Hace unos años, cuando la vida no nos golpeaba con tanta saña, debatíamos sobre infraestructuras, sobre lo que necesitaba la ciudad y la provincia para que aquí se quedaran los que estábamos y, al tiempo, vinieran más y más a llenar las cajas de nuestros negocios. Aspirábamos a ser muchos y mejores. Y hablábamos de trenes de alta velocidad, de carreteras desdobladas, de hospitales punteros, de un gran teatro o de un palacio de congresos envidia de ciudades vecinas; hablábamos de convertir la tercera provincia con menos habitantes del territorio patrio en un vergel, que ya era hora de que volviéramos a lucir como en los viejos tiempos de la Segovia guerrera y santa.
Entre todas esas maravillas que nos llevarían a transitar por el camino de la modernidad, en una de ellas confiaba más que en todas las demás, que se me antojaban unas un dispendio y otras demasiado arroz para tan poco pollo. Esa, para mí la joya de la corona, era y es el campus público. Ciudad pequeña, patrimonial, turística y sin industrias, la solución del a qué nos dedicamos parecía fácil: a ser el Oxford continental, frase pergeñada desde IE Universidad cuando desembarcó aquí. Así pensaba y supongo que como yo alguno más: universidad antes que trenes o teatros. Y como había dinero para casi todo se hicieron las cosas, –otras no se ejecutaron y duermen en algún cajón–, unas con más celeridad que otras, sin pararse a apostar más fuerte por alguna, que todas son hermanas y merecen el mismo trato.
Elegido el lugar, céntrico y bien comunicado, surgieron las primeras discrepancias: es pequeño. La denuncia del previsible poco espacio fue rechazada con argumentos como en esta ciudad siempre se pone pegas a todo y lo importante es que el proyecto comience a andar. De acuerdo en las dos cosas, pero pequeño parecía pequeño para los casi tres millares de alumnos que entonces moraban, ligaban, se corrían juergas y hasta estudiaban en el campus público, repartidos en no sé cuantas sedes, algunas de ellas absurdas.
Puesta la primera piedra, la obra fue tan lenta como los malos al final de una película del oeste. Despacio y con incertidumbre llegó su final. Y hete aquí que abierto, resulta que la instalación nace pequeña, con unas carencias evidentes y descartada una posible ampliación en una segunda fase de obras. Y volvemos así al debate de origen, ese que se zanjó por la vía de apremio porque eran cuatro agoreros, gentes criticonas a las que gusta crear intranquilidad.
¿Qué tenemos ahora? Pues a los estudiantes hacinados, sin fotocopiadoras, sin cafetería y algunos reubicados en esas antiguas sedes disparatadas. Y además, sin profesores una vez más por los malditos de las tijeras. Es hacer un pan con unas tortas, un despropósito, un desatino, una manera de matar la única gallina con los huevos de oro que nos queda en esta ciudad durmiente y que son los estudiantes. Buenas instalaciones y suficientes profesores tirarían de este carro, que, insisto, es prácticamente el único que nos queda para que haya vida más allá de los tópicos y ya gripados y tristes motores de la economía local.
Así cuando los adolescentes de otras ciudades planteen a sus padres que quieren venir a Segovia a hacer la carrera universitaria, estos les contestarán que de acuerdo, que les pagan tasas, piso, manutención y hasta los chatos, pero que ya no les llega para el pupitre y la silla. Que no están los tiempos para más gastos y qué culpa tienen ellos de que en Segovia las cosas se hagan tan pequeñas como las miras de quienes las promueven.