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Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

El cielo de la inocencia

Me gustaría que me permitieran que pase de largo de asuntos que nos preocupan y que hable de otras cosas, de esas del día a día y que a uno le hacen sentirse vivo. No hablaré pues de la huelga general, de su guerra de cifras y de si su impacto ablandará la conciencia del Gobierno o, como mucho me temo, las exigencias de Europa prevalecerán sobre las peticiones de los participantes en el paro. Y bajando a la arena local, tampoco hablaré del ardor de estómago del alcalde de la ciudad, a causa de la canción del grupo del mismo nombre en la que se injuriaba a la Casa Real y sobre la que, según sentencia judicial, debió tener un «mínimo control» para que no se editara en un cedé municipal.
Me perdonarán también, si así lo quieren, que no hable de la deuda del fútbol, otro asunto que ha llenado la actualidad. Más de 720 millones de euros deben los clubes, 78 de los cuales corresponden a los que militan de Segunda División B hacia abajo, prácticamente la misma cifra que mi querido Pucela. Casi nada lo del ojo, y lo llevaba en la mano. Un ‘fregao’ de seis o siete estropajos, vaya. La Gimnástica Segoviana está en ese mundillo de morosos, aunque sus cifras son una porción diminuta de lo que acontece en otras casas futboleras.
No hablaré de nada de eso,  aunque supongo que habrán notado que ya lo he hecho, claro, que uno tiene sus trucos para decir sin decir. Y todo porque quiero relatarles la historia de un conejo. Sí, de un conejo, o mejor, de una coneja. Verídica y vivida esta semana en mi casa. Teníamos –bueno, mis hijas, que esto es cosa suya– dos conejos, de raza francesa, que son, para que ustedes no acudan a internet a buscarlo, como un peluche, con patas muy cortas y un crecimiento mínimo. Eran macho y hembra, Pepo y Lola de nombre de cuna, aunque con sucesivos debates y posteriores cambios. En fin, cada una le llamaba como quería y yo, para desmarcarme de esta tiranía infantil, me dirigía a ellos como bichos.
En su jaula, con su bebedero, armaban bastante barullo, ya que, rumbosos ellos, se dedicaban a perseguirse en tan poco espacio. Los adultos llegamos a la conclusión que, en breve, los animales pasarían de niños a adultos con el consiguiente peligro de procreación en masa, dada la bien ganada fama en este sentido de los conejos. Y decidimos regalar uno de ellos, en una forma sutil de arreglar nuestra inquietud y trasladar el pequeño problema a otro domicilio.
Las niñas eligieron a quien consideraban la hembra, que viajó a un pueblo de la provincia a una casa con jardín, algo más adecuado para un bicho. Pero el infortunio se cebó con el animalito y el ataque de una culebra acabó con su vida. El disgusto de las nenas fue considerable, aunque al final lo consideraron ley natural que un animal termine con otro. Ese mismo día descubrimos que quien estaba con nosotros era una hembra, al tener una cría que nació muerta. «Vaya mala suerte que tiene Pepo, bueno Pepa –al final le cambiaron el nombre–; se ha quedado sin novio y sin hijo», aseguró Candelita con su lógica de nueve años.
Y un par de meses después, sí llegó la gran tragedia. Pepa estaba rara; como tirada en su jaula y comiendo poco. No resistió, creemos, cierto olor a gasoil procedente de la calefacción y que para los humanos era leve, pero quizá para ella fue mortal. La encontraron muerta a primera hora de la mañana y las nenas fueron al colegio envueltas en lágrimas. A mediodía me lo contaron con los ojos aún hinchados.
-«Se ha muerto Pepa», me anunció la mayor, Carolina.
-«Qué pena, pobrecita –respondí en un intento de mostrar aplomo– Si queréis podemos ir a la tienda a por otra, que seguro que allí tiene familia».
-«No, porque a Pepa no le gustaría si lo ve desde el cielo de los conejos o dónde allá ido», razonó Olivia también con sus nueve años, siempre tan ponderada, al tiempo que su melliza zanjaba: «Claro papá, no es un juguete».
Después de la lección que me dieron, del castigo a mi materialista propuesta, se levantaron y miraron la jaula en la terraza, quizá con la esperanza de haber visto algo moverse. Seguro que fue Pepa desde su cielo, que ni es una juguetería, ni un lugar con huelgas, insultos o deudas. Es el cielo de la inocencia, esa que no recuperaremos.

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Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.


abril 2012
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