Observaba el otro día en San Marcos a unos japoneses o lo que fueran, que en esto de distinguir asiáticos el único que lo logra es mi amigo Pablo ‘bigotes’ –Pablo Martín, el presidente de los sumilleres, el de Cándido para entendernos–. Los tipos miraban de abajo a arriba el Alcázar no sé si esperando que saliera el mismísimo Walt Disney o alguna de sus creaciones, pero el caso es que fijaron su mirada mientras movían los brazos e indicaban la fortaleza como esos políticos que posan a la vieja usanza con el dedo extendido como si les interesara el asunto. El caso es que continuaron un buen rato y como uno en esto de los idiomas es básico, y más en los orientales, no pude entender lo que les inquietaba.
Sin embargo, conseguí deducir que lo que no les cuadraba eran los andamios que desde hace días están instalados en el monumento. Ni a sus ojos ni a las fotografías. Ni a ellos, ni a mí, ni a nadie. El andamiaje, necesario para la obra, algo evidente, se adorna con una pancarta de publicidad que nada aporta y todo afea. En la misma se indica el nombre de la empresa que acomete los trabajos, cosa innecesaria salvo que me cuenten que es un mecenas que paga las obras; pero no lo creo. Si allí se publicitara la última película de Disney o una multinacional con sus euros o dólares, encantado de que pongan lo que haga falta, que no nos sobra el parné y hay que rentabilizar el patrimonio.
Sea como fuere, el asunto es un mal ejemplo. Nos cuentan a usted, a mí y, sobre todo, a los chavales que hemos de ser respetuosos con ese patrimonio que han de heredar nuestros descendientes y que en Segovia todos vivimos de esto, de forma directa o tangencial. Pues, excepto que discutieran por otro asunto que se me escapa, a esos asiáticos no les gustó nada la vista, presumo por sus caras y su tono de voz. Y eso no nos conviene, como tampoco ese edificio en la pradera de San Marcos o, también en ese pintoresco barrio extramuros, la posibilidad de que se construya junto a la singular iglesia de la Vera Cruz.
No nos conviene este mal ejemplo y los que están por venir, porque estamos sobrados de modelos perniciosos. Y en esto el fútbol se lleva la palma. Jóvenes futbolistas millonarios con vehículos cuyo coste alimentaría a decenas de familias durante meses circulan a gran velocidad o sin carnet. Ellos, que son ídolos para muchos de su generación, con su actitud destrozan todo el esfuerzo de padres y profesionales de la educación. Y además no podemos quejarnos porque ya saldrán tertulianos de esto del deporte con menos luces que el barco de Chanquete a defenderlos y a decir que somos unos envidiosos y que en lugar de apretar los codos o aprender un oficio hubiéramos sido habilidosos con la pelota.
Y para remate –nunca mejor dicho en esto del fútbol– Fernando Alonso, este chico de la Formula uno que va en un Ferrari y le pagan por ello, ofrece otro mal ejemplo. Fue antes de un partido esta semana, de esos calificados del siglo como tantos otros, cuando no se le ocurrió nada mejor que decir que hay que ganar aunque sea de penalty, en el último minuto, en fin, como sea. En la televisión pública, para más forofismo estúpido. Y a uno se le revuelve todo, hasta la primera papilla, para recordarle a este joven sobradamente millonario y escasamente atinado, que para muchos es modelo –absurdo, pero así es–, que la cultura del vale todo con tal de vencer nos ha llevado a la situación en la que estamos. Pero mucho me temo que no lo entenderá y que con ese espíritu cuando deje de conducir en circuitos dará malos ejemplos en las carreteras.