Arden los mentideros segovianos, como arderemos usted y yo si no nos subimos al carro de réplicas y contrarréplicas que ha provocado el seísmo Arahuetes. Nadie, absolutamente nadie, elude dar su opinión sobre un asunto que pasado el tiempo aún seguro que va a seguir en el epicentro de las conversaciones. Porque el todavía alcalde rechaza dar más explicaciones que las justas que se amparan en el manido argumento de los motivos personales.
Se oye el murmullo, el runrún, de una punta a otra de la ciudad. Todos quieren saber y formulan la pregunta. Pero no hay respuesta; o, para ser más exacto, hay muchas respuestas, teorías que buscan las razones que han llevado al príncipe a ser destronado. Cada hombre, un voto, y cada hombre, una especulación sobre la dimisión diferida del hasta ahora todopoderoso y omnipresente alcalde.
Las teorías son pues tan numerosas casi como habitantes de nuestra siempre sorprendente Segovia. Nadie se priva de cantar la suya en cualquier foro en este febrerillo loco. Es el deporte local del momento, por encima de otros entretenimientos a los que ha despojado de protagonismo. Y uno no sabe qué teoría abrazar, con qué quedarse, a cuál darle un porcentaje razonable de credibilidad o cuál desechar por improbable, porque sorpresas te da la vida y nada es lo que parece.
En un muestreo con pregunta directa o poniendo la oreja cerca de una conversación en la que se mencione el monotema hay algunas hipótesis que se imponen. La principal es la del ‘ya se sabrá’, adornada con un ‘ya saldrá, que esto es muy pequeño’. Es un teoría simple y poco arriesgada, pero con muchas posibilidades de cumplirse. No le anda a la zaga en aceptación la otra que analiza el fenómeno desde un punto de vista de la incredulidad y en la que sus defensores alegan que en la vida las decisiones siempre se toman por motivos personales y que existe algo más de fondo, político o judicial, y por este orden.
Les hay más osados que pasan de la teoría general a hechos y situaciones explícitas, a su entender las que han llevado a Arahuetes a esta brusca interrupción de su acomodo en el sillón municipal. El caso de la grúa y el famoso agente al que la lluvia le confundió; o el asunto de Caja Segovia y su no menos célebre consejo de administración que atendía poco o nada a lo que le contaban; o los dineros del CAT, ese macropoyecto que nos iba a sacar del provincianismo endémico de boina y cachava que padecemos por la exigua cantidad de veinte millones; o los juicios perdidos por el alcalde más pleiteador de la historia y cuyas consecuencias millonarias para las arcas municipales llegarán en breve.
Otro grupo alimenta la teoría del paso atrás ante la que se avecina. Sí, es año preelectoral y aquí van a caer chuzos de punta como cada vez que nos acercamos a una cita con las urnas. Son costumbres políticas que el alcalde, afirman, no estaba dispuesto a soportar. Pero la que más me gusta, por castiza, es la del órdago a su partido, que no es su partido. Arahuetes, como acreditado jugador de mus, lo ha lanzado, los otros han querido y han ganado.
Teorías que bullen en la hora de los mentideros, a la espera del juicio final, ese que en quince meses determinarán las urnas, a las que algunos aseguran que el aún regidor acudirá con cartas nuevas.