Escribo con la esperanza de que cuando lean esto me haya tocado la lotería de Navidad y cambie algo la situación, al menos en lo que a mí y mis eventuales compañeros anónimos de fortuna respecta. Visto lo visto y que los mayas no han acertado me queda esa ilusión de ver como esto da un vuelco, aunque albergo poca fe. Y además, si tengo la fortuna, algo que considero muy remoto, podré darme el gustazo de no abonarle la quinta parte a los malditos de la tijera, que ya piensan hacer eso con las loterías el año que se avecina.
Descartada la opción, por absurda, de confiar en el juego para redimir mis pecados y curar mis males, me queda el consuelo –que no es poco, creánme– de hablarles desde esta amiga Canaleja. Y hoy quiero referirme a nosotros, a este diario y a su vigésimo aniversario desde que aterrizara en Segovia, efeméride de la que supongo se habrán ya enterado y que se ha cumplido esta semana. Fiesta y mucho trabajo previo es lo que tuvimos para organizar el sarao, que esto es como el cocinero que elabora durante horas el plato de nombre más largo del mundo para que el comensal lo engulla en medio minuto; o en el polo opuesto, como una amiga que decía cuando comía algo rico: un segundo de placer en la boca y toda la vida en la cadera. Pues esto de la fiesta te deja esa sensación: días y días para que en un par de horas todo haya terminado; y menos mal que luego no hay que recoger, que de lo contrario ya sería una condena severa. Un asunto efímero como es para nosotros el diario, que aún no lo hemos completado y ya pensamos en mañana.
Sin embargo, además de la satisfacción de ver disfrutar a los asistentes, nos queda un suplemento sobre los cuatro lustros que hemos ejecutado como una tropa bien entrenada. En esto la ventaja es que no experimentas la sensación de fugacidad, sino que sientes que se trata de algo perdurable, duradero, y que allí estará cuando ya no estemos, porque es sabido que el papel todo lo aguanta, aunque su color amarillee. Y nuestros deudos lo mirarán con curiosidad para intentar explicarse el motivo de posar con tanta alegría y colaboración como lo han hecho quienes lo protagonizan, los segovianos del caótico año que todavía nos contempla.
Y, dando una vuelta más a la fiesta, los que también son perecederos como el festejo en sí son los discursos. Me pedía un amigo que el mío lo reprodujera hoy aquí y aunque me hubiera ahorrado estas líneas, creo que, como todo en la vida, cada cosa tiene su momento, su foro, y cambiarlo es descontextualizarlo, con el peligro que representa sacar algo de su sitio natural. Solo contarles que la idea –solo una, que es más que suficiente para un artículo o un discurso– es la amistad que hemos trabado con ustedes los lectores en estos veinte años de contrastes, de efervescencia y de lamentos.
Con eso nos sirve, como supongo les servirá a ustedes que seamos cercanos. Es nuestro objetivo, como el que, por cierto, hemos enfocado para resumir en imágenes y palabras lo ocurrido en estos dos decenios. Pueden verlo en el teatro Juan Bravo, en una exposición que caminará junto a las fiestas navideñas y en la que como en estas, sacamos en un corto espacio de tiempo toda la bondad y toda la miseria. Pero no se apuren es Navidad, blanca, aunque la percibamos negra.