Como un niño al que preguntan si quiere más a papá o a mamá; como un adolescente al que dan a elegir entre el fútbol con los amigos o pelar la pava con una niña; como una joven que ha de decidirse entre el guapo de gimnasio o el feo que le hace reir; como una mamá que intenta navegar entre hacer vida de pareja y cuidar a sus hijos; como un trabajador que duda si callar o ponerse el mundo por montera y decirle a su jefe que es un inútil; como una abuela que vacila si quedarse con los nietos o ir con sus amigas a una terraza a hablar de sus cosas; como lo que ustedes quieran pensar o pensar lo que quieren otros. Así estamos. En tierra de todos y en tierra de nadie.
Como una niña que duda si jugar al fútbol o decantarse por una muñeca; como una adolescente que no sabe si crecer o seguir en estado infantil; como un joven que titubea sobre sus ídolos y no sabe a qué tribu urbana adscribirse; como un papá que vacila si hablarle al niño de fútbol o de lo complicada que es la relación con el sexo opuesto; como una trabajadora que se encuentra en un mar de dudas sobre la prioridad de su carrera profesional o de su familia; como un abuelo que se pregunta qué próximo achaque tendrá y si será definitivo; como lo que ustedes deseen hacer o hacer lo que deseen otros. Así estamos. En tierra de todos y en tierra de nadie.
Sí, así estamos, urbi et orbi, y en Segovia, también. Con nuestras cosas singulares, con nuestro terreno que parece sin amo, con nuestra situación entre dos aguas, en las que unos con sorna quieren ser alemanes y otros, algo más fácil, por ejemplo, italianos. Que de todo hay. O por irnos más cerca, que unos, los del norte de la provincia, tiran por ser vallisoletanos y, los del sur, madrileños. Y en la ciudad pasa igual y una buena prueba fue la festividad de San Frutos, en la que al argumento de ‘bienvenidos segovianos’ de El Corte Inglés de Madrid se ha unido la capital de la comunidad, con su flamante centro comercial, el más grande de todos los lugares que se puedan imaginar, según sus promotores. Hablan de cientos de segovianos por sus pasillos, en sus tiendas, restaurantes, aunque no fueran recibidos con carteles, que los dueños, primerizos ellos, no parecen saber nuestras costumbres de fervor comercial el día del santo.
Enternece pensar pues que no nos decidimos, que esta tierra no está ya del todo vacía porque la indecisión sigue arraigada. Aún así, la población decrece con casi millar y medio al año que nos dejan y ni los inmigrantes ya nos ven como paraiso. Y si además contamos que la provincia es la segunda con mayor esperanza de vida del territorio nacional, induce a pensar que no somos menos porque tardamos más en morirnos que, de lo contrario, estaríamos más solos que la una. Incluso, los segovianos afincados en la vecina Madrid, en otro tiempo más numerosos que los residentes aquí, con ser tantos, ya también han emprendido el camino en curva descendente.
Con la indecisión por bandera y devastados en población, el futuro se vislumbra más negro que blanco, con algunos tonos grises. Y cuando uno está en tierra de todos, pero en tierra de nadie como el recién separado se pregunta cuánto dura la soledad. Espero que lo que tardemos en decidirnos y cuando las estadísticas nos acompañen.