Menos felices, pero con más confianza. Es el resultado resumido de dos estudios, sondeos o como quieran denominarlo que soltaron sendos telediarios para mi incredulidad. Desconfiado que es uno, sobre todo visto lo visto en esta sociedad que se viste y desviste por todos los sitios menos por los pies, pongo en cuarentena ahora y siempre lo que respondemos a las encuestas, que los españolitos somos muy propensos a exagerar y a no decir la verdad ni al médico.
Preguntaban estas prospecciones –independientes entre sí, realizadas por entidades distintas y a personas diferentes– por nuestro corazón y nuestro bolsillo. Una se centraba en si éramos más o menos felices que hace unos años y la otra quería saber si teníamos más confianza para consumir. Pues la respuesta de la primera encuesta era demoledora: estamos más tristes que un torero al otro lado del telón de acero, que dice Sabina. Ya no somos felices, supongo que por la infame crisis, como en su día lo fuimos; somos unos desventurados que nos movemos en la desdicha, esa que se ceba con nosotros sin piedad. Antes éramos risueños y ahora unos fúnebres que pensamos que todo es susceptible de empeorar.
Y el segundo de los estudios se refería al parné, cómo lo utilizamos y, sobre todo, cuánto nos gastamos. Pues aquí la tortilla se da la vuelta y somos optimistas; tenemos más confianza para soltar los dineros que hace unos meses, aunque les parezca mentira. ¿Por qué? Pues no hay quien lo entienda. Si el desempleo crece, la carga impositiva es cada vez superior –digan lo que digan– y los precios oficialmente aumentan, no hay cristiano que comprenda el motivo para esta alegre disponibilidad al consumo. Una sorpresa ininteligible, un enigma indescifrable. Algo que no se explica. Y para abundar más en lo intrincado y paradójico del asunto este índice de confianza del consumidor sobre el que cuestiona el sondeo es despreciado por la Bolsa española y es palabra de Dios para Wall Street. Ya ven que se atan perros con distintas longanizas estés a un lado o a otro del charco. Un enredo que sería de comedia si no fuera por la trágica situación de muchos.
Y entre todo esto, con encuestas contradictorias sobre asuntos ya ven tan banales e intrascendentes como la felicidad o la confianza, se eleva la preocupación del momento, que no es otra que los músicos callejeros. Sí, esos que se colocan debajo de su oficina o de su vivienda y tocan a deshora y repertorios reiterativos. En Segovia los hay, pocos pero reconocibles y algunos insufribles. Pues el problema ahora es regularles la existencia, en Madrid, porque en Barcelona hace tiempo que ya lo hicieron.
La idea es que realicen un examen, una audición en este caso, para saber si sus notas nos hacen más alegres o nos ponen de los nervios. Además se les exigirá que interpreten ciertas melodías –es un decir– de un listado y que no estén más de dos horas en el mismo lugar, para alivio de los desdichados a quienes les toca este hilo musical gratuito. Una normativa municipal en toda regla que algún día llegará a estas tierras. Y entonces igual seremos más felices y aún con más confianza en que la música amanse esta crisis.