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Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

Sangre, sudor y barro

Tengo que hacer unos análisis clínicos y estoy preocupado. Dirán que no es para tanto, que todos los días el hecho se repite en decenas de hospitales y centros de salud o ambulatorios, denominación esta última en desuso por obra y gracia del lenguaje de la administración, pero que me gusta mucho más. Es lo que tiene cuando uno convive años con una palabra y de repente te la arrancan de cuajo, sin que sepas el motivo aunque intuyas que es un capricho del político del momento que quiere dejar su impronta en detalles tontos y quien sabe si pasar a la historia con el fantástico bagaje de ser el que cambió un nombre. Son sus cosas, sus heroicidades, su huella en este mundo.
Decía que en breve han de realizarme una extracción de sangre para ver como están esos simpáticos compañeros de viaje que llevamos dentro y que a veces se desmandan. A uno le inquieta el resultado y como en los asuntos de Hacienda siempre tienes la sensación de que te falta un papel –una póliza de veinticinco pesetas, era lo normal hace años cuando había pólizas y pesetas–, casi siempre decisivo para estar en paz con nuestro cuerpo y con la administración. Y eso es lo normal, lo que le ocurre a todo el mundo, de Coruña a Murcia o de Gerona a Cádiz. Uno va a las infraestructuras sanitarias alterado y perturbado ante cualquier acto médico, aunque sea un simple pinchazo. Es la naturaleza humana.
Claro que a nadie le gusta ir a un centro sanitario, pero en Segovia, como en otras cosas, aún menos. Somos así de peculiares; siempre originales pase lo que pase y sea lo que sea. Aquí, en el llamado Complejo Hospitalario ir ya es un agobio aunque vayas a conocer a un recién nacido. Y no es un desasosiego acudir por los profesionales, que hay de todo como en botica, pero que en general superan la media de amabilidad respecto a otras administraciones públicas. No, no es eso. El sofoco se produce nada más llegar, como una bofetada. Es algo tan insignificante comparado con la salud como es aparcar el vehículo.
Les decía que acudiré en unos días allí con preocupación, con sudores fríos. Y no es otra que pensar qué narices hago con el coche. Existe un miniestacionamiento asfaltado, en el que no hay que pagar y en el cual es más difícil encontrar un hueco libre que ver nevar en verano. Luego está la opción de dejarlo tirado en los terrenos anejos al hospital, en cunetas o caminos de tierra. Y mi inquietud va en aumento al pensar que estamos en época de lluvias, a pesar de que parezca que ya lo ha llovido todo en el loco mes de marzo. Me imagino calado, con los zapatos llenos de barro y entrando en la dependencia donde van a pincharme y en la que por evidente lógica debe haber la máxima asepsia.
Apurado trataré de que la enfermera no descubra mi turbación y pueda encontrar la vena sin que tenga que darme más puyazos que a un toro en una plaza de tercera. Y terminada la faena, con mi algodón y esparadrapo en el brazo y más hambre que Carpanta, por eso de tener que ir en ayunas,  volveré a buscar el vehículo mientras procuro pensar que ha sido leve, que no estoy mareado. Alcanzado el objetivo del coche, otra vez calado y con los pies de barro como las empresas de Ruiz Mateos, maldeciré a los dichosos políticos que cambian nombres pero que no tienen sangre para solucionar un simple aparcamiento.

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Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.


abril 2013
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