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Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

La temporada de la BBC

A nadie se le escapa que somos guasones, que a un problema le sigue un chascarrillo y que, por exagerar que tanto nos gusta, incluso a veces es antes la broma que el asunto que lo origina. Y ahora, que no parece que estemos para muchos chistes, esa propensión natural que tenemos a mofarnos de todo y de todos se cumple, aunque quizá de forma más ponderada y más europea. Una pena atar el sentido del humor, pero los tiempos son los tiempos. Por eso cuando retomamos una broma, aunque sea vieja y  me haga más o menos gracia, a mi me reconforta.
Ha ocurrido esta semana con cosas tan serias como el mercado laboral y la sacrosanta hostelería segoviana, fuente de riqueza para quienes viven de ella y manantial de buenos ratos para los que moramos al otro lado de la barra. Una inspección masiva de Trabajo dejó el fin de semana pasado con el tembleque a decenas de establecimientos. La denominada costa del cordero –en esa carretera que discurre desde la ciudad hasta Somosierra y que en su momento soñó con ser autovía– fue el blanco más perseguido por los honrados funcionarios en una redada dicen que digna de un guión de película.
Las visitas se sucedieron y a algunos, como ocurre en el orden familiar, les tocó la suegra con la cuñada aviesa y el sobrino pelmazo, todos en el mismo paquete. Una suerte, vaya. Otros fueron más afortunados y lidiaron con ese primo con el que has compartido juegos, novias y escapadas nocturnas. Pero sea como fuere la visita del pariente, a todos les metió el susto en el cuerpo. Y hablan de muchas actas levantadas por infracción de las normas laborales, expedientes iniciados y mucho me temo que con las consecuentes sanciones.
El caso es que pasado el bullicio, el ‘shock’ inicial y convertido el asunto durante la semana en lo más hablado en las barras de los bares, todos los parroquianos de estos buscaban una explicación. Que si los hosteleros siempre están al límite; que como se pasa la administración con la que está cayendo –de nuevo, estúpida frase–; que si hay transfondo político porque uno de los negocios es de un concejal; que si ya era hora o que si así no hay quien sea empresario y cree empleo.
Argumentos todos muy respetables, pero genéricos, sin una base empírica como el definitivo, el sustentado por la costumbre que ya saben se convierte en ley, aquel que soltó el pragmático, el enterado: «Nada esto es de lo siempre: la ‘bbc’». Estupor en los contertulios, expectación en la barra. «¿Y qué es eso?», acierta uno a preguntar. Y la explicación es simple, muy nuestra, con guasa: «Son las bodas, bautizos y comuniones, que es la temporada y así llaman a estas inspecciones».
Ya está; se terminó el debate, que aquí no hay fantasmas, ni conspiraciones contra los trabajadores, ni las empresas, que es todo producto de un hábito de los probos empleados públicos dedicados a estos menesteres de la comprobación de que todo esté en orden. Se desperezan en primavera, salen de sus guaridas e inspeccionan al hombre blanco. Y no hay más, ni vicio oculto, ni nada: es su naturaleza.
El análisis convence a la mayoría y cumple la teoría de que las situaciones serias las saldamos con una burla. Sin embargo y después de momentos de duda, de falta de argumentos para rebatirlo, llega la respuesta, que a una guasa se le responde con otra y que una chanza es poco para una conversación de bar. Y aquí, excuso decirles, el gran desvarío: desde que viendo correr a los denominados extras todos los comensales salían detrás y dejaban al niño solo en su comunión hasta que algún camarero se quitó la chaquetilla y se sentó en la mesa para dismular. Todo con un humor muy poco inglés, a pesar de que lo retransmitía la BBC.

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Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.


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