Toca hablar de lo propio, con su permiso. Puede parecer vanidad, pero no puedo resistirme a contarles la inauguración de la exposición de fotografías de El Norte de Castilla, que ya cuelga de las paredes de la Casa de los Picos. Ya les digo, no es por arrogancia, sino por la sensación que aún tengo en el cuerpo de haber vivido una buena tarde, de esas a las que los toreros apelan cuando luego vienen mal dadas. Lo decía Belmonte, «se torea como se es» y eso es lo que hacen cada día los fotógrafos del periódico y autores de las instantáneas de la muestra –Antonio de Torre, Antonio Tanarro y Javier Segovia–, que fotografían como son. Pudieron certificarlo las decenas de personas que compartieron con nosotros la apertura de la exposición en la noche del jueves: las fotos son lo que son sus autores y, por supuesto, sus protagonistas.
No cabía un alfiler y, desbordados pero con una amplia sonrisa mezcla de vanagloria y responsabilidad, quienes compartimos muchas horas en esta sacrosanta casa –que también es la de ustedes, lectores del diario–, nos retiramos calle Real arriba o abajo, que de todo hubo, con esa percepción que tienen los niños cuando se han salido con la suya, sea travesura o tontería lo que han hecho. Pues sí, con la nuestra nos salimos al obtener una convocatoria masiva y refrendar que, nos quieran o no o con más o menos intensidad, todos responden a una cuando hacemos una propuesta y, aún más, si esta es interesante. Y lo es –repito, no se trata de vanidad– porque la mixtura de información y arte que contiene cada imagen de la muestra es sugestiva y provoca un efecto llamada al que muchos, después de catorce ediciones de la exposición, no pueden sustraerse, afortunadamente para nosotros.
Pero retrocedamos en el tiempo. La noche anterior, esa que los artistas viven con inquietud –y disculpen de nuevo la vanidad por lo de artistas– intentaba relajarme viendo una película que me encanta, ‘El padrino’, en este caso la tercera parte. Ya al final de la misma Michael Corleone (Al Pacino), fatigado, le entrega a su sobrino Vincent (Andy García) la jefatura del clan mafioso al tiempo que le autoriza a asesinar a sus enemigos no sin antes advertirle que «vendrán a por nosotros, a por lo que más queremos». El augurio se cumple y al final de la cinta matan a la hija de Michael, de la que está enamorado su sobrino, el nuevo padrino.
A la mañana siguiente, de visita a la Casa de los Picos para comprobar el montaje final, resuena en mi recuerdo la voz ronca del Don de los Corleone, mientras trato de ordenar ideas para que las palabras que pronuncie unas horas después en ese escenario sean coherentes. «Ya intuyo lo que hacen los fotógrafos para lograr desnudar a los protagonistas de cada imagen: ir a por lo que más quieren», pienso cuando miro algunas de las instantáneas. Ya en el acto, y como paso previo a los discursos, enseño la muestra a Silvia Clemente y sus comentarios y los míos ante cada fotografía me ratifican en mi argumento: estos tipos de las cámaras de foto dirigen su objetivo a lo más preciado de cada uno para desabrigarlo.
Y si aún me quedaba algo más para convencerme de mi teoría de la conspiración, las palabras de Pedro Arahuetes, me ayudan a ratificarme. En su discurso, el alcalde habla de que en las fotografías se refleja el alma, de la ciudad y de quienes la viven. Y me digo: ya están otra vez estos tipos de las fotos yendo a por lo que más queremos, a por nuestro alma. Desde la cultura al deporte; de la economía hasta la vida social y, por descontado, a la política, nada se les escapa en este asedio a lo que más queremos. ¡Cómo son! Auténticos y dispuestos a explorar en todo fangal que se ponga a tiro del objetivo.
Termina la fiesta, pero la vida continúa. Y esos de la cámara, ahí, insolentes, con ganas de ceñirnos a todos a sus caprichos. Pero qué alivio que estén y nos libren de la miseria, den luz, aunque sea para alumbrar las cosas que más queremos, entre ellas nuestra vanidad.