>

Blogs

Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

El difícil remedio del botellón

Gritan y circulan de un lado a otro entre la Calle Real y la peatonal Fernández Ladreda, con el Acueducto, como buenos segovianitos y segovianitas, de referencia.  Son los chavales que a la tierna edad de once años comienzan a salir con sus amigos, fuerade los días lectivos. Es todo un espectáculo ver como los viernes y sábados merodean el monumento romano, como lo hacen los vencejos que atraviesan sus arcos sin ton ni son. Y de forma milagrosa nunca se estrellan, ni contra las piedras ni entre ellos.
Tampoco los críos a esas edades suelen colisionar. Aún no poseen la picardía ni la mala leche que se adquieren con los años y que ya tienen quienes les precedieron en el ilusionante momento de pisar la calle sin ir de la mano de padres, abuelos y demás familia. Para ellos es un hito en su vida, lo mejor que les ha pasado, según palabras de mis hijas de esa edad cuando resumieron el duro año 13, por fortuna ya finiquitado. Pero la dicha nunca es completa y la alegría de verlos felices se torna en preocupación al pasar la barrera de los trece años. Porque esa es la edad media en la que se inician en el consumo de alcohol. Cambian las chuches por las botellas y sustituyen los juegos infantiles por el botellón y los primeros escarceos amorosos, esos que nunca se olvidan.
Sí, con trece años empiezan. Un dato que pone la piel de gallina, como el que indica que tres de cada cuatro adolescentes bebe alcohol con frecuencia. Son cifras de Segovia que, con ser escalofriantes, deben ser más bajas que en otras ciudades dadas las condiciones meteorológicas que solemos soportar en estos largos inviernos de bufanda y guantes. A ellos también, claro, el frío les empuja a estar menos tiempo en la calle.
El asunto, como todos, se dulcificaría si viéramos una luz al final del túnel. Pero como la crisis que nos amarga, no hay una solución a la vista. Así lo reconoce –en un acto extraño en un político– el concejal del ramo, quien asegura que no sabe si algún día los que se dedican a la cosa pública encontrarán un remedio para acabar con esta fiesta y con sus posteriores resacas. Mientras, las sanciones por facilitar la munición –como lo llaman algunos–a los menores parecen escasas para el número de participantes en el jolgorio. No llegan a la decena y la mayoría son para particulares con el asqueroso oficio de comprarles las bebidas a los pequeños, que muchas veces apenas levantan unos palmos del suelo. Unos tipos o tipas despreciables que desconozco por qué raro motivo participan en la fiesta, sin que nadie les haya convidado.
Donde ya las cifras se disparan y alcanzan el centenar y medio es en los expedientes por beber en la calle. Son los invitados a la jarana que reciben la reprimenda municipal, aunque lo importante es que el castigo continúe en casa, algo que muchas veces dudo.
No sé cual es la receta; me pasa como al concejal. Más policía, más educación, ocio alternativo. Todo junto, pero no revuelto. Esto lo puede paliar, aunque erradicarlo ya parece difícil. Somos una ciudad y un país de bares, con cultura de bares y, les recuerdo, que en los bares se bebe. Así parece lógico que nuestros pequeños, como en casi todo, nos imiten y les dé por los sacrosantos chatos segovianos. Somos así y alterar las costumbres es tan difícil como que dos vencejos se estrellen al cruzar el Acueducto.

Temas

Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.


febrero 2014
MTWTFSS
     12
3456789
10111213141516
17181920212223
2425262728