Ha vuelto a ocurrir. No se lo van a creer, pero así ha sido. De nuevo, un ataque de la grúa, con los políticos como protagonistas estelares. Es entrañable como nos regalan algo de lo que hablar que no sean esos asuntos dignos de las páginas de horrores, como llamaba hace muchos años un veterano del periódico, ya jubilado, a lo que se publicaba de sucesos. Ya saben a qué asuntos me refiero: la crisis y sus derivados, tanto económicos como, lo que es peor, sociales.
Pero no quiero perder la perspectiva y les voy a hablar del temita, que habida cuenta su frecuencia en esta curiosa Segovia bien puede terminar convirtiéndose en un temazo; incluso, en un recurso turístico a la altura del inmenso patrimonio y de la no menos inconmesurable gastronomía, de la que cuando lean esto ya habrán dado buena cuenta miles de visitantes, para más señas madrileños la mayoría. Ya estoy viéndolo en todos los folletos y en las ferias a la altura de las mejores de nuestras joyas.
Estoy haciéndoselo desear que conozcan qué ha pasado otra vez con el glorioso servicio de la grúa municipal. Pues allá va: 25 de noviembre, lunes, prontito por la mañana y el frío concede un poco de tregua, después de un fin de semana helador. Hay reunión en la Diputación Provincial y los señores diputados que vienen de sus pueblos estacionan sus vehículos en los aledaños, en los que existen lugares habilitados para que así lo hagan. Terminan lo que tuvieran que hacer –algo que desconozco, pero supongo que, así, génerico, estará en el epígrafe de ‘sus cosas’– cuando sorpresa: la grúa actúa de nuevo con dos coches.
La cosa tiene bemoles porque ambos afectados tenían su tarjeta de autorización y, otra vez, un agente municipal alega que allí nada vio, como ocurrió con el impagable y famoso caso del coche del alcalde un mes y medio antes. Se preguntarán con ingenuidad, que les conozco a ustedes, quienes eran los afortunados y si el policía era el mismo, dadas las alegaciones que hizo. Pues, siento decepcionarles pero solo sé que eran dos diputados, uno del PP y otro del PSOE, para que no se diga que hay aversión hacia uno u otro color. Y el agente, ni idea, pero ya les digo que si no era el mismo, que puede ser, pertenecía a su escuela de excusas. Los nombres de todos los protagonistas, secreto de sumario, presumo que para no provocar envidias entre sus iguales.
Ya ven qué regalo para la prensa de provincias que tanto nos aburrimos. Un anticipo navideño, un presente de delicatessen, una cortesía para que no bostecemos en las redacciones. Y les vuelvo a exponer idénticas razones que hace unas semanas con el vehículo del regidor: que el problema no es que se equivoque o no el guardia o cualquier otro argumento sino que lo que irrita a casi todos es que tengan un lugar reservado para aposentar las ruedas de sus coches.
Pero tengamos la fiesta en paz, que se aproxima Navidad y dejemos que la guerra regrese cuando terminen los fastos habituales. Mientras les pido que escriban a Papá Noel, al Niño Jesús, a los Reyes Magos o a quien consideren para que les aprovisionen de tarjetas de aparcamiento más grandes y visibles a nuestros queridos representantes y, sobre todo, que insistan en la carta para que traigan unas gafas o unas lupas a los agentes locales implicados. Y será por ópticas en la ciudad.