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Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

La vida de otra manera

Me pienso tomar la vida de otra manera, sin agobios. Así hablaba una de las supervivientes, de nombre Elena, del incomprensible accidente de tren en Santiago. Salió por su propio pie junto a tres jóvenes amigas que iban a disfrutar de una de las ciudades con más magia del planeta, santa, pero estos días  maldita en este verano de contrastes. Aturdida y seguro que en ese momento aún desconocedora de la magnitud de la tragedia por sus palabras se deduce que supo valorar la suerte dentro del infortunio de viajar en el tren equivocado. Historias, como otras muchas, que les acompañarán para siempre.
Decía que el accidente es incomprensible en una infraestructura con poco más de dos años de funcionamiento. Incomprensible, también, en los tiempos de las tecnologías y en unos aparatos que seguro pensaban muchos de ustedes, como lo hago yo, que son máquinas en las que la mano del hombre poco interviene, en las que acelerar o frenar no depende del ánimo del conductor sino de la programación informática. Pero ya ven que no, que lo que creemos infalible por estar a merced de un sacrosanto ordenador es también frágil como los humanos que lo utilizamos. Incomprensible, además, porque estos sucesos siempre consideras que ocurren en otros lugares, en esos dejados de la mano de Dios y del hombre, en los que se hacinan las personas para poder desplazarse con la incertidumbre de no saber si llegarán a su destino.
Inimaginable era el accidente, como lo es que quienes han logrado sobrevivir, que quienes pasan por un momento crítico de este tipo no reflexionen sobre lo que ha sido su vida y sobre lo que va a ser en el futuro. Se la tomarán de otra manera, como decía la joven milagrosamente ilesa. Y de otra manera también deberíamos tomárnosla los que hemos tenido la fortuna de no coger ese asqueroso tren, que estos dramas ayudan y mucho a relativizar tantas y tantas trivialidades que nos abruman y que creemos que nos acechan para devorarnos. Insignificancias al lado de lo vivido por Elena y por los otros dos centenares de compañeros de viaje; ligerezas comparado con el dolor de los familiares y amigos de los fallecidos que al terrible trance de saber la pérdida unen el horrible proceso de identificarlo. No me alcanza la cabeza para imaginar el viaje de decenas de allegados –entre ellos los del joven segoviano–hasta el lugar del accidente, con sus angustiosos intentos de contactar por teléfono y con la esperanza de pensar que las líneas estaban saturadas o el aparato roto. Aseguran quienes han intervenido en este tipo de catástrofes que de lo más frustrante que han vivido es oir el sonido de los móviles y no poder responder.
Y entre lo horrendo de estos cataclismos siempre hay detalles que nos hacen confiar en que no hemos perdido la esencia humana. En Santiago, los ha habido y más que conoceremos poco a poco. Ese sin duda es un consuelo, el que buscamos con un nudo en la garganta entre tanto espanto para tratar de ver la vida de otra manera.

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Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.


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