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Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

Los Reyes Magos vuelven a ser tres

Desde luego de desagradecidos está el mundo lleno. Uno hace un favor y aunque la corrección indica que no ha de esperar contraprestación, siempre se confía en un reconocimiento, un cariño, una correspondencia que nos devuelva el esfuerzo realizado. Todos sabemos de esto, porque quien no ha hecho alguna vez un servicio altruista no tiene vida; y todos sabemos también de lo ingrato que es no recibir mimos cuando uno cree merecérselo.
Pues esa sensación debe tener Caja Segovia y, más en concreto, quienes han formado y forman su obra social y cultural, que es lo único que queda de la hasta hace muy poco todopoderosa, ubicua y omnipresente entidad. La caja era de todos, pero sobre todo no era de nadie; la caja no tenía ánimo de lucro y sus beneficios debían revertir a acciones sociales; la caja estaba en todas partes, en la vida de todos, aunque no fueras cliente; la caja despertaba la simpatía del segoviano porque llevaba el nombre de esta tierra más allá de sus límites. Y trabajar en la caja era una canonjía, era ser alguien en esta ciudad y en esta provincia, pero de la noche a la mañana haber estado en la caja supone ser más sospechoso que un delincuente haciendo ‘footing’. La caja era expresión de segovianismo, a veces rancio, a veces moderno. La caja estaba en nuestras vidas y, de repente, se encaminó al matadero para morir después de una vil carnicería.
La caja tenía una reputación labrada a lo largo de casi un siglo y medio de existencia y, súbitamente, ha pasado a ser objeto de mofa y escarnio. Merecido o no, que es a estas alturas del partido ya es irrelevante, no debemos olvidar lo que ha hecho por todos y cada uno de nosotros. Sí, ha realizado negocio con nuestros dineros, como es obvio, pero también ha ayudado a que esta provincia sea un poco mejor, a que en el más recóndito de los lugares sus ancianos –que son muchos y ahora más desamparados que nunca con los malditos de la tijera– tuvieran un lugar donde reunirse a sobrellevar con dignidad el trayecto del ocaso o a que los jóvenes –que solo son ya en muchos pueblos presencia testimonial– pudieran hacer actividades que les ayudaran a impedir la tentación de marcharse a la ciudad.
Y ahora, ya no nos acordamos. De memoria frágil para lo bueno y de recuerdo aferrado para lo malo. La condición humana es así. Adulamos al fuerte y hacemos leña cuando cae. Es la naturaleza cobarde, esa de voy a buscarme uno pequeño para darle un tortazo y así descargar mi adrenalina, mis problemas.  Somos desagradecidos y ahora ya la caja de nada nos sirve, que a quien le importan los tiempos en los que pedíamos y pedíamos, como frailes desbocados. Así, que quiero organizar un curso de bordado, pues a la caja; que si mi hija pinta como los mismísimos ángeles, nada, me dejan la sala, me dan una ayudita y colgamos su arte para regocijo de toda la parentela y vecinos; o que monto un equipo deportivo, ponemos el logo de la caja en la camiseta y arreglado, ni un euro nos ha costado.
Ya ven de qué buenos y fáciles tiempos hemos disfrutado, en los que Segovia contaba con cuatro Reyes Magos: Melchor, Gaspar, Baltasar y Malaquías, que repartía en nombre de la caja. Y magia, claro que hacía magia, para de la nada darle forma a proyectos sociales y culturales. Pero ¡ay hoy! ya nadie recuerda lo ocurrido y mucho me temo que o renuncian los exdirectivos a lo que han de cobrar de indemnizaciones millonarias para que la caja tenga parné o volveremos al mundo convencional de tres reyes magos. Por desagradecidos.

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Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.


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