{"id":661,"date":"2020-05-03T10:02:49","date_gmt":"2020-05-03T10:02:49","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/?p=661"},"modified":"2020-05-03T10:02:49","modified_gmt":"2020-05-03T10:02:49","slug":"grave-es-la-vida-alegre-es-el-arte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/2020\/05\/03\/grave-es-la-vida-alegre-es-el-arte\/","title":{"rendered":"Grave es la vida, alegre es el arte"},"content":{"rendered":"<p>Joseph Roth y Stefan Zweig aparecen juntos en una fotograf\u00eda de 1936 en lo que parece la terraza de un bar, frente a una mesa con copas de vino. Sonrientes los dos, tal vez algo achispados. En Ostende, donde se tom\u00f3 la instant\u00e1nea, compart\u00edan d\u00edas de verano con otros escritores centroeuropeos: Irmgard Keun, Ernst Toller, Arthur Koestler\u2026 Hace pocos a\u00f1os les volvi\u00f3 a dar vida, vida literaria, Volker Weidermann, en la novela titulada precisamente \u2018Ostende\u2019. Escritores centroeuropeos. Hoy es dif\u00edcil encajar esa etiqueta, situarla cultural o geogr\u00e1ficamente. Pero en los a\u00f1os de entreguerras del siglo pasado perviv\u00eda la influencia unificadora del imperio austroh\u00fangaro en sus figuras culturales. Stefan Zweig y Joseph Roth ten\u00edan tras s\u00ed una importante obra literaria cuando compadreaban en la fotograf\u00eda, olvid\u00e1ndose un poco de una Europa llena de trincheras para quienes detentaban or\u00edgenes jud\u00edos. \u201cAntes de 1914 la Tierra era de todos\u201d, escrib\u00eda Stefan Zweig en \u2018El mundo de ayer\u2019. Joseph Roth, que volaba de una ciudad a otra, pone en boca del teniente Franz Tunda, protagonista de su novela \u2018Fuga sin fin\u2019: \u201cSi pudiera, no s\u00e9 si ma\u00f1ana me ir\u00eda a Australia, Am\u00e9rica o China, o si volver\u00eda a Siberia. No tengo nada que perder. Ni soy valiente ni busco aventuras. Me dejo llevar por el viento y no tengo miedo a la ca\u00edda\u201d.<\/p>\n<p>El viento que movi\u00f3 a Joseph Roth vino en muchos casos de su actividad period\u00edstica, sobre todo en la d\u00e9cada de los veinte. Primero en Viena, luego en Berl\u00edn, y entre 1921 y 1932 como corresponsal por toda Europa del diario \u2018Frankfurter Zeitung\u2019, con colegas como Siegfried Kracauer, que lleg\u00f3 a ser su director, o Walter Benjamin. Muchas de las colaboraciones de Joseph Roth fueron, sorprendentemente, sobre cine: estrenos, noticias, consideraciones te\u00f3ricas, afortunadamente recolectadas en un peque\u00f1o volumen, \u2018De cine\u2019, editado hace un par de a\u00f1os por Casimiro libros.<\/p>\n<p>Esta recopilaci\u00f3n es una joya, y cada uno de sus art\u00edculos un peque\u00f1o prodigio. Cuando Roth dirige su mirada hacia el cine, este apenas cuenta con una d\u00e9cada de consistencia narrativa. Si todo estaba invent\u00e1ndose en la pantalla, qu\u00e9 podr\u00eda esperarse de una cr\u00edtica sin asiento ni referencias. Roth afronta con desparpajo y fina escritura el desaf\u00edo de mirar ese arte nuevo. Empezando por la recepci\u00f3n del p\u00fablico: \u201c\u00bfPor qu\u00e9 va la gente a ver una pel\u00edcula as\u00ed? \u00bfPor qu\u00e9 lloran por cosas inveros\u00edmiles?\u201d, se pregunta. La respuesta la recoge del portero de la sala: \u201cGrave es la vida, alegre es el arte\u201d. Hay un art\u00edculo delicioso en el que cuenta su llegada a una ciudad alemana \u201caislada del mundo\u201d. Pronto advierte que en los lugares p\u00fablicos la gente viste con distinci\u00f3n y que la juventud se comporta \u201ccon soltura y aplomo, con exquisita elegancia\u201d. En el cine del domingo por la tarde encuentra la respuesta al enigma. Los espectadores prestan una atenci\u00f3n extrema a la pantalla, aut\u00e9ntica ventana a un mundo exterior que refina sus modales, influye en su vestuario, modifica su mentalidad.<\/p>\n<p>Los art\u00edculos saltan por fechas y pa\u00edses pero nunca pierden la gracia de lo primigenio, de lo virginal. Incluso de estar por delante de su tiempo, belicista y amn\u00e9sico. En \u2018\u00a1Basta ya de pel\u00edculas b\u00e9licas!\u2019 opone la ficci\u00f3n burda con su recuerdo doloroso y abrasivo de la Gran Guerra: \u201cTodo est\u00e1 delante de nosotros, como sepultado en f\u00e9retros de cristal que no se abrir\u00e1n jam\u00e1s\u201d. Cuando llega el cine sonoro mantiene una posici\u00f3n totalmente alejada de los clich\u00e9s dominantes, que consideraban la palabra como el enemigo que restar\u00eda vitalidad y autonom\u00eda a la imagen. Todo lo contrario. La voz, \u201cm\u00e1s corp\u00f3rea que el cuerpo mismo del que emerge\u201d, rebaja a la imagen a su naturaleza de sombra, es esta la que debe correr tras el poder del sonido. Incluso a un evento period\u00edstico como el encuentro de Chaplin con Gandhi en 1931 le da un enfoque inesperado y cr\u00edtico: \u201c\u00bfPor qu\u00e9 diablos se sienten obligados a reunirse ante el mundo que los mira con los ojos abiertos como platos, en vez de hacerlo en la intimidad?\u201d.<\/p>\n<p>Una atenci\u00f3n tan exquisita hacia el cine merec\u00eda una respuesta en consonancia de este arte. Max Ophuls, otro centroeuropeo inolvidable, rod\u00f3 en 1948 con maestr\u00eda indudable \u2018Carta de una desconocida\u2019, breve novela de Stefan Zweig. Joseph Roth tard\u00f3 m\u00e1s en encontrar sitio en la pantalla. Fue con su \u00faltima novela, \u2018La leyenda del santo bebedor\u2019, un texto editado p\u00f3stumamente en el que Roth sedimenta el desvar\u00edo alcoh\u00f3lico que acab\u00f3 con \u00e9l. Ermanno Olmi se atrevi\u00f3 a filmarlo en 1988, con una sucesi\u00f3n vaporosa de secuencias parisinas en caf\u00e9s, prost\u00edbulos, hoteles y puentes sobre el Sena que acogen vagabundos, ba\u00f1ados en luz crepuscular y enjabonados con m\u00fasica de Stravinsky. Una borrachera desde dentro, en sus aromas m\u00e1s sabrosos e incorp\u00f3reos, cuando ya no cabe el arrepentimiento de la conciencia. Joseph Roth la hubiera aplaudido en su cr\u00edtica, y celebrado que pel\u00edcula y libro mueran en la misma frase, que pudo ser la \u00faltima que escribi\u00f3: \u201cConceda Dios a todos nosotros, bebedores, una muerte tan f\u00e1cil y bella\u201d.<\/p>\n<p>(publicado en <em>La sombra del cipr\u00e9s<\/em>, suplemento cultural de <em>El Norte de Castilla<\/em>, el viernes 24 de abril de 2020)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Joseph Roth y Stefan Zweig aparecen juntos en una fotograf\u00eda de 1936 en lo que parece la terraza de un bar, frente a una mesa con copas de vino. Sonrientes los dos, tal vez algo achispados. 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