Hay cosas tan nuestras que ni el furor segregacionista de cada aldea, pueblo, comarca o la demarcación territorial que gusten puede con ello. Hay lugares comunes que nos unen, más allá de la historia plagada de guerras locales, fratricidas, que vivieron nuestros antepasados. Y hay expresiones que demuestran que en algunas cosas es lo mismo ser de cualquier punto de esta España cada vez más irreconocible. Entre mis favoritas y muy española ella –aunque le pese a un vasco de origen zamorano o a un catalán de Teruel , esos que son más papistas que el Papa– está ‘quién paga todo esto’.
Pues sí, quién lo paga nos preguntamos cada vez que los políticos generan una ocurrencia; y quién lo paga nos cuestionamos cuando desde la Unión Europea –otra frase mágica y gran excusa es ‘viene de Bruselas’– nos dicen que el camino es el que indican ellos y que ya podemos ser muy plurinacionales que ellos, entre los que también estamos, lo son más.
Viene a propósito por la propuesta de ordenación territorial de UPyD, un partido de entusiastas en el que tanto entusiasmo les lleva a proponer decenas de cosas, con buena voluntad no lo dudo, pero siempre con el horizonte de ser conscientes de que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que gobiernen. Al margen de lo que planteen a escala nacional, quiero hablarles de lo que piden para Segovia, de cómo quieren dejar la estructura municipal. Les resumo: se cargarían la Diputación, la veintena de mancomunidades, reformarían las comunidades de villa y tierra y dejarían los ayuntamientos de 209 en 8, amén de reubicar a los empleados en los gobiernos regionales y municipales, con las ganas que tienen de asumir personal.
Ochos municipios les decía que mantendrían. Uno se llamaría Campiña, con unos 15.000 habitantes, en el que estarían lugares tan pinariegos como Coca o Nava de la Asunción, que seguro pugnarían con Santa María la Real de Nieva por ser la capital de este eventual reino. Limítrofes estarían Cuéllar, con varios pueblos adscritos, y Pinar de Pirón, en el que por censo se le supone a Carbonero cabeza visible. Ya hacia el nordeste estarían Riaza y Duratón, este último con Cantalejo y Sepúlveda juntos aunque se parezcan lo mismo que un huevo y una castaña. Y al sur, El Espinar y aledaños y San Ildefonso que por su singularidad «se ha decidido dejar como se encuentra actualmente» (sic). Por último, Segovia y su alfoz –bastante ampliado– contaría con la mitad de la población de la provincia y supongo seguiría siendo la capital.
Y hecho esto, presumo que con alguna resistencia popular y no pocos problemas, la reducción sería en más de un millar de concejales y dos centenares de alcaldes, además de un ahorro de millones de euros al eliminar la Diputación, sin tocar al personal, claro. Todo un logro, sobre el papel. Sin embargo y siendo realistas es un cuento de la lechera en el que al final has de preguntarte lo muy nuestro de quién paga todo esto.
Porque es evidente que alguien tendrá que prestar los servicios a los vecinos, ya se llame municipio Duratón o Pinarnegrillo, con el consecuente coste. No me imagino al megalcalde de Pinar de Pirón o cómo se llame el invento cambiando la bombilla de la calle o disponible las veinticuatro horas por cero euros y mucha paciencia. Pero al preguntar quién paga esto siempre podrán decir que viene de Bruselas. Y así, cualquiera.