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Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

La habilidad de pedir

Tengo y procedo de familia numerosa y eso marca. Cuando has de compartir  el carácter se te moldea más abierto y espabilas, sí o sí. Mis recuerdos en casa de mis padres pasan por mesa larga, la misma comida para todos sin excepciones y repartir con mis hermanos, aunque me doliera. Sin embargo, en estas normas generales necesarias para la convivencia en un grupo grande siempre hay resquicios por los que colarse y obtener algo más que los demás. Me acuerdo como uno de ellos era más hábil para reclamar la propina y, a pesar de la intención de mi padre de ser ecuánime, alguna vez lo lograba.
Porque hay que saber pedir, que es una habilidad que deberían enseñar en una hipotética escuela de políticos, si alguna vez se crea. Y cuento esto a propósito de la semanita que nos han dado nuestros santos representantes de lo público con los dineros. Ha sido para pedir pero misericordia, con el embrollo de tantas y tan variopintas explicaciones sobre cómo debe gastarse lo que nos limpian a los ciudadanos.  Ha sido un desenfreno de interpretaciones y, lo que es peor, tiene aspecto de continuar. Que sí, que es evidente que esto de los presupuestos es la madre de todas las políticas, pero un poco de piedad, que sobra demagogia y faltan miras.
No sé quien tiene razón en este rifirrafe, si quienes acusan a los otros de tacaños y cicateros con Segovia o los acusados que son quienes distribuyen el pecunio y que alegan que lo han hecho de la manera más equilibrada posible. No le falta razón al alcalde de la ciudad en pedir más y mejor, porque estaría bueno que no lo hiciera; ni tampoco están desnudos de argumentos los reclamados, el Gobierno regional, al apelar a la cargante crisis para no surtirnos con más de lo que han hecho. Ambas partes se escudan en sus buenas intenciones, aunque a uno a estas alturas esto le escama.
Sea como fuere y quien tuviere razón, decía que ante todo a los políticos deberían enseñarles a pedir y a dar, hacerles una prueba sobre las capacidades para reclamar servicios o infraestructuras para sus gobernados y para concederlos. Y aquí están implicadas las dos partes en conflicto. Por un lado, el regidor segoviano a quien –si me permite el consejo– le iría harto mejor, y a nosotros también, si aprendiera a solicitar las cosas. Que esto de Castilla y León es una familia numerosa de nueve hermanos y aunque Segovia es de las pequeñas y es una hija que llegó cuando ya casi nadie la esperaba debe tratar de convivir con el grupo. Si en lugar de llantos a gran volumen, llorara con suavidad, esta niña seguro que convencía a su padre para que le tratara cuando menos igual que al resto de compañeros de camada. Quien no llora no mama, pero hay que saber llorar. Y en el otro lado del conflicto, el progenitor regional debería atinar más con las necesidades de cada vástago y en concreto de esta nena segoviana que pide pan y le dan agua, cuando lo que tiene es hambre y no sed.
Habilidad necesitan ambos para terminar con este resquemor que impide la normal convivencia en una casa que es grande, pero que se empequeñece hasta el ridículo cuando sus habitantes, padres e hijos, no saben caminar por sus pasillos y menos llegar cada uno a su habitación.

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Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.


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