Hay destrezas con las que nacemos y que nos acompañan durante la vida, algunas como una bendición y otras como una maldición. Nos ocurre como individuos y también como colectivo, como organización social. Las capacidades nos indican los límites razonables de lo que debemos o no debemos hacer, de lo que podemos o no emprender y abarcar. Decía mi abuela –y dice, que aún vive, camino del centenario– que algunos van en primera con billete de tercera. Y esa filosofía, aplicada a lo ocurrido en esta España de principios de este siglo es el ya manido aserto de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, que hemos viajado con todas las comodidades en primera pero como polizones y cuando solo teníamos para ir en tercera clase.
Y de esa incoherencia entre la aptitud y la actitud, de tener unas habilidades y un talante que no coinciden, puede nacer el fracaso individual y también el colectivo. Como personas, allá cada uno con lo que ha conseguido y con lo que se conforma, pero como sociedad hemos pinchado y vamos de mal en peor. Como grupo, a mi generación nos enseñaron unas cosas que ya no sirven y que chirrían con la actitud que ahora nos demandan.
Que, por ejemplo, nos dijeron que el inglés era un idioma para simples y bárbaros y que el castellano era invencible; luego llegaron los tiempos en los que algunos se dieron cuenta de que nuestro imperio había muerto hace siglos a manos de la Pérfida Albión y que su idioma era el presente y el futuro. «Si quieres ser algo en la vida hay que aprender inglés», me dijo mi padre al tiempo que me enviaba siendo adolescente a Manchester muy a mi pesar, porque cambiar el verano de los pinares por el gris británico me parecía un castigo. Sin embargo, al regresar y gracias a alguna conquista amorosa internacional cambié de opinión y considerá acertada la decisión de mis padres. Ahora, ya estamos en una tercera fase en la que es cargante oir tanta expresión anglosajona, como si las palabras castellanas no bastaran para comunicarnos. Pero somos así.
No obstante, resultados de sondeos al uso nos retrotraen a la primera fase y demuestran que mi generación y mi sexo opone resistencia al maldito inglés y quienes peor lo hablan son los de mi casta, los hombres cuarentones, y las mejores, las mujeres treintañeras. La cosa se complica para los grandes defensores de que los españolitos hagamos una inmersión en la lengua de Shakespeare, ya que los menores de 20 años son también unos zoquetes para esto de los idiomas. Bueno, no se preocupen, son solo encuestas, esas que aterrorizan a nuestros políticos tanto como precisamente hablar inglés.
Decía que nos inculcaron cosas que ahora ya no valen, como lo del inglés y como aquello de estudiar para vivir mejor que tus padres. Pues esto ya tampoco sirve. Los jóvenes estudian grados, másteres y demás, pero me temo que no será suficiente para alcanzar el bienestar de sus progenitores. Sostenía una de mis hijas hace unos días para rebatir mi insistencia en que hiciera los deberes, que para ganar dinero tienes que conducir coches o jugar al fútbol y no apretar tanto los codos. En mi papel respondí: «Ya pero no saben tantas cosas como tu sabrás», dije, al tiempo que pensaba que en estos tiempos quizá más vale una habilidad como esas, una aptitud. Y que si se diera el caso, también sería conveniente añadir la actitud pícara de ir en primera con billete de tercera. Aunque sea con un inglés infame.