La utilización del lenguaje es una fuente inagotable de curiosidades. Las palabras que pronunciamos nos pueden llegar a perseguir toda la vida; y la interpretación de las mismas por los demás nos suele llevar a una situación de sonrojo o de broma eterna. Casos hay, mediáticos y también cercanos, que seguro que cada uno de ustedes tiene alguno en la cabeza. «No utilices palabras esdrújulas», me recomendaba con ironía mi padre cada vez que de niño daba una patada al diccionario, al tiempo que se reía y perdonaba –como es lógico hacerlo con sangre de tu sangre– mi impericia lingüística o, si prefieren, mi asnada.
Decía que casos existen y pregunten, que lo más probable que al relatárselos pasen un buen rato, alejados de temas tan apasionantes como la prima de riesgo o la táctica del enojo de Mourinho. Estos, en cambio, son episodios simpáticos por intrascendentes como el que hace poco al hablar del asunto me contaba un amigo que conocía a una persona que al llegar tarde afirmaba que había perdido ‘la loción del tiempo’; o aquella señora que se empeñaba en decirle a mi madre que la hija de no sé quien había crecido tanto en tan escaso tiempo que estaba muy ‘estirilizada’.
Y otro sucedido, que esta vez viví siendo un chaval un día que acompañaba a mi madre a visitar a una mujer que había trabajado en casa de mis abuelos; fuimos a un barrio de casas molineras a las afueras de Valladolid en su seat 133 –el equivalente al coche más pequeño del mercado, para quienes tengan menos edad– con tanta prudencia que el viaje se me hizo una auténtica excursión. Ya en la vivienda la conversación fue extensa y en un momento de la misma, Calixta, que así se llamaba o se llama la mujer, contó lo que le sucedía a una vecina:
-Habla con su marido que está muerto y a mi me da miedo porque se queda en ‘chasis’, relató.
-En ‘chasis’, dijo mi madre con cara de sorpresa pero seguro que consciente del error.
-Sí, sí, en ‘chasis’, con los ojos como una loca, insistió mientras se persignaba y miraba al techo de la habitación.
Yo no me atreví a mirar a mi madre, que tenía la risa fácil y un amplio sentido del humor. Nos despedimos y durante el largo tiempo de viaje de vuelta –por lo que les contaba de su forma de conducción tan poco arriesgada– no paramos de comentar el asunto, mientras le decía a mi madre que acelerara no fuera que la señora al entrar en ‘chasis’ comenzara a levitar y nos alcanzara. La anécdota está en la intrahistoria de mi familia, como estoy convencido que en cada casa ocurrirá algo parecido.
Y en éxtasis –o en ‘chasis’ que ya a estas alturas del artículo seguro que han asumido como palabra adecuada para estas situaciones– llegaron a estar quienes asistieron a la rueda de prensa que el entrañable Paco del Caño ofreció al día siguiente de los atentados del 11-S. Presentaba el incansable trabajador municipal de la ciudad una de las múltiples actividades en las que se embarca, cuando se vio en la obligación de hablar de la tragedia de las torres gemelas. Abrumado por la situación quiso empezar su alocución con una referencia al asunto y dijo: «Quiero reivindicar los atentados de Nueva York…», ante el estupor primero y la carcajada, después, de quienes asistían a tan trascendental declaración. Pero Paco, con mucho aplomo, continuó para explicar, como es obvio, que lamentaba lo ocurrido. Ya veían todos que de un momento a otro la CIA, el FBI, la Interpol y hasta la Policía Municipal de Algete iban a desembarcar en Segovia y no precisamente a hacer turismo.
Ya ven que el uso del lenguaje, la comunicación entre seres humanos, a veces lleva a peripecias inesperadas que nos pueden conducir a perder la noción del tiempo, mientras vemos pasar a una mujer estilizada para entrar en éxtasis y al final reivindicar que somos Bin Laden con hechuras de segovianos.