Si uno bucea, navega, indaga, explora o el verbo que quieran utilizar en el Instituto Nacional de Estadística se encuentra con algunas cosas que dan que pensar. Y si la información te la criba alguien que se empeña en usar las tecnologías para darlo a conocer mascado y casi engullido, pues mejor, eso que te facilita. Digo esto porque hace unos días llego a mi correo electrónico –ese que tienen en esta página por si les interesa enviarme alguna curiosidad o para acordarse un poco de mis muertos, que no se preocupen que uno es fajador, pero hasta un límite, claro– una nota sobre las habitaciones vacías en hoteles.
No se imaginan ustedes el dato. Hagan apuestas, antes de leer las líneas siguientes. Pues bien, allá va: casi la mitad, el 46% ni más ni menos, de las habitaciones de hotel quedan vacías cada noche en España. En términos absolutos, 665.000 cuartos están desocupados, sin hombres de negocio, sin amantes furtivos o familias que puedan permitírselo. Una tristeza, las camas sin deshacer y los productos higiénicos sin que nadie pueda mangarlos. Hoteles desiertos, despoblados, deshabitados de gentes que no hace mucho tiempo copaban las habitaciones como Pedro por su casa. Ahora la mitad vacantes, sin cubrir, y la otra, vaya a usted a saber de qué manera o con qué precios por los suelos.
Sigo con las cifras. Esta muerte en vida de los hoteles supone que las empresas dejan de ingresar unos 40 millones de euros al día y el Estado y sus cambiantes impuestos no se llevan para la talega el 10% de IVA, esto es 4 millones de pájaros, que dice un amigo, que se convierten en unos 1.500 millones al año. Una tragedia. Y ahora le suman ustedes lo que dejan de facturar los negocios aledaños, bares, tiendas de recuerdos y toda clase de reclamos para ese turista que todos llevamos dentro.
Es pues una burbuja en toda regla, con muchos a vender y pocos a comprar. Lo de siempre, lo que ocurrió y ocurre con el sector inmobiliario y lo que ya pasa en la hostelería, hotelería y resto de asuntos relacionados. Que por exagerar en algunos pueblos hay casi más bares que personas. Y cierran algunos emblemáticos y, lo que es menos llevadero, pone el cerrojo el bar de la esquina, ese que necesitamos todos para una emergencia y sin el que no podemos vivir.
Pero algunos aguantan y se mueven para buscar otros ganchos que no sea el acodarse en la barra y filosofar. Sucede en Cabañas de Polendos, un pueblecito que ofrece música en directo desde hace años, pero ahora más que nunca es ejemplo de agudizar el ingenio. A los conciertos de pop-rock, blues y otros ritmos convencionales une este mes el espectáculo de un pornoautor llamado Chivi «que regresa a los escenarios» –no sé de dónde– según la publicidad de los organizadores. El tipo dicen es famoso por clásicos como ‘Coños’, ‘La jota de la perra parda’ y ‘El abuelo es gay’, a lo que ahora añade otros temas como el aclamado ‘Falu Anus: Las profecías de Leire Pajín’.
Desconozco si en el INE hay datos sobre pornoautores, pero es cuestión de buscarlo. Pero prefiero no continuar con las estadísticas que, por frías, destrozan el corazón y los bolsillos. Podría hablarles de que el número de condenados por sentencia firme se ha incrementado o que las separaciones matrimoniales han bajado, lo que demuestra que nos da o por liarnos la manta a la cabeza o por aguantar a la propia o al propio para ver si escampa esto de la crisis y poder volar muy lejos. Es lo que tiene esta situación tan asquerosamente pornográfica: menos viajecito y a resistir en casa; el que pueda y le dejen.