{"id":889,"date":"2024-02-01T10:22:36","date_gmt":"2024-02-01T10:22:36","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/?p=889"},"modified":"2024-02-01T10:22:36","modified_gmt":"2024-02-01T10:22:36","slug":"el-cielo-cada-manana","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/hoyempiezatodo\/2024\/02\/01\/el-cielo-cada-manana\/","title":{"rendered":"El cielo cada ma\u00f1ana"},"content":{"rendered":"<p>Wim Wenders llevaba d\u00e9cadas perdido en la niebla de la mediocridad y el olvido. Segu\u00eda haciendo cine, alternando ficci\u00f3n con documentales. Pero nunca logr\u00e1bamos recuperar el aroma de aquel cineasta que nos deslumbr\u00f3 hace cincuenta a\u00f1os con <em>Alicia en las ciudades<\/em> o <em>En el curso del tiempo<\/em>, con aquellos personajes que deambulaban de ciudad en ciudad, dej\u00e1ndose llevar por una existencia err\u00e1tica a la que se anudaban con la hondura de la amistad o del amor. A\u00f1adamos su sabidur\u00eda para propagar la rareza de Patricia Highsmith en <em>El amigo americano<\/em>. Nimbado de gloria, se fue a Hollywood a finales de los setenta atra\u00eddo por los proyectos de Coppola, y perdi\u00f3 para siempre su sabor y su diferencia. Aunque <em>Par\u00eds, Texas<\/em> sea una obra muy apreciable. Y en su vuelta a Alemania fuera capaz de componer aquella ternura metaf\u00edsica de <em>El cielo sobre Berl\u00edn<\/em>. Pero se entrometieron muchos estrenos que la memoria se niega a albergar. Al menos en el campo documental dej\u00f3 dos joyas, hijas directas de su capacidad para o\u00edr m\u00fasica y envolverla en la sociedad que la produce: el son cubano de <em>Buena Vista Social Club<\/em>, y las ra\u00edces del blues en <em>El alma de un hombre<\/em>. Y de repente, a sus 78 a\u00f1os, nos sorprende con esta f\u00e1bula japonesa, con esta haza\u00f1a sobre lo cotidiano. <em>Perfect Days<\/em> es su t\u00edtulo, robado a Lou Reed (hay m\u00e1s robos: Hirayama, el nombre del protagonista, lo es tambi\u00e9n del de <em>Cuentos de Tokio<\/em>, la obra maestra de Yasujiro Ozu).<\/p>\n<p>Reducir la vida de su protagonista a sus rutinas dom\u00e9sticas y profesionales, a su soledad. Y por el contrario negar o esconder el nudo dram\u00e1tico, la lucha de contrarios que obliga y supone la narraci\u00f3n. Esa es, en casi toda su extensi\u00f3n y concepci\u00f3n, la apuesta de <em>Perfect Days<\/em>. Dispone para ello de una c\u00e1mara minuciosa, atenta a cada peque\u00f1o detalle, a cada objeto que manipula el protagonista. Y una estructura que se encabalga en la repetici\u00f3n y sus variaciones. Hirayama es un hombre de mediana edad que vive solo y trabaja en la limpieza de los servicios p\u00fablicos de Tokio. Cada d\u00eda es igual al anterior y al siguiente: minuciosidad y exigencia de sus tareas en alternancia con su tiempo ocioso de alimentaci\u00f3n y descanso. Una puesta en escena rigurosa y mat\u00e9rica, que tal vez enganche al espectador por su mezcla de fragilidad y determinaci\u00f3n. Un espectador que se ve inmerso en un doble desaf\u00edo: \u00bfLograr\u00e1 alg\u00fan agente externo o alguna quiebra interna doblegar esa disciplina de samur\u00e1i sin gloria? \u00bfEs esto la pel\u00edcula, toda la pel\u00edcula, en sus dos horas de duraci\u00f3n?<\/p>\n<p><em>Jeanne Dielman, 23, quai du Commerce, 1080 Bruxelles<\/em>, aquella rareza de Chantal Akerman de 1975 que encabez\u00f3 una lista de prestigio hace un a\u00f1o, podr\u00eda tener un planteamiento parecido: m\u00e1s extremo, m\u00e1s seco, m\u00e1s repetitivo de las rutinas dom\u00e9sticas de una mujer. Sin gui\u00f1os ni sonrisas. Su rigor sin fisuras no ofrec\u00eda m\u00e1s salidas que la explosi\u00f3n final de la angustia, explosi\u00f3n concentrada en el largo y sangriento plano final. <em>Perfect Days<\/em> renuncia a esa c\u00e1rcel y se abre a los peque\u00f1os sentimientos, a las fallas de su personaje. A los reto\u00f1os de arce rojo que rescata y cuida. Al aguante con su compa\u00f1ero de trabajo, torpe y enamorado. A la chica conmovida por el casete de Patti Smith. A los brotes de camarader\u00eda con el camarero de su copa diaria, con los compa\u00f1eros de la sala de ba\u00f1os. Con la pel\u00edcula avanzada y solidificada, una hendidura mayor irrumpe tras la familia de Hirayama y la sospecha de un pasado lujoso. Pero pronto volvemos a los peque\u00f1os accidentes diarios: un enfermo de c\u00e1ncer terminal con el que r\u00ede jugando con sus sombras, el amigo desconocido con el que intercambia mensajes ocultos tras un azulejo. Tal vez a\u00f1or\u00e1ramos una estructura m\u00e1s desnuda, sin esas sonrisas y gui\u00f1os. Pero son la sal que permite mantener el chirrido de la narraci\u00f3n. Poca sal, en cualquier caso, poco descentramiento. El centro sigue siendo esa vida estricta que encuentra la plenitud en los peque\u00f1os detalles del trabajo bien hecho. Una vida de aceptaci\u00f3n estoica, desnuda. Ni plenamente oriental a la manera misteriosa de Ozu, ni rendida a la narrativa cl\u00e1sica occidental que precisa de la herida, del conflicto. Aqu\u00ed el conflicto es su ausencia o su destierro, con la progresi\u00f3n dram\u00e1tica sustituida por el empe\u00f1o en cada rasgo y detalle, cuanto m\u00e1s banal mejor. Los d\u00edas perfectos son los que se escurren en su propia inanidad, los que se repiten entre la escoba que barre la acera y despierta a Hirayama y la lectura silenciosa que le conduce a su sue\u00f1o en blanco y negro.<\/p>\n<p>La grandeza con la que Hirayama debe seducir al espectador proviene, parad\u00f3jicamente, de la libertad que alcanza con su vida programada. \u00c9l gobierna sin intromisiones sus decisiones y su destino. \u00c9l organiza el tiempo y sus detalles, pegado a la materialidad de su trabajo y de su organizaci\u00f3n dom\u00e9stica. Una vida de pureza anal\u00f3gica que comienza por su oficio de limpiador: manos \u00e1giles, cuerpo flexible, sacos, bayetas, espejos para llegar a la suciedad oculta. Su casa es un espacio reducido de uso m\u00faltiple, a la japonesa, donde cabe el bot\u00e1nico de los reto\u00f1os de arce y los rituales del despertar, antes de mirar al cielo desde la puerta de la calle. El cielo de Confucio y el <em>hombre arrojado<\/em> de Heidegger. El gui\u00f1o anal\u00f3gico se prolonga en la m\u00fasica gozosa que desde los casetes endulzan sus viajes laborales por Tokio, en los libros de segunda mano que adquiere con la complicidad de la librera, en la fotograf\u00eda diaria de la luz entre los \u00e1rboles \u2013al fondo <em>Smoke<\/em>, con Harvey Keitel repitiendo cada ma\u00f1ana el encuadre- que luego debe aguardar el revelado del carrete. Hay tel\u00e9fonos, pero solo los imprescindibles, nunca son smartphone. El mundo est\u00e1 al alcance de sus manos, de sus piernas cuando monta en bicicleta. Su mente y su cuerpo son la totalidad de su ser, sin influencias exteriores que no sean la m\u00fasica que elige, las novelas que lee, el calendario que se fija. M\u00e1s las sorpresas del azar y el reflujo del tiempo pasado. Pero ning\u00fan algoritmo digital condiciona a Hirayama ni almacena sus decisiones, ninguna pantalla se interpone en su observaci\u00f3n ni rompe su \u00e1mbito presencial. El rigor anal\u00f3gico de su vida tiene entonces ese premio sorprendente y a\u00f1adido de la libertad, la libertad que carga su sonrisa hasta saturar el plano final.<\/p>\n<p>(Publicado en <em>El Cuaderno digital<\/em> el 1 de febrero de 2024)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Wim Wenders llevaba d\u00e9cadas perdido en la niebla de la mediocridad y el olvido. Segu\u00eda haciendo cine, alternando ficci\u00f3n con documentales. 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