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Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

No es tiempo de ingenuidad

Martín Villa no es un ingenuo. Quien fuera ministro con tres presidentes del Gobierno diferentes –una marca difícil de lograr– en la década de los 70 y principios de los 80, durante la mitificada Transición, pasó esta semana por Segovia para dar una lección de historia a jóvenes estudiantes y no tan jóvenes profesores y políticos. Su vista débil le impide abrir de forma completa sus ojos, escondidos tras unas gafas, tras su volado balcón de la mirada como las llamó Machado en sus paseos por la muy segoviana alameda del Parral. Pero su palabra no es endeble aunque su volumen de voz sea frágil; y sus ideas son fornidas, que ahí la edad parece no haberle hecho mella.
Pasó por Segovia para contar en primera persona cómo se fraguaron las autonomías, esa bicha a la que todo el mundo mienta ahora para atribuirle los males que nos desconsuelan. Sí, pero él no es ingenuo y sabe que, con errores que admite en el proceso de hace tres decenios, había que dar forma como fuera al mapa autonómico. Y que ni antes –en la época del grito callejero ‘libertad, amnistía y estatuto de autonomía’– era la panacea, ni ahora son cosas creadas por el demonio, como si fueran un acueducto romano y segoviano. No es inocente tampoco al contar que a Segovia se le aplicó un artículo constitucional pensado para la eventual recuperación de Gibraltar, cuando desde esta provincia se defendía que era mejor viajar solos que mal acompañados.
De igual manera no es ingenuo Martín Villa al relatar los antecedentes históricos en los años 30, durante la segunda república. Aquí, al hablar de Cataluña, recordó a Azaña cuando dijo que con la aprobación del estatuto se arreglaba el problema de convivencia de los catalanes con el resto de España. Y rememoró también la respuesta de Ortega y Gasset, que dudó de que esa norma cerrara las diferencias, para decir  que más que convivir, conllevémonos los mesetarios y los periféricos.
Y toda la lección –brillante sin duda en la que explicó lo general para entender la parte–, para terminar con la idea que nos ronda la cabeza a todos o casi todos y que no es otra que para qué sirven diecisiete comunidades autónomas y si son necesarias. Aquí está el asunto, el debate en la calle más allá de si los padres de la patria lo hicieron mejor o peor cuando dibujaron el mapa administrativo. Es el que hay y sobre él es lo que quiere discutir el ciudadano. Martín Villa, con su clase académica, nos contó lo que fue para que podamos argumentar sobre lo que pretendemos que sea en un futuro.
Llegados a este punto a uno le llegan argumentos dispares, para que desaparezcan todas o algunas y se reviertan las competencias al Estado o nos quedemos como estamos. Desde el alegato que habla de funciones duplicadas o triplicadas hasta el para qué tantos empleados en la cosa pública autonómica. Aquí puede el corazón y la pasión al oir una noticia estos días, como me ocurrió, en la que se contaba que medio centenar de inspectores de aguas revisaban los cauces de los ríos en el País Vasco ante el anuncio de temporal. Y no solo ellos, porque uno se imagina que tendrán más infraestructura de personal y con lo que eso cuesta. Pero ya con la cabeza, uno concluye que alguien tendrá que prestar ese servicio, que da igual que les pague la nómina el gobierno vasco o el central, que los ríos tienen esas cosas de crecer sin encomendarse a nadie.
Ante esto, ya más de uno habrá deducido: qué lo arreglen los políticos, que son muchos y les pagamos bien. Y eso sí que es una ingenuidad y no es tiempo de tal cosa.

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Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.


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