No hay conversación en la que la crisis y la crispación social no tengan un hueco importante. Y ahora entra como un tiro en ese listado de asuntos la corrupción política, algo que parecía estar aparcado después de los tremendos años 90 en los que los corruptos superaban en notoriedad a quienes han sido los famosos tradicionales, como los artistas o los futbolistas. Esta semana ha sido muy fecunda en escándalos, entre los que están los nuestros, los propios del terruño, con Caja Segovia y Segovia 21 en boca de todos y en los juzgados. Es evidente que entre tanto caos económico y social siempre hay alguien que gana, que no todos somos perdedores. Y a mí se me ocurren los panaderos. Uno piensa la obviedad de que habrá aumentado la compraventa de este alimento porque es económico en comparación con otros. Pero miren por donde que tampoco es así. Charlaba el otro día con un veterano panadero de la ciudad y me explicaba cómo está la situación. Calculaba que en tiempos de crisis el consumo de este producto suele incrementarse al menos un 15%, pero que esta que padecemos es tan pérfida, tan descomunal, que el aumento se ha quedado en un 1%.¿Qué comemos entonces? «Ahora la gente coge lo justo, media barra por ejemplo, y antes compraba más y lo que le sobraba lo tiraba a la basura; los panaderos éramos socios de la basura», explicaba.
Ya ven que ni los sectores amigos de las crisis se libran. Aquí somos vulnerables todos, que esto es un zafarrancho general que no deja títere con cabeza. Y si los sacrificados panaderos han visto desaparecer esa rentable sociedad con los residuos, hay otros que les han tomado el relevo y obtienen réditos no con lo que los demás tiran, sino tirándose ellos dentro para fundirse en un solo cuerpo con la cochambre, hasta el punto de ser más basura que la propia basura.
Seguro que identifican a estos reyes de la cochinería y les vienen a la mente muchos de los políticos profesionales que han sido y, lo peor, que aún son. En España hay unos tres millares relevantes y dedicados a lo que fue un noble oficio, entre parlamentarios autonómicos y estatales y otros cargos públicos de variopintas administraciones de buen sueldo y mejores privilegios. Y es claro que pagan justos por pecadores, que al saco de la basura no se han arrojado todos e imagino la carita de pena y hartazgo de los miles de militantes de base de los partidos, que emplean su tiempo y su dinero en servir a los demás desde los ayuntamientos más recónditos y pequeños de este país de aprovechados. Seguro que más de uno se ha borrado y se borrará de este juego en el que hay otros que hacen trampas, para desesperación de quienes prefieren ser honrados antes que ganar como
sea.
Decía uno de estos informes que circulan por la tupida red tecnológica en la que estamos atrapados que la reputación digital de los políticos españoles pasa por su peor momento y que la mitad sufre insultos y calumnias. Los ciudadanos disparan así contra quienes les han defraudado, contra quienes han hecho de la porquería una forma de vida. Y aunque perder las formas no es recomendable, es el derecho al pataleo con la palabra, algo muy sano para no desahogarse de otra manera y con otras armas. Que ese paso ya sería muy peligroso, pese a que a uno le entren ganas de llevar a estos nuevos socios de la basura a un punto limpio del que nunca puedan retornar