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Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

Ya no hay conquistadores

La traicionera política acabó con él. Hablo de Vasco Núñez de Balboa, un tipo extremeño al que se le ocurrió descubrir el océano Pacífico hace exactamente cinco siglos. Ni más ni menos, con dos narices y sin complejos. Incursión a incursión en el istmo de Panamá divisó desde una montaña lo que llamó mar del Sur, en un hito de casi tanta importancia como el propio descubrimiento de América unos años antes. Su gusto por la conquista le terminó costando la cabeza.
Aunque su fama no llega a la de otros, ni sus hazañas son tan celebradas, convendrán conmigo que lo que hizo, cómo lo hizo y en la época en la que lo hizo tiene mucho mérito. Bastante más que lo mucho realizado en el próspero y convulso siglo XX, paradigma de los descubrimientos y adelantos. Sin duda, lo de Núñez de Balboa y otros coetáneos es la mayor epopeya de la Historia, se pongan como se pongan en Hollywood y sus películas de propaganda –que, por cierto, me encantan– de la colonización del oeste de Estados Unidos. Nada, minucias al lado de estos tipos aguerridos, broncos y sin miedo a nada que recorrieron el continente americano hace quinientos años. Si hubiéramos tenido o tuviéramos una industria cinematográfica potente, hoy estaríamos familiarizados con las aventuras de estos locos conquistadores. Imagino a Hernán Cortés, Pizarro o el propio Núñez interpretados por los John Wayne patrios o a Bartolomé de las Casas, el extraordinario cronista, recreado por un actor de empaque. Pero no ha podido ser, entre otras cosas por el complejo de culpa –muy católico esto– que nos invade cada vez que hablamos de estos episodios.
Y con esos antecedentes de gentes con un arrojo infinito, de héroes de carne y hueso y no de ficción, provoca una pena enorme, un rubor inmenso, contemplar en lo que nos hemos convertido; ver lo que fuimos y ya no somos. Es evidente que los tiempos han cambiado, que ya no se puede ir ensartando indios con la espada, ni quitando a las indias los adornos de oro, pero produce tristeza que aquí nada haya quedado de esos valores que llevaron a nuestros antepasados a ser los dueños de medio mundo. Porque además de ardor guerrero utilizaron otras armas, exportaron principios y un idioma, aunque le pese a algunos que solo ven sombras en esa parte de nuestra Historia.
Les decía que son otros tiempos y que da coraje que hayamos pasado de gallos a gallinas, de ser los dueños del cotarro internacional a pintar menos que la Tomasa en los títeres. Ahora no conquistamos ni el más triste foro y por no saber no sabemos ni entendernos con los demás ni explicarnos en el universal inglés. Un bochorno que enrojecería al propio Núñez de Balboa y a sus muchachos.
Yo lo que hago es tratar de relatárselo a mis hijas para que al menos presuman de lo que una vez fuimos. Así lo hice este verano al pasar por Trujillo, la cuna de Pizarro, en un viaje al sur. Les expliqué que con trece soldados conquistó todo el Perú y arrebató el oro a los indígenas. Dos de ellas, mellizas de once tiernos años, tienen un compañero de colegio de origen peruano y a mi recomendación de que se lo contaran con precaución no vaya ser que se ofendiera, una reaccionó diciendo: «Creo que el disgusto ya se le habrá pasado». Eso me pasa por correcto y por el dichoso complejo de culpa.

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Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.


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