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Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

Los niños del pretil

El gusto por revivir el pasado se extiende a la misma velocidad que el miedo por el presente. La crisis tiene estas cosas y ante la situación desesperada y de desmoralización que viven millones de personas, a uno le queda el consuelo de acordarse de aquellos tiempos, al go mitificados, en los que éramos más jóvenes y, al parecer, más felices y con más dinero en la cartera. Es el reiterado cualquier tiempo pasado fue mejor o, para nostálgicos ideológicos, eso de la pintada que decía: ‘con Franco viviamos mejor’ y a la que se añadió un irónico pero contundente ‘algunos’.
El pasado está de moda, sea obligados por las circunstancias o por devoción a lo añejo, que también  hay ciertos amantes de lo que fue y que difícilmente volverá. Entre estos, un ejemplo esta semana en Segovia, con una exposición de fotografías del barrio de San Lorenzo, cuyos autores, Carlos Álvaro y Javier Segovia, moran en esta casa. La propuesta es sencilla: instantánea antigua y al lado, tomada desde el mismo ángulo, una nueva, en un ejercicio de cómo era y cómo es. Todos al verlas juegan a encontrar las diferencias, a recordar –si tienen edad suficiente y adecuada– o a evocar ese arrabal con olor a la molienda harinera y a las huertas, aderezado con el rumor del río, tal y como se encargó de rememorar con su pulcra y especial prosa Atilano Soto, presidente de Caja Segovia y amigo de hablar con cariño y encomio de todo lo que huela o sepa a segoviano.
Las imágenes atestiguan el contraste del tiempo, como se titula la muestra. Ese tiempo que no regresará para los niños que en 1906 posaban en el pretil del atrio de la iglesia, en una fotografía de uno de los grandes maestros del ramo, el austriaco Alois Beer, que recorrió España deslumbrado por lo peculiares que somos y seguimos siendo. Captó la instantánea y supongo que los críos mirarían con la misma cara de estupor que ponen mis hijas cuando saco a pasear mi vieja cámara de carrete; unos por la novedad y otras porque les parece asombroso que no se vean al instante y que haya que esperar a llevarlas a una tienda y no sé por qué demonio de sistema se conviertan en papel. Cada uno en su pretil, en pretiles diferentes, pero con el común de que continúa siendo un lugar mágico para jugar. Todos hemos poseido un pretil de un atrio de una iglesia como territorio conquistado y, subidos en él, nos hemos hecho grandes y soberbios. Volver a ese pretil de la infancia le vendría bien a más de uno para que aprenda a vestirse por los pies y recuerde que creció en una sociedad con unos valores diametralmente opuestos a los que ahora –si es que los hay, que lo dudo bastante– tratan de que sean naturales. Casos conozco y sufro de faltar a la palabra y me llevan los demonios pensar que al confiado y de buena fe se le califique de tonto y al torcido y avieso de listo. En fin, no sé qué narices divisarían algunos al subirse al pretil de la infancia.
Pasado, sí, que regresa, como lo hicieron unos ancianos con demencia senil y a quienes unos médicos suizos se empeñaron en hacer volver a los años 50, recreando el ambiente de entonces para que se sintieran jóvenes, con energía; ya que no recuerdan lo reciente, que se acuerden de cuando eran felices, de ese paraíso perdido y ahora hallado. Desconozco si el experimento funcionó, pero seguro que algún día lo hará.
Pasado pues, que vuelve, por amor a lo pretérito o por prescripción facultativa, pero en todo caso regresa como lo hará la primavera esta semana. Sí, una primavera más y una primavera menos –un año más, un año menos, bromeábamos en casa de mis padres cada Nochevieja– aunque con el ánimo algo tocado, pero no hundido, que ya te lo levanta ver más gente en la calle, con mejor cara y enseñando más cuerpo. Que eso no ha cambiado y desde el pretil continuamos imaginando como pasaban las chicas sin mirarnos. Y ahora, menos.

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Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.


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