La costumbre es ley. O se hace ley, como prefieran. Así se han forjado a lo largo de los siglos las normas por las que se rigen los pueblos, las sociedades. Un impulso espontáneo mezclado con un uso permanente en el tiempo y ahí tenía usted una ley, siempre que no fuera contra la propia ley, claro. Miles de ejemplos corroboran cómo los ordenamientos jurídicos se han fraguado en la calle, con la tolerancia del gobernante que, eso sí, la respetaba cuando le convenía, que quien manda, manda.
Entre esos pueblos que tienen costumbres –se convirtieran o no en ley– por supuesto está Segovia, que en muchas cosas continúa con sus hábitos no escritos, pero que la realidad se encarga de darnos fe de su existencia. De las reglas no plasmadas que más gusta y que más se aplican es la de oponerse de oficio a todo lo que represente un cambio, a todo lo nuevo que pueda incomodarnos en este remanso de inacción que tanto daño ha hecho a la evolución de la ciudad y de la provincia.
Ahora, en esta primavera que, como casi siempre, ha pasado de puntillas, del frío al calor sin solución de continuidad, tenemos un nuevo hito que añadir a la tradición de rechazar lo que está por llegar, de decir no, por si acaso. Ya habrán adivinado que me refiero al proyecto de palacio de congresos, una propuesta que como muchas otras cuenta con objetores de conciencia y de consciencia. Que si no es exactamente en la ciudad, sino a un kilómetro del término municipal; que si solo sirve para tapar la mala gestión de otros dineros públicos como el que pretenden inyectarnos; que si yo lo hubiera hecho mejor en tal o cual sitio sin caer en el pequeño detalle que para construir algo al menos la propiedad ha de ser tuya y no del vecino. Y así hasta decenas de argumentos, más o menos sólidos, más o menos peregrinos, para decir que aquí nada se mueve sin pasar por el tamiz de la costumbre del ‘me opongo’.
Casos ha habido, relativamente recientes. En la década de los setenta, aquella del cambio de régimen, Segovia fue objetivo para construir un parador de turismo, algo que al final fue realidad en el último año, en 1979. Previamente, el proyecto pasó por la criba de numerosos detractores, hosteleros la mayoría, que pensaron que aquel monstruo les iba a devorar, a arruinar hasta dejarles más pelados que el gallo de Morón. Pues, miren que no, que el parador más que perjudicar ayudó a dinamizar la ciudad y su potente sector turístico. Ahora a nadie se le ocurre pensar que hacer una parador fue una barbaridad, una bofetada en la cara de todos los segovianos.
Y allá va otro ejemplo, que aún ilustra más esta ancestral querencia al no por sistema. Corría también la década de los setenta, cuando con un presupuesto de 300 millones de pesetas se construyó el Hospital General, que con el nombre de Residencia Licinio de la Fuente se inauguró el 20 de noviembre de 1974, justo un año antes de morir Franco. Pues sorpréndanse: hubo oposición. Frótense los ojos: a un hospital, sí. La queja era que se veía desde el Acueducto, lo que afeaba el conjunto patrimonial. Para evitarlo y como protesta hicieron una montaña justo delante –sí una montaña, supongo que con tierra–. Pero llegó el ministro, segoviano él y que precisamente daba nombre al centro, casualidades de la vida, y dicen que dio el visto bueno al centro, pero con un matiz: «Quiten esa montaña», ordenó.
Y la desmontaron. Y la protesta se diluyó y sus protestantes, también, que hubieron de esperar otros tiempos para seguir con su costumbre de mover la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, que tanto monta, y oponerse a paradores, hospitales, palacios de congresos y hasta a ir a por dinero. Que menuda pereza.