Desde luego lo de Caja Segovia lleva camino de convertirse en el mayor culebrón jamás contado, en la historia interminable, llena de caminos insondables, y has de tener mucha fe y templanza y guardarte la vehemencia para no decir o hacer una barbaridad. Aunque ya casi nada queda de lo que fue y es evidente que la entidad está más desestructurada que una tortilla de Ferrán Adriá, continúa dando coletazos lo ocurrido y ningún asunto puede solaparlo. Nada lo supera, al menos por ahora, porque el tema de la no paga extra a los empleados públicos puede arrebatarle el dudoso honor de estar en boca de todos y no precisamente para paladearlo.
Terminado su tiempo como entidad de ahorro y financiera, del cielo que prometía la fusión ha pasado al infierno en los últimos tiempos y ahora su alma viaja a un limbo llamado de las fundaciones especiales. Un recorrido en el que en breve tiempo ha visitado todos los estados posibles de la eternidad, sin encontrar un acomodo duradero y estable. Vaga, como ánima en pena, sin que nadie le conceda cobijo o le reconforte, en un mundo entre los vivos –sin duda, algunos han demostrado tener mucha viveza– y los muertos.
Pero los caminos, decía, del tema de la Caja son inescrutables. Aquí eso del muerto al hoyo y el vivo al bollo es confuso, porque al finado no le dejan descansar. Que el muerto no está enterrado y bien enterrado. Que, no, que está en el limbo, les digo. Y que mientras sigue allí, errante, observa como surgen asuntos y asuntazos por todas partes, hijos descarriados que un día fueron suyos y parecieron los de más talento, los que iban a conducir la casa familiar a lo más alto del reconocimiento social y prometían engrandecer su patrimonio. Uno de estos vástagos fue Segovia 21, ese aparente paraíso terrenal que ahora también transita por el limbo de los administradores únicos, los embrollos de los tribunales y las burbujas inmobiliarias y hosteleras. Y el edén parece haberse tornado en calvario para los padres de la criatura, entre los que estuvo la desestructurada Caja o lo que queda de ella. En todo el asunto da la sensación de que, como decía Gila cuando hablaba de Jack el destripador, alguien ha matado a alguien, pero como en el caso del famoso criminal londinense me temo que nunca se sabra su identidad.
Y si Caja Segovia está en ese limbo especial creado ad hoc para no dejarla descansar en paz, muchos le acompañan en estos días, en otro tiempo llenos de celebraciones y ahora tomados con modestia en el consumo para desgracia de los pequeños comerciantes, que salvaban la cuenta de resultados gracias al bendito final de año. La alegría de las compras se prevé directamente proporcional a la tristeza de las nóminas o de lo que cada uno ingrese y como esto último se halla en franca decadencia, las perspectivas para quienes sustentan buena parte de su negocio en la venta al público en las fechas navideñas no son rutilantes.
Así, con los consumidores vagando sin llevarse la mano a la enjuta cartera, no nos quedará más remedio que preguntar a Caja Segovia cuál es el sendero para llegar a ese limbo al que van los no bautizados y al que igual nos conviene ir. Porque ya saben que el que tiene padrino se bautiza y si no, moro, huy perdón, quería decir al limbo.