Lo de Segovia es un caso único, digno de análisis de un equipo de expertos en todo tipo de especialidades. Nadie nos supera en asuntos sin desperdicio informativo para satisfacción de quienes estamos en este mundillo de contar cosas. Y a veces es tal la proliferación de temas y su coincidencia en el tiempo que uno no sabe a qué carta quedarse. La semana que ahora se cierra es la madre de todos los ejemplos de no saber a qué lado mirar para ver por donde viene el golpe o, en su caso, la ocurrencia de quienes torean en el ruedo público.
Seguro que ya han adivinado que las estrellas que más han brillado en el firmamento segoviano en los últimos días han sido y seguirán siendo los dineros de Caja Segovia y de Segovia 21, amén de la irrupción del segovianismo y sus cosas en la trifulca de Gamonal, ese barrio de Burgos con nombre que parece propio de un insectida o de un medicamento, pero que en realidad proviene de la denominación de una planta que, curiosamente, es robusta y crece en lugares duros como una premonición de lo que ahora ha ocurrido.
Pero permítanme que empiece por lo más nuestro, por cercanía y por historia: Caja Segovia. Protagonista por su agonía y muerte en 2012, continuó en primera línea de nuestras conversaciones el año pasado por los inicios de la búsqueda de responsabilidades y en este comienzo de año por el desfile judicial. Nada, que no hay forma humana de dejar descansar en paz a la finada. Los cinco del comité de retribuciones han sido los primeros en subirse a la pasarela para responder sobre ellos mismos y sobre otros, los auténticos llamados ocho magníficos, destinatarios de más de una treintena de millones de euros en prejubilaciones.
Como era de esperar la estrategia de balones fuera ha triunfado sobre cualquiera otra. La culpa, ya saben, del empedrado y de los técnicos, esos tipos que toman decisiones sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, que para eso son expertos en la materia. Y todo ello aderezado con buenas dosis de argumentos de defensa de los intereses de la fallecida, a la que amaban desde lo más profundo de su corazón.
De Segovia 21 –esa sociedad en la que coinciden protagonistas del caso de la extinta caja de ahorros– también llegaron noticias judiciales. El desfile ya fue el año anterior y ahora viene el momento de la verdad. Y aquí, sorpresas que da la vida, nada es lo que parece y el demandante se convirtió en demandado y condenado. Una situación que, mucho me temo, se alargará por las lentas carreteras secundarias por las que siempre transita la justicia.
Y para rematar la semana, la intervención segoviana en el cisco burgalés. Unas líneas del alcalde en el dichoso facebook –cuando aprenderán algunos que ese chisme es más peligroso que un kalashnikov– abrieron la caja de la violencia verbal, a propósito de la violencia física en el barrio de una ciudad a la que hasta ahora considerábamos una tranquila y aburrida capital de provincias.
Bueno, haya paz, como si la Navidad se hubiera prolongado. Y para lograrlo les propongo que miren la lunita de enero, esa de la jota ‘La chica segoviana’, que seguro que unos y otros conocen. Esa misma lunita de enero que un centro de ocio ha propuesto contemplar en la sierra de Guadarrama, en unos paseos recomendables para bajar la tensión y reflexionar sobre si merece la pena tanta hiel en un momento tan dulce como este, en el que oficialmente la crisis ha terminado. Al menos, eso dicen ante el estupor general.