sean unas vulgares borracheras en tugurios mexicanos de Los \u00c1ngeles. Rick Dalton y Cliff Booth, perfectamente ajustados por Leonardo DiCaprio y Brad Pitt, carecen de singularidad, de hondura. Ni intervienen en obras que merezca la pena rememorar, ni son capaces de decir nada interesante ni guiarnos hacia encrucijadas decisivas del Hollywood en el que se mueven y del que viven. Tampoco el resto de los convocados ofrecen brillo, aunque sean actores cuya fama no se ha extinguido: Sharon Tate es una chica tan guapa como trivial, encantada de verse a s\u00ed misma en pel\u00edculas tontas. Steve McQueen es un cotilla de verbo lento y torpe. Polanski, una sombra que pasaba por all\u00ed. La meca del cine, el Hollywood de mercaderes y vendedores, se nutre en las producciones por las que pasan el vaquero y su asistente de seres mediocres con verbo escaso y mirada que no va mucho m\u00e1s all\u00e1 del sitio donde tienen los pies. Las series de televisi\u00f3n son el principal pasatiempo de la mayor\u00eda. \u2018Mannix\u2019, \u2018Bonanza\u2019, \u2018FBI\u2019. Coches vistosos, casas horteras, comida r\u00e1pida frente al televisor, mascotas, piscinas, y poco m\u00e1s.<br \/>\n\u201cEppur si muove\u201d. Y sin embargo, \u2018Erase una vez en\u2026 Hollywood\u2019 se mueve, discurre, atrapa, funciona, se instala en la memoria, viaja por la pol\u00e9mica. No se estanca en sus divagaciones ni se ahoga en sus largas escenas. Dec\u00eda el cr\u00edtico Carlos Boyero que carec\u00eda de objetivo, que vagaba sin rumbo. Lo sabemos con certeza despu\u00e9s de que se nos niegue hasta el desenlace asegurado por la historia, el crimen ritual en la casa de Polanski. Si echamos una mirada atr\u00e1s en el cine de Tarantino, descubrimos muchos protagonistas de esa misma catadura f\u00edsica y mental, de esa m\u00ednima altura humana: los matones de \u2018Pulp Fiction\u2019, el traficante de armas de \u2018Jackie Brown\u2019, los pistoleros atrapados por la nieve en \u2018Los odiosos ocho\u2019, y por supuesto la banda que desayuna en la escena primera de su filmograf\u00eda, los hombres de apodo coloreado, traje negro y lengua sucia de \u2018Reservoir Dogs\u2019. Tarantino captura como nadie la vulgaridad de su pa\u00eds, la ausencia de horizontes, de p\u00e1tina cultural en el tipo medio, sea cazador de recompensas o actor de Hollywood. Y construye para ellos artefactos dram\u00e1ticos que pueden ir desde la exuberancia ling\u00fc\u00edstica de \u2018Los odiosos ocho\u2019 o \u2018Malditos bastardos\u2019 a la circularidad paralizante de \u2018Pulp Fiction\u2019, cuya escena inicial y final coinciden en el mismo instante, un instante marcado por las necesidades fisiol\u00f3gicas del mat\u00f3n encarnado por John Travolta. \u2018\u00c9rase una vez en\u2026 Hollywood\u2019 est\u00e1 impregnada por una soterrada defensa de la mediocridad, de la grisura; por un afecto hacia los que ni triunfan ni fracasan en un mundo tan extremado como el de los estudios de Los \u00c1ngeles; por una ternura desconocida para los propios protagonistas, como tambi\u00e9n les es ajena la fina iron\u00eda con que se les observa. El espejo se vuelve hacia ellos, y en cierta manera tambi\u00e9n hacia nosotros, depositarios de una mitolog\u00eda y una historia del cine que se resquebraja en la pantalla. A esas im\u00e1genes especulares Tarantino les aplica un plan subterr\u00e1neo extremadamente medido, una dramaturgia soterrada sobre interpretaciones muy matizadas, adem\u00e1s de la habitual y magn\u00edfica banda sonora. Consigue con ello prender nuestra atenci\u00f3n en ese vagabundeo sin plan, sorprendernos, desconcertarnos, para ir atornill\u00e1ndonos en el asiento hasta el final que no es final, tan lib\u00e9rrimo como la correcci\u00f3n a la Segunda Guerra Mundial que monta en \u2018Malditos bastardos\u2019, la inversi\u00f3n del western en \u2018Django\u2019, o la derrota de la virilidad en \u2018Death Proof\u2019. Su cine cambia la historia, ensalza la invisibilidad, saca petr\u00f3leo de los torpes. Una enmienda a la totalidad, a la ortodoxia, de este gran irreverente, que es capaz de remover hasta los t\u00edtulos de cr\u00e9dito con una propina publicitaria que se pierden los apresurados o los irritados, un colof\u00f3n tabaquista coherente con los cigarros que ah\u00faman sin cesar la proyecci\u00f3n.<\/p>\n<p>(Publicado en <em>El Cuaderno digital<\/em> en agosto de 2019)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Al cine le gusta mirarse en el espejo. Tal vez se deba a que la regla m\u00e1s aceptada de su narrativa le proh\u00edba mostrarse, dejar rastros en la pantalla de su elaboraci\u00f3n, de su rodaje. 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