Hablaba hace unos días con un amigo búlgaro, en Segovia desde principios de siglo. Su nombre, difícil de pronunciar y aún más de escribir. Embutido en su uniforme mientras barría la Calle Real contaba con cara de resignación cómo está el asunto. «Cuando llegué había mucho trabajo y si no te gustaba, cambiabas a otro; ahora…buff», explicaba con ese acento del este europeo que no sale ni con agua caliente. Ahondaba en su situación y en cómo su hijo se ha apuntado a un curso del Inem para buscar trabajo en Alemania. «Lo peor es el idioma que ahora tiene que aprender», decía con poca esperanza.
Sí, el hijo de cómo se escriba su nombre, busca billete a un sitio en el que nunca estuvo, después de tener billete de ida y vuelta entre su país de adopción y su país de origen. Un galimatías para el chaval que con sus dos idiomas y el que aprenda no tiene asegurado el pan de aquí o las salchichas de allí, o lo que coman los paisanos de la muy apreciada por todos Angela Merkel. Y si el asunto del sustento es sombrío siempre le quedará apuntarse a la comida caducada que el Gobierno propone reinsertar a la cadena alimenticia para que los pobres, como este muchacho y otros muchos no tan muchachos, puedan dormir sin las pesadillas de Carpanta. Una suerte para él que sus padres eligieran hace unos años esta España de la abundancia, el sol y la fiesta para dejar la Bulgaria gris y aburrida.
Si consigue dar el salto a la Alemania prometida, lo que encontrará el joven será una tierra de oportunidades como lo hicieron sus padres. Y en ese edén de nuestro tiempo habrá trabajo para descartar, comida que nunca caduque y valquirias rubias con las que bailar. Así, no tendrá como aquí que nadar entre burbujas, la inmobiliaria ya enraizada y las próximas que se acercan de manera inexorable con indicios más que suficientes, como es la hostelera. Ya parece que la fertilidad del sector toca a su fin. Que hay exceso de dispensadores de chatos, cañas y demás, aunque los gurús de la cosa les digan eso tan bonito de que se reinventen. Bien, está bien con el producto, dirán, pero lo que es difícil es reinventar al cliente para que acuda, que uno es tabernero o tabernera y no la Virgen de Lourdes.
Y Segovia, como mi amigo el búlgaro de nombre extraño, en esto tiene mucho que contar. La ciudad y la provincia están llenas de bares y restaurantes, desconozco si por encima de la media nacional por cada habitante, pero seguro que estamos bien situados en la clasificación. La burbuja es grande y se va agrietando, aunque abren algunos y a rey muerto, rey puesto, por lo que nos mantenemos entre los mejores, los más gloriosos en esto de la barra del bar. Aún así, es sintomático que se cierren negocios –incluso franquicias, lo que es todavía más significativo del desplome– o que haya hoteles en la ciudad que se tomen un periodo de invernación para ahorrar costes.
La burbuja pues está ahí, sobrevuela nuestras cabezas, amenaza con estallar y calarnos a todos; y lo que es peor, dejarnos sin el bar de la esquina, con lo que eso conlleva. Pero siempre nos quedará Alemania, que aunque no tenga tantos bares el trabajo abunda y allí nos econtraremos con el hijo de mi amigo y con el alcalde, que no sé en qué trámite se halla para ser alemán. Ya le preguntaré.