Brotas derecha o torcida/ con esa humildad que cede/ solo a la ley de la vida/ que es vivir como se puede». Así hablaba Antonio Machado de la encina en uno de los numerosos poemas que se leyeron en el homenaje que cada 22 de febrero le tributa Segovia. En la humilde casa –como la encina a la que canta el poeta– en la que vivió durante más de una docena de años, hoy convertida en museo, decenas de personas recuerdan cada año, en el aniversario de su muerte, que habitó entre nosotros. El patio del inmueble de la calle Desamparados volvió a llenarse de emoción y de voces que se niegan a que a D. Antonio le ocurra lo que a la mayoría de los mortales: que caiga en el olvido después de, como la encina, ceder ante la ley de la vida.
Dos estudiantes norteamericanos y el profesor francés Jacques Issorel dieron a los versos del poeta un aire y un acento cosmopolita. Estudioso de lo machadiano, explicó en qué consiste su obra más reciente, ‘Último viaje, último verso de Antonio Machado’, una publicación en la que narra las tres semanas de febrero de 1939 que el poeta estuvo en Colliure, pueblo frances al que había llegado después de cruzar la frontera huyendo, como miles de personas, de la llegada de las tropas de Franco a Cataluña. El profesor articula el relato de los últimos días del poeta a través del testimonio de Jacques Baills, jefe de la estación de ferrocarril de la localidad francesa, un joven entonces de 27 años, que entabló relación con los Machado, que sufrieron y, como la encina, no les quedó más remedio que aplicar el vivir como se puede. El libro termina con unas páginas dedicadas al último verso del poeta: «Estos días azules/ y este sol de la infancia». Lo escribió en Colliure, donde su tumba es objeto de peregrinación.
La fría noche de febrero no puede con una actividad mágica en un lugar especial, en un rincón de Segovia que atrapa. Un sitio que tiene vida en buena parte gracias a la librería y a su librero, César Gutiérrez, un entusiasta del libro viejo y que posee miles de ejemplares. Pero, como sus libros que tanto quiere, César ya se ha hecho viejo en términos administrativos y cumple 65 años. La jubilación está ahí, como un derecho, claro, pero él se resiste y quiere seguir un lustro más. Sin embargo, los responsables de la casa-museo, la Academia de San Quirce, disienten. Y así, si antes no lo remedia alguien, César tomará su ligero equipaje, que decía el poeta, y hará un viaje a otra parte, dejando la casa –su casa, más que de nadie– huérfana y desguarnecida. El lugar perderá así parte de su hechizo, de su sabor, de su espíritu, de ese embrujo de lo viejo que te transporta a otra época, la que vivió como pudo Antonio Machado en la fría pensión segoviana.
Melancolía provoca esta situación, en una ciudad que tiene por bandera la cultura, unida al turismo. Dicen las estadísticas que el 90% de las miles de personas que visitan Segovia argumentan que vienen a ver el patrimonio histórico de la vieja ciudad y a participar en sus actos culturales, que jalonan con insistencia el calendario. Una de estas joyas y que está llamada a estar entre los grandes atractivos de la capital es la Casa de la Moneda, conjunto impresionante de edificios que contrasta con la humildad de la otra casa, la del poeta. Casa grande que, como la pequeña, tiene problemas, aunque materiales y no espirituales y que tiene también un gurú, Glenn Murray, que no vende libros pero que es igualmente insaciable en defensa de lo que siempre, desde hace ya un cuarto de siglo, ha considerado como su casa.
Incansable en su azote a los responsables de la Ceca y de su puesta en marcha, dice que aún falta la mitad del proyecto, que no es otro que vestir la casa. Cimientos y estructura, pero sin muebles; y después de diez millones de euros empleados, la casa pide más. «Dinero no gastado, dinero que no hace falta ganar» es precisamente una frase de Murray, su particular vivir como se puede. En eso nada ha cambiado desde el tiempo de Machado y de su negra encina campesina.