Creo que hoy voy a decepcionar a parte de la parroquia. Y no porque vaya a ser blandito, es más pretendo ser todo lo contrario, sino porque voy a hablar de un asunto que sé que a algunos les repatea, les produce una urticaria intelectual muy respetable, pero que no comparto. Quiero hablarles de fútbol, eso que los futboleros consideramos, con evidente exceso, que es lo único que importa.
Con el fútbol –al que le guste, claro– cada uno tiene una historia, su intrahistoria que suele nacer desde la tierna infancia. La mía es un cambio de equipo con nueve o diez años, aunque siempre con el de mi tierra en primer lugar; ya saben que hay que elegir entre uno de los clubes grandes si quieres ser algo en esta vida futbolera. Pues yo escogí uno del que tenía hasta equipación, como se afanan en recordarme en mi familia, para luego variar a otro por argumentos que desconozco o no recuerdo, aunque supongo que no serían muy consistentes. Mantiene un amigo mío que los chavales se declaraban de un equipo u otro por la camiseta, más o menos bonita. Lo tomo como un exceso más en este mundillo, en el que hay tantas y tan discrepantes opiniones como aficionados. Cada uno cuenta su película y trata de meter sus goles.
Ya cuando eres adulto esto del fútbol se convierte en un todo o nada. O lo amas o lo odias. O lo adoras o lo detestas. Y dentro de esa división hay veces que bandeas, sobre todo conforme le vaya a tu equipo o equipos, que los futboleros somos de expresar amor por varios colores, que si el de la tierra en que naciste, que si el del lugar en el que vives o cualquier otro que te caiga bien porque tienes un buen recuerdo de esa ciudad o pueblo. Pues oscilas, decía, para maldecir esto de los peloteros cuando los tuyos no dan una. Me borro, piensas, y para siempre, sentencias. Si las cosas van bien, aquí sí te declaras el máximo entendido y con suficiencia reclamas que se tenga en cuenta el ‘ya lo decía yo’ que este año íbamos a arrasar.
En esos vaivenes también influyen los dineros y mucho. Si tu club anda más tieso que la mojama echas pestes contra el sistema y los personajes de la federación. Si no es así y los tuyos están sobrados de euros, ni te acuerdas de los pobres. Pero claro, como la mayoría están en la primera opción, con los bolsillos vacíos, el riesgo de que esto desaparezca es enorme. Esta burbuja de dos dimensiones explotará de abajo a arriba hasta que solo queden los insaciables y todopoderosos, que se cuentan con los dedos de una mano y aún te sobran.
Y toda esta previsible quiebra del deporte patrio se producirá por la absurda desproporción en el reparto de ingresos y en la imposición de gastos. Hablando en plata si a la Segoviana le cobra un árbitro 700 euros por partido con taquillas de 200, al Real Madrid deberían sacudirle miles y miles para que seamos iguales. Pues, no, que se jorobe el menesteroso y que si en provincias quieren ver fútbol, que enchufen la tele y se abonen a una cadena de pago. Y además si debes a Hacienda, pues los clubes grandes tienen bula y los demás, a pagar. Un disparate en un mundillo, les decía, de excesos. Ya saben: los futboleros somos ‘asín’, ricos y caraduras o pobres pero honrados.