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Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

Ganan los valientes

Hay días que a uno le reconcilian con la alegría de escuchar a los demás, sus inquietudes, sus pensamientos y, lo que es más importante, sus ganas de servir a los demás. Son días en los que ganan los valientes, frente a la cobardía generalizada que padecemos, muchas veces disfrazada de prudencia para engañarnos a nosotros mismos.  Sí, son buenos días, difíciles en estos tiempos de abatimiento, en los que recelamos de todo lo que funciona razonablemente.
Uno de esos días lo viví esta semana durante la toma de posesión de Agustín García Matilla como decano de la facultad de más largo nombre jamás conocido: la de Ciencias Sociales, Jurídicas y de la Comunicación del campus de Segovia de la Universidad de Valladolid. Ahí es nada, como para insertarlo en una tarjeta de visita, que más parece –por la extensión del nombre– un plato de unas jornadas gastronómicas de esas de cocina de vanguardia en las que tiene más gracia la semántica que el contenido. Y lo viví ese buen día gracias al discurso de este profesor. Su empuje, su entusiasmo, las verdades del barquero que espetó durante media hora ante una sala con presencia de numerosos políticos me dejaron con la sensación de que no todo está perdido si se multiplican las personas valientes como este docente.
Hace ya unos años, en un acto del periódico, mi compañero en esta casa y a pesar de todo amigo desde chavales, Toño de Torre, dijo que no le gustaba dar discursos, ni escucharlos. Fue todo lo que soltó, ante la carcajada general. Pues a mí, como a todos, a veces me pasa lo de Toño, pero en esta ocasión no fue así. Las palabras de García Matilla tuvieron entonación y ritmo, las claves formales de un buen discurso, y lo que aún vale más: desde el punto de vista del contenido tuvo fuerza. Sería imposible por espacio y cordura contarles todo, aunque sí puedo detallarles algo de lo que todavía resuena en las paredes del remozado palacio de Quintanar. «En nuestra profesión tenemos la obligación de trabajar desde el optimismo de la razón», aseguró para comenzar la disertación. Luego habló de aprender a vivir para alcanzar la felicidad como individuos y de transformar la sociedad como anhelo de colectivo. Y el siguiente paso fue una acometida a un sistema mundial permisivo con los poderosos y severo con los más débiles, para bajar a lo nuestro, a este país tan complejo, en el que dijo que no creemos en el valor de la educación como el principio deseable para la solución a nuestros problemas, esos que se conocen con la frase tonta de los últimos tiempos, esa que dice: con la que está cayendo. Pues bien, igual cae menos si la educación y la investigación se imponen. Mientras, afirmó, seguiremos consolándonos en los éxitos de nuestros deportistas y en los triunfos de los jóvenes que encuentran fuera de nuestras fronteras lo que aquí les negamos.
Y dicho esto pidió que la universidad sea un gran cerebro colectivo, para a continuación describir las dificultades de un campus en una ciudad eminentemente cultural. Todo ello aderezado con una aspiración: repoblar esta comunidad de ideas como solución a su «progresiva infertilidad». Vamos, que defendamos no solo el optimismo de la razón, sino también el vivir con pasión.
No quiso terminar sin lanzar una andanada a los políticos y salvar a los medios de comunicación. Yo se lo agradecí al término del acto. «Has dado leña a todos, menos a nosotros», le dije, a lo que replicó con una amplia sonrisa de quién sabe que le han oido, pero desconfía de que le hayan escuchado; como nos pasa a todos cada vez que nos salimos del carril de condescendencia con los poderosos y rigurosidad con los débiles. El profesor fue valiente y esa alegría que predicaba, al menos a mí me la dió por un día.

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Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.


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