Conozco políticos a quienes lo que más les gusta de su sospechoso oficio son las intrigas previas al nombramiento de candidatos o los enredos posteriores para la designación de cargos. Casos, en estos años, he visto muchos y variados, que en la política es indiferente el momento, el lugar y las personas para que exista una similitud de situaciones porque casi todos están cortados por el mismo patrón, tanto en el lenguaje como en la actitud. A los periodistas nos sucede lo mismo, que no seré yo quien me mire al ombligo y no vea que tenemos nuestros comportamientos tópicos y, por supuesto, nuestros defectos que, a veces, se convierten en miserias.
Pero confieso que estas situaciones de maquinación son entretenidas. Nos seduce, a políticos y a periodistas, que somos como una familia trapisonda, liantes por naturaleza. El último capítulo de tan dilatada novela de los tiempos democráticos lo protagoniza el nombramiento de subdelegado (o subdelegada) del Gobierno en Segovia. Es un caso más y, en esta ocasión, seguido sin pasión desde las sedes de los partidos y desde los medios de comunicación. Que con los problemas que tenemos es irrelevante, una anécdota en esta inquietud general, que en muchos torna en angustia. Vamos, que a quien le importa.
Sin embargo, y reconocida su intrascendencia para la mayoría de los mortales, voy a caer de nuevo en el vicio periodístico de entrar a este trapo y hacer quinielas con el consabido y muy probable riesgo de fallar. Pero no puedo aguantarme, que el vanidoso ‘orgullito’ profesional puede más que la razón. Que a alguien le importará, aunque sea solo a los interesados.
Y para ayudarme en esta tarea nadie mejor que quien ha de designar al agraciado: el nuevo delegado del Gobierno en Castilla y León, Ramiro Ruiz Medrano, que en su visita el miércoles a la ciudad para escenificar la recuperación de las joyas robadas a la Fuencisla dio pistas sobre quien podía ser su representante en esta tierra. «Su nombre empieza por ‘j’», aseguró entre risas en un corrillo de periodistas. Con el chascarrillo quiso dejar claro que nada iba a desvelar sobre el interfecto, salvo otros indicios expresados previamente de forma solemne como que ha de ser funcionarios del grupo A –del máximo nivel salarial, para entendernos–, algo ya sabido por preceptivo, o que deberán guardar lazos familiares o naturales con la provincia; esto último, que conozcan el paño, es novedoso, porque el PP tenía la costumbre de nombrar subdelegados sin relación con la tierra en la que van a trabajar.
Dadas las señales, hechas las marcas, ya solo queda apostar, sin dinero, de forma inocua como las abuelas cuando juegan al cinquillo. Por ‘j’, supongo que el nombre de pila, y del terruño. Vale. A cualquier periodista que se precie le salen dos bien colocados: José Carlos Monsalve, responsable de Cultura y Turismo de la Diputación y con una larga trayectoria política, y José María Sanz, exconcejal en Segovia y La Lastrilla y funcionario de la Junta. Ambos cumplen los requisitos de la inicial en su nombre y el de los lazos con la provincia y, sobre todo, son conscientes y así lo defienden que en política hay que estar donde te digan. Esa disciplina, impensable en otros oficios incluido el de la prensa, confiere a esta profesión una circulación de arriba hacia abajo, un intocable carácter jerárquico.
La solución a todo esto será esta semana para alivio de la subdelegada saliente, María Teresa Rodrigo Rojo, cuyo deseo es que la interinidad se acabe cuanto antes. Ya son más de dos meses desde que ganó Rajoy y aquí continúa en una historia interminable de eventualidad. Y todo ello con el ingrediente añadido de los últimos acontecimientos delictivos. Pero Mayte, con su aplomo, y la Policía, con su éxito en el esclarecimiento del robo en el Santuario de la patrona, han aplacado las voces que hablan de inseguridad percibida por los ciudadanos más allá de las cifras. En esto de las joyas la ‘j’ ha pasado de jorobados a jubilosos. Ya solo falta que se haga justicia y si acierto con el nombre prometo no jactarme, que también es con ‘j’.