Cada vez que se produce un avance en esta era tecnológica que nos ocupa lo celebramos como una victoria de la humanidad contra no sé quien. Y pensamos que pobres nuestros predecesores que carecían de tantos ingenios y vamos más allá en nuestra compasión al afirmar cómo pudieron vivir de esa manera, en esa decrepitud, sin un móvil que llevarse a la oreja o un ordenador a las manos llenas de durezas por el trabajo manual. Nos hacemos de cruces, movemos la cabeza y somos condescendientes con aquellos desdichados de otras generaciones que no tuvieron la fortuna de gozar de tanto aparato.
Sin embargo, nuestra sonrisita se vuelve mueca indisimulada al comprobar que quienes nos siguen aplican la misma medicina, idéntica posición de perdonavidas. Me ha ocurrido con mis hijas varias veces, como seguro le ha pasado a usted con los dichosos niños y sus cosas. En una oportunidad me llegaron a preguntar que si cuando era niño había telefónos. «Nos comunicábamos con señales de humo, como los indios de las películas», contesté ante su insistencia, al tiempo que pensaba en mi padre y en esas veces que le decíamos que hizo la mili con lanza y que toda esa historia que contaba de que pasó un buen servicio militar porque aprendió morse y le destinaron a la centralita del cuartel, era una milonga para hacerse el moderno y tecnológico.
Pero peor para ellos y para el sol, pensaría mi padre si leyera una noticia con la que nos obsequió hace unos días este viejo diario: el catastro segoviano ha descubierto en la provincia casi veinte mil construcciones irregulares, de las que alrededor de medio millar eran piscinas. Y a todo esto Hacienda –que siempre gana como la banca en el casino y los bancos con los sufridos clientes– se ha cobrado su parte de tanto faltón y ha recaudado más de un millón de euros.
El catastro ha logrado desenmascarar las pillerías gracias precisamente a la tecnología y, más en concreto, al invento del dron, ya saben ese chisme que vuela sobre nuestras cabezas y nos rompe la intimidad. Seis años han estado dando vueltas por la provincia hasta destapar modos pícaros como convertir casetas de jardín en almacenes o alargar el porche hasta hacerlo más grande que la propia vivienda. O garajes y, lo que me llama más la atención, piscinas, tantas como nadie podía imaginarse en esta tierra de clima extremo y donde dicen que hay solo dos estaciones: el invierno y la del ferrocarril.
Ya ven que esta dura climatología segoviana no ha sido óbice para que se hayan construido más piscinas de tapadillo que las que había, legales o no, en toda España en la época de mi padre o en la mía, cuando no había teléfono, claro. Con tantas podemos hacernos largos sin chocar con nadie y nadar a nuestras anchas, si el tiempo lo permite y la autoridad no lo impide, que ya no, con eso de la regularización de las construcciones.
La tecnología ha ayudado a unos, a Hacienda que somos todos, y ha perjudicado a otros, los pepitos piscinas que son tantos que organizados darían miedo porque nos coserían a aguadillas. Aunque lo mejor para ellos hubiera sido mojar los malditos y chivatos drones, pero me temo que ha avanzado de manera tan exponencial la tecnología que seguro son resistentes al agua como los relojes que se compraban en Canarias. Porque, nenas, que cuando era chaval ya se habían inventado los relojes y no eran tan puñeteros como vuestros drones.