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Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

Gatos con zapatos

 

canaleja

Decía mi abuela cuando alguien reclamaba por encima de sus posibilidades o merecimientos que «aquí todos los gatos quieren zapatos». La frase te dejaba sin respuesta, como todas sus afirmaciones, en una persona única, con un humor fino y una vida de alegría, quizá en contraste a la circunstancia de casarse un 18 de julio de 1936, en la más que convulsa Barcelona, aún ajena a lo que se avecinaba. Las nupcias fueron por la mañana y por la tarde ya ardía el templo.
Pero esa es una historia que, con tiempo y ganas, algún día les detallaré. Porque yo iba a hablar de gatos, sin zapatos, por callejeros. Son los 2.500 –gato arriba, gato abajo– que miran y se cruzan en las calles y plazas de Segovia. Son casi más que habitantes posee el casco histórico de la ciudad que, en este macropuente más que nunca, es un gran parque temático. Los mininos campan a sus anchas, mientras que solidarios vecinos los alimentan para que nadie pueda decir aquello de que aquí solo vivimos cuatro gatos por culpa de la pertinaz despoblación.
Para ordenar esta corriente de colaboración con el mundo animal en general y el gatuno, en particular, al Ayuntamiento de la vieja Segovia se le ha ocurrido la idea de fijar un protocolo –palabra siempre al uso en estos casos de propuestas novedosas en cualquier municipio que se precie– que ayude en esa simbiosis entre vecinos y gatos, o gatos y vecinos, que tanto monta. La propuesta consiste en expedir un carné que acredite que puedes alimentar a los felinos sin riesgo de que te llamen la atención. Unos treinta serán los elegidos para lucir el título de voluntario cuidador de gatos.
Un orgullo, sí, para el que le gusten los gatos y conozcan cómo tratarlos, siempre dentro de las normas de bienestar animal, sagradas leyes con vitola europea. Los cuidadores no solo harán de camareros sino que su función será también policial. Constituirán un servicio de información para que se capture a los animalitos y se les esterilice, a 60 euros cada operación vía dinero público. Luego, por supuesto, volverán a la calle y al cuidado de los voluntarios, que igualmente vigilarán que no vengan nuevos felinos a la colonia. Los gatos se convertirán de esta manera en unos protegidos, con sus siete vidas, pero ordenadas y lejos de la desvergüenza. Con zapatos.
Y si la idea de apoyarse en voluntarios para esta acción es eficaz –como lo es en Titirimundi, Muces o la Media Maratón, por señalar ejemplos masivos– podría extenderse a otros ámbitos. Se me ocurre un cuerpo de colaboradores en defensa del patrimonio, ciudadanos que ayuden a vigilar la alargada lista de monumentos, con lo que se evitarían agresiones y el reguero y olor a orina en muchas piedras de la ciudad. Tipo o tipa, que cada vez son más, que sorprendieran descargando, aviso a la policía y sanción al bolsillo, porque lo de esterilizar es desproporcionado y además cuesta dinero.
Así pondríamos zapatos no solo a los gatos, sino también a los monumentos, que sufren más que los felinos el voluminoso turismo ávido de dejar su huella en la ciudad. Pero me temo que al Acueducto, a las iglesias que jalonan la ciudad y a mí mismo nos contesten que no tienen zapatos para tantos gatos. Y mucho menos, botas.

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Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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