Sostienen quienes tienen don de la oportunidad que cuando un partido político se desploma es el momento de afiliarse, que ya vendrán mejores tiempos y hay que subirse al tren cuanto antes. Con esa teoría, las sedes del PSOE deben de estar llenas de gente a la espera de obtener su carné, ese que le puede dar derecho a una expectativa: la de volver a tocar poder, quien sabe si más pronto que tarde.
Estos y otros argumentarios jalonan los días posteriores a unas elecciones que, como siempre, nos aventuramos en calificar de históricas. Que si la de 1977 fueron las primeras de la democracia, pues históricas son; que si las de 1979 tuvieron gran valor porque la gente ya empezaba a conocer qué era eso de votar, pues también históricas. Y qué me dicen de las de 1982, las de Felipe y su cambio: pues superhistóricas por la vuelta de la izquierda al poder después de decenios. Las de 1986 y 1989, cuán históricas por la normalización de ver consolidarse a los socialistas en el poder, ya sin esos cuernos y ese rabo que tanto les afeaba. En las de 1993 fue histórico que ganara de nuevo el PSOE con la que tenía encima de crisis y corrupción e histórica –más bien histérica– fue la cara de Aznar que se veía ganador y las palabras de Arenas, que nunca olvidaré, insinuando que aquello no había sido limpio, que era imposible el error del pueblo español. Es lo que decía mi abuela que cómo pueden ganar los socialistas si no conocía a nadie que les votara. Algo les pasaba, fácil de deducir: que mi abuela y Arenas no salían de sus cortijos sociológicos.
Llegaron las de 1996 y, de nuevo, históricas, con la vuelta de la derecha al poder. Y las de 2000, la, por supuesto histórica, mayoría absoluta del PP. Las elecciones de 2004, ya saben que fueron históricas por la situación singular y repugnante de los atentados terroristas y los comicios de 2008, por la igualdad histórica entre los dos grandes partidos. Todo para desembocar en estas últimas, las de la crisis histórica y sin parangón.
Ya ven que todos los caminos conducen a lo de histórica, ese epíteto que nos empeñamos en manosear hasta convertirlo en un tópico antipático, tedioso y, si me apuran, algo repulsivo. Que histórico es todo lo que vivimos como colectivo y de forma individual y ya vendrán tiempos, actitudes y sucesos que vuelvan a poner en nuestras bocas el sobado calificativo.
Decía que era el momento de afiliarse al hundido PSOE y que había razones y argumentos para todos los gustos. El del militante que me contaba que el resurgir de los socialistas será cuando pase el tiempo y Rajoy no logre arreglar la papeleta –menuda papeleta– que tiene en sus manos; entonces regresarán con sus estandartes, que dijo en Segovia elGran Wyoming al referirse al PP, aunque estos serán los del progresismo y las libertades perdidas; asegurarán que nos han detraido derechos para no solucionarnos nada. Pero, con prudencia, el militante me contaba que ojalá esto no ocurra y Rajoy pueda resolver o aliviar la delicada situación, aunque eso suponga que los suyos, los socialistas, alarguen su travesía por el desierto ingrato de la oposición.
Sensatez de este afiliado de viejo, como la que aparenta Rajoy, que así lo asegura mi amigo Fernando Marcos, el vendedor de cupones de la Once que tan feliz hizo a muchos con su premio de ya hace casi cuatro años. Su humor con sus problemas de vista es digno de enseñarse en los colegios, que si todos nos tomáramos la vida así ni la más injusta de las desgracias podría desmoralizarnos.
Analizamos lo ocurrido el 20-N, pero con la vista puesta en lo que está por venir. Asomados al abismo tratamos de agarrarnos y de arrepentirnos de nuestros pecados, de la codicia de los años locos y de haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Son diálogos para después de las urnas, algunos con la enjundia de la inocencia, como el que mantuve con mi hija Candela, de nueve años, quien defendió el derecho a casarse de los homosexuales. «Son raros pero tienen derecho, como todos», me dijo ante mi asombro por el asunto del que se le ocurrió hablar al preguntarle si conocía el triunfo del PP. Al menos no espetó que era histórico.