Es tiempo de ventanas; unas para abrirlas y otras para cerrarlas. Es tiempo de windows para abrirse al mercado español y de windows para cerrarse en la bendita Segovia y en sus benditos bares, en un contraste que define muy bien quien es quien en estos grotescos momentos económicos que nos ha tocado vivir. Quien la ha abierto es el todopoderoso global Bill Gates, el de Microsoft Windows, que con una propinilla –para él, claro– de 113 millones de euros se ha hecho con parte de FCC, emblemática empresa de los antes llamados años de bonanza y ahora, de dispendio. Y quien la pretende cerrar es el todopoderoso concejal segoviano de IU, Luis Peñola, que quiere que los bares con ventanas en las que se venden consumiciones paguen por ello.
Ya ven que hay ventanas y ventanas o windows y windows, como prefieran, en este mundo en el que decir lo mismo en inglés parece tener más valor que en otro idioma. Ya ven que mientras a uno le da por gastarse los cuartos de sus windows en lo que dicen es una compra-ganga, a otro le da por tratar de cobrar por las windows de otros. Lo que está claro que a ambos les unen las windows y también las ganas de meterse en casas ajenas, aunque uno sea pagando y el otro cobrando una tasa, claro.
No quiero continuar con este galimatías, con este juego de palabras del que ya se habrán cansado. Sin embargo, si deseo ocuparme del asunto de las ventanas de los bares que pueblan y repueblan cada esquina de la ciudad en esa entrañable relación entre el chato y el segoviano; esas ventanas que son parte del paisaje de muchas calles y, sobre todo, de un lugar al que no hace mucho le dedicaba este artículo para contar que lentamente agoniza: la Plaza Mayor.
No se concibe la plaza y otras plazas, plazuelas y calles sin los bares con las ventanas abiertas al público. Y aún menos cerrarlas con la prohibición de fumar dentro de los establecimientos. Si esas ventanas expendedoras han proliferado en los últimos años–amén de las clásicas que estaban mucho antes de las genialidades de los políticos, siempre tan dispuestos a vivir en su mundo irreal–, es precisamente para dar cobertura a los fumadores. No se concibe pues que se toque aquello que funciona y aún menos en una ciudad que vive de este negocio.
Seguro que conocen el viejo chiste de aquel setero que se encuentra un reloj en el campo y el otro le reprocha que se quede con el hallazgo, diciéndole ¿a qué vamos a setas o a Rolex? Pues eso es lo que ocurre en la ciudad con esto de las ventanas y con otras cortapisas a la hostelería. Que en Segovia vamos a servicios y no a industrias; que en Segovia vamos a bares y restaurantes y no a empresas tecnológicas; que en Segovia vamos a turismo y no a otros sectores, nos guste o no. Es la realidad, siempre tan terca, y que no se puede obviar.
Debemos crear un concepto de ciudad, elegir, aunque mucho me temo que ya está elegido. El patrimonio está ahí y la gastronomía es un complemento creado en los últimos decenios que hace de esta ciudad destino universal. Y cerrar las ventanas es poner puertas al campo. Dejemos pues las ventanas y las puertas abiertas, que algo entrará.